BELGRANO Y MORENO:
LA TENSIÓN FUNDANTE DE LA REVOLUCIÓN
Pensar la Revolución de Mayo como un
proceso homogéneo no solo es una simplificación: es un error de lectura.
Lejos de ser un momento de consenso,
fue un escenario atravesado por tensiones profundas, en el que no solo se
discutía la ruptura con España, sino —de manera más decisiva— qué tipo de orden
político, económico y social debía surgir de esa ruptura.
La revolución no constituyó una
respuesta acabada, sino la apertura de un problema. Ese problema no se resolvía
únicamente en declaraciones, sino en decisiones concretas, disputas de poder y
conflictos al interior del propio proceso revolucionario, visibles desde los
primeros días de la Primera Junta.
En este escenario emergen dos figuras
centrales: Manuel Belgrano y Mariano Moreno. No como polos absolutos, sino como
expresiones distintas —y en muchos aspectos difíciles de conciliar— de una
misma pregunta fundante: cómo construir una Patria donde antes no existía.
Este trabajo sostiene que la relación
entre Belgrano y Moreno no expresa una oposición simple, sino una tensión
constitutiva sin la cual el proceso revolucionario no puede ser comprendido en
toda su complejidad.
Ambos encarnan, en ese sentido, un
problema central de la política moderna: la relación entre el tiempo de la
construcción y la urgencia de la acción, entre la legitimidad del poder y su
eficacia, entre el proyecto de largo plazo y la necesidad inmediata de sostener
el nuevo orden en un contexto de inestabilidad.
Comprender esa tensión permite no solo
interpretar con mayor precisión el origen político argentino, sino también
advertir que muchos de los dilemas que allí se abrieron —lejos de resolverse—
continúan presentes en la historia posterior.
La revolución como problema, no como
solución
Tanto Manuel Belgrano como Mariano
Moreno comprendieron algo que con frecuencia se pierde en la narrativa escolar:
la independencia no resolvía los problemas existentes, sino que los abría.
Lejos de clausurar un ciclo, la
ruptura con el orden colonial inauguraba un contexto de incertidumbre en el que
todo debía ser redefinido. La crisis de la monarquía española y la caída de las
autoridades virreinales no dieron lugar automáticamente a un nuevo orden, sino
a un vacío de poder que obligó a replantear quién mandaba, en nombre de quién y
con qué legitimidad. Esto se hizo evidente en las discusiones del Cabildo
Abierto y en la posterior conformación de la Primera Junta.
El sistema colonial no solo organizaba
el poder político; también estructuraba la economía, las jerarquías sociales y
las formas de obediencia. Su caída no implicaba la aparición inmediata de un
nuevo orden, sino la irrupción de un vacío que no podía ser llenado mediante
declaraciones ni principios abstractos.
Ante ese vacío, ambos actores elaboraron
diagnósticos distintos.
Belgrano lo concibe como un problema
estructural. Para él, la revolución abre una tarea de largo alcance: la
construcción de una comunidad política desde sus bases. La Patria no preexiste
ni surge de manera espontánea; debe ser producida históricamente en las
instituciones, en la organización económica y, de manera decisiva, en la
formación de las conciencias.
Moreno, en cambio, interpreta ese
mismo vacío como una amenaza inmediata. La ausencia de un orden consolidado no
habilita únicamente un proceso de construcción, sino que expone a la revolución
a un riesgo constante de reversión. Sin una acción rápida y eficaz, el nuevo
orden puede ser neutralizado por enemigos internos o sofocado por presiones
externas, como lo evidenciaron tempranamente los movimientos
contrarrevolucionarios en el interior.
De esta diferencia surge una primera
distinción fundamental. Para Belgrano, la revolución marca el inicio de una
construcción histórica que requiere tiempo, profundidad y consistencia. Para
Moreno, constituye una situación de emergencia que exige decisiones inmediatas,
concentración del poder y capacidad de acción.
Este contraste no expresa una
oposición superficial, sino dos modos de comprender un mismo problema: cómo
actuar cuando un orden ha desaparecido y aún no existe otro capaz de
reemplazarlo.
Dos temporalidades: la paciencia y la
urgencia
Manuel Belgrano piensa la política en
términos de duración histórica. Su programa —educación pública, desarrollo
productivo, moral republicana e inclusión social— no responde a una lógica de
resultados inmediatos, sino a la construcción progresiva de las condiciones que
hacen posible una comunidad política autónoma.
Esta perspectiva no surge con la
revolución, sino que ya estaba presente en su actuación en el Consulado de
Buenos Aires, donde impulsó proyectos de educación, fomento de la agricultura y
desarrollo productivo como base de un orden económico más sólido.
Para Belgrano, la independencia no es
un punto de llegada, sino de partida. Sin una base material sólida, sin
ciudadanía formada y sin instituciones estables, la libertad corre el riesgo de
convertirse en una formalidad vacía.
Su insistencia en la educación no
responde a un ideal ilustrado abstracto, sino a una concepción estructural de
la política: la autonomía solo puede sostenerse si existe un sujeto colectivo
capaz de ejercerla. La Patria, entonces, no se declara; se construye.
Mariano Moreno se sitúa en una
temporalidad distinta, marcada por la urgencia del momento revolucionario. La
prioridad no es el desarrollo gradual de un proyecto, sino la supervivencia
inmediata del proceso.
En ese escenario, el tiempo deja de
ser un recurso y se convierte en un riesgo. Cada demora fortalece a los
adversarios; cada indecisión debilita el nuevo orden. La política se define,
así, por la capacidad de actuar con rapidez en un contexto inestable, donde el
poder debe afirmarse antes de consolidarse.
Esta lógica se expresa con claridad en
su accionar dentro de la Primera Junta y en su intervención a través de la
Gazeta de Buenos Ayres, desde donde buscó consolidar el proceso revolucionario
mediante decisiones rápidas y la construcción de legitimidad en el presente.
La diferencia entre ambos no remite a
estilos personales, sino a dos formas de entender la relación entre tiempo y
política.
Belgrano se orienta a la construcción
de condiciones que hagan posible la estabilidad. Moreno, en cambio, privilegia
la decisión como instrumento para sostener el presente.
Uno apuesta al tiempo como condición
de posibilidad. El otro actúa bajo la presión de su ausencia.
Este contraste expresa uno de los
problemas centrales de todo proceso revolucionario: cómo articular la
construcción de un orden duradero con la necesidad de sobrevivir en un contexto
de inestabilidad permanente.
El problema del poder: legitimidad o
eficacia
En Manuel Belgrano, el poder está
atravesado por una exigencia ética que no puede ser eludida. No basta con
ejercerlo: debe ser justificado.
Su concepción se inscribe en la
tradición republicana, donde la autoridad se legitima a partir del bien común,
la virtud cívica y el respeto por normas compartidas. En este marco, el poder
no constituye un fin en sí mismo, sino un instrumento que solo se sostiene si
es percibido como justo.
La república, para Belgrano, depende
tanto de sus instituciones como de la conducta de quienes las encarnan. Su
preocupación por la honestidad pública no responde a un idealismo ingenuo, sino
a una comprensión estructural: sin confianza, no hay obediencia duradera; sin
obediencia legítima, no hay orden político posible.
Esta mirada se vincula con su
formación. Educado en España y atravesado por el impacto de la Revolución
Francesa, Belgrano incorpora las ideas ilustradas en contacto con procesos
políticos concretos, donde la legitimidad del poder no era un problema teórico,
sino una cuestión práctica.
Mariano Moreno introduce una
perspectiva distinta. Formado en Chuquisaca, uno de los principales centros
intelectuales de América colonial, su pensamiento se nutre de una sólida
formación jurídica y de lecturas modernas. Sin embargo, su experiencia no está
marcada por la vivencia directa de procesos revolucionarios, sino por su
elaboración conceptual.
En este escenario, Moreno desplaza el
eje hacia la eficacia del poder. En situaciones revolucionarias, la legitimidad
no siempre resulta suficiente para garantizar la supervivencia del nuevo orden.
Cuando el poder está en disputa, la política deja de ser únicamente un problema
moral para convertirse en un problema de acción.
Este conflicto no quedó en el plano
teórico, sino que se manifestó con claridad en el seno de la Primera Junta,
especialmente en el enfrentamiento entre Moreno y Cornelio Saavedra. Mientras
el sector morenista impulsaba decisiones rápidas y una mayor concentración del
poder para consolidar la revolución, el sector saavedrista tendía a posiciones
más moderadas, orientadas a preservar equilibrios y consensos.
Su posición se aproxima a lo que puede
definirse como una lógica jacobina: una concepción del poder propia de los
momentos más radicales de la Revolución Francesa, donde la defensa del proceso
revolucionario justifica la concentración del poder y el recurso a medidas
excepcionales. Allí, la prioridad no es solo que el poder sea legítimo, sino
que sea efectivo.
Esta perspectiva también puede leerse
en una clave cercana a Nicolás Maquiavelo: en situaciones de inestabilidad, la
conservación del poder puede requerir decisiones que no siempre se ajustan a
principios normativos. No se trata de negar la legitimidad, sino de reconocer
que, en ciertos momentos, el poder debe imponerse antes de poder justificarse
plenamente.
La diferencia entre Belgrano y Moreno
no es, entonces, simplemente moral, sino política.
Belgrano teme la degradación del
poder: entiende que, sin un fundamento ético, la autoridad se corrompe y pierde
su capacidad de sostener un orden duradero. Moreno, en cambio, teme su
debilidad: sin capacidad de imponerse, el poder revolucionario puede
desaparecer antes de consolidarse.
Este contraste expresa uno de los
dilemas centrales de la política moderna: cómo articular legitimidad y eficacia
en contextos donde el orden aún no está garantizado.
Más que optar por una u otra
dimensión, el problema radica en comprender que toda construcción política duradera
requiere ambas: un poder capaz de imponerse y, al mismo tiempo, de
justificarse.
Economía: autonomía o apertura
Tanto Manuel Belgrano como Mariano
Moreno comparten un diagnóstico de partida: el sistema colonial constituye un
obstáculo estructural para el desarrollo.
El monopolio comercial, las
restricciones productivas y la subordinación a los intereses de la metrópoli no
solo limitaban el crecimiento económico, sino que impedían la formación de una
economía autónoma. La ruptura con ese sistema aparece, para ambos, como una
condición necesaria para cualquier proyecto de independencia.
Las diferencias emergen al momento de
definir cómo reorganizar ese orden económico.
Belgrano concibe la economía como la
base material de la soberanía. La independencia política carece de sustento si
no se apoya en una estructura productiva capaz de sostenerla.
Esta perspectiva no es meramente
teórica: ya se expresa en su actuación en el Consulado de Buenos Aires, donde
promovió el desarrollo de la agricultura, la industria y la educación técnica
como pilares de una economía más equilibrada.
Su enfoque se orienta hacia un modelo
integral en el que agricultura, industria y comercio se articulan en función
del desarrollo interno. No se trata solo de producir, sino de construir un
sistema económico capaz de reducir la dependencia externa.
En esta línea, anticipa un problema
central de las economías periféricas: la dependencia puede reproducirse incluso
después de la independencia formal si no se transforma la estructura productiva.
Una economía basada exclusivamente en la exportación de materias primas corre
el riesgo de perpetuar su subordinación.
Mariano Moreno, en cambio, pone el
acento en la ruptura inmediata del orden colonial. Su prioridad es eliminar las
restricciones que bloquean el desarrollo de las fuerzas económicas existentes.
Esta orientación se traduce en medidas
concretas impulsadas en los primeros momentos revolucionarios, como la
flexibilización del comercio y la apertura del puerto de Buenos Aires a nuevas
relaciones económicas, rompiendo con el monopolio español.
Su mirada se aproxima, en este
sentido, a una lógica cercana al liberalismo económico clásico, como el
formulado por Adam Smith: la apertura comercial y la eliminación de trabas
permiten dinamizar la actividad económica.
Para Moreno, el problema no reside
tanto en la estructura productiva como en las limitaciones impuestas por el
sistema colonial. Removidas esas barreras, la economía podría desplegar su
potencial.
La diferencia entre ambos no supone una
oposición estricta, sino una divergencia en las prioridades.
Belgrano se orienta a garantizar la
sostenibilidad de la economía en el largo plazo, asegurando su autonomía.
Moreno, en cambio, se concentra en liberar sus capacidades en el corto plazo.
Uno piensa en la construcción de una
base económica soberana. El otro, en la activación inmediata de las fuerzas
productivas.
Este contraste remite a un dilema que
trasciende el contexto revolucionario y atraviesa la historia económica
latinoamericana: cómo articular la apertura al mundo con la construcción de una
economía capaz de sostener su propia autonomía.
El pueblo: sujeto a construir o fuerza
a movilizar
Manuel Belgrano no parte de la idea de
un pueblo ya constituido. Su enfoque se apoya en una premisa más exigente: el
pueblo es una construcción histórica.
La revolución no encuentra un sujeto
político plenamente formado, sino una sociedad fragmentada, atravesada por
desigualdades y marcada por la herencia colonial. En ese contexto, la
existencia de una Patria exige algo más que una ruptura institucional: requiere
la formación de un sujeto colectivo capaz de sostenerla.
Por eso, su programa insiste en la
educación, la inclusión de sectores marginados y la ampliación de la
ciudadanía. No se trata únicamente de incorporar individuos al sistema
político, sino de transformar una población en un cuerpo político consciente.
Su perspectiva puede vincularse con la
tradición que, desde Jean-Jacques Rousseau, concibe al pueblo no como una suma
de individuos, sino como un sujeto constituido a partir de una voluntad común.
Sin esa construcción, la libertad política pierde sustento.
Mariano Moreno, en cambio, opera desde
una lógica distinta. En la coyuntura revolucionaria, el pueblo aparece menos
como una construcción de largo plazo y más como una fuerza política disponible
en el presente.
Este carácter se manifestó desde los
primeros momentos del proceso, como en el Cabildo Abierto de mayo de 1810 y en
la presión ejercida por sectores urbanos y milicias que acompañaron la
formación de la Primera Junta. Allí, el pueblo no es solo una idea, sino un
actor que interviene activamente en la definición del nuevo orden.
Su discurso no apunta tanto a formar
ciudadanos como a activar voluntades. El pueblo es convocado, interpelado y
movilizado para sostener el proceso revolucionario en un momento de extrema
fragilidad.
La política se define, así, por la
capacidad de transformar una sociedad dispersa en una fuerza capaz de
intervenir de manera inmediata. La legitimidad del nuevo orden no se construye
solo a través de instituciones, sino también mediante la movilización.
La diferencia entre ambos enfoques es
sutil, pero decisiva.
Belgrano se orienta a la formación de
un sujeto político duradero, capaz de sostener la vida republicana en el
tiempo. Moreno, por su parte, privilegia su activación como fuerza inmediata
para consolidar la revolución.
Uno construye ciudadanía. El otro
impulsa acción política.
Este contraste expresa uno de los
dilemas centrales de los procesos revolucionarios: cómo articular la formación
de un sujeto político estable con la necesidad de movilizarlo en contextos de
urgencia.
Violencia y política: límite o
instrumento
En Manuel Belgrano, la guerra no
constituye un ámbito autónomo, sino que permanece subordinada a la política y
regulada por principios.
Incluso en el conflicto, la acción
militar debe estar contenida por una lógica normativa. La violencia no
desaparece, pero queda limitada por una concepción ética del poder que busca
evitar su degradación.
Esta orientación se refleja en su
propia actuación militar: aun en campañas adversas —como las del Norte— sostuvo
la necesidad de mantener disciplina, orden y un horizonte político claro por
encima de la mera lógica bélica.
Desde esta perspectiva, el uso de la
fuerza solo es legítimo en la medida en que se inscribe en un orden político
que lo justifique. La guerra no funda la política, sino que debe estar a su
servicio.
Esta concepción puede vincularse con
una idea del Estado que, como señalaría más tarde Max Weber, se define por el
monopolio legítimo de la violencia: no por su ausencia, sino por su regulación.
Mariano Moreno introduce, en cambio,
una perspectiva propia de los momentos revolucionarios, donde la violencia
puede adquirir un carácter constitutivo.
No se trata de un desborde irracional,
sino de una herramienta política en situaciones límite. Cuando el poder aún no
está consolidado, la violencia puede convertirse en el medio a través del cual
ese poder se afirma y se defiende.
Este rasgo no es excepcional, sino
inherente a la situación: la revolución se desarrolla en medio de conflictos
abiertos, amenazas internas y externas, y la necesidad de afirmarse frente a
fuerzas que buscan restaurar el orden colonial.
En ese contexto, el fusilamiento de
Santiago de Liniers tras la contrarrevolución de Córdoba en 1810 constituye un
ejemplo elocuente. La ejecución de una figura de gran prestigio no responde a
una lógica punitiva ordinaria, sino a la necesidad de enviar una señal política
inequívoca: la revolución debía afirmarse frente a cualquier intento de
restauración del orden colonial.
Desde esta perspectiva, la posición de
Moreno se aproxima a una lógica que remite a Nicolás Maquiavelo: en contextos
de inestabilidad, la conservación del poder puede requerir decisiones
excepcionales. La violencia no es un fin en sí mismo, pero tampoco puede ser
descartada cuando está en juego la supervivencia del nuevo orden.
La diferencia entre Belgrano y Moreno
no se reduce, por lo tanto, a una oposición moral entre moderación y radicalidad.
Belgrano parte de un horizonte en el
que la política debe imponer límites a la violencia para preservar su
legitimidad. Moreno, en cambio, actúa en un escenario donde la violencia puede
ser necesaria para que ese orden político llegue a existir.
Este contraste expresa uno de los
dilemas centrales de la política moderna: cómo contener la violencia sin
renunciar a su uso cuando el orden mismo está en cuestión.
La dimensión del futuro
Manuel Belgrano piensa la política en
una escala que excede el presente. Su proyecto no se agota en la coyuntura
revolucionaria, sino que se orienta a la construcción de una comunidad política
capaz de sostenerse en el tiempo.
Educación, desarrollo económico y
moral pública no aparecen como medidas aisladas, sino como dimensiones de una
misma estrategia: garantizar la estabilidad de la Patria más allá de su momento
fundacional.
Su mirada se inscribe así en una
lógica de largo plazo, donde la política no solo debe responder a la urgencia,
sino también crear las condiciones de su propia continuidad. El futuro no es
una consecuencia automática del presente, sino una construcción que exige
previsión y consistencia.
Esta orientación se refleja en su
trayectoria posterior a 1810, donde, aun en contextos adversos, continuó articulando
acción política, militar y proyectos de organización social con una perspectiva
que trascendía la coyuntura inmediata.
Mariano Moreno, en cambio, se sitúa en
una temporalidad distinta, marcada por la intensidad del momento
revolucionario.
Como ocurre en muchos procesos de
ruptura, el presente adquiere un carácter decisivo: la prioridad no es
proyectar un orden duradero, sino evitar que el proceso fracase antes de
consolidarse.
En ese escenario, el futuro queda
subordinado a la supervivencia inmediata. No se trata de ausencia de proyecto,
sino de la imposibilidad de desarrollarlo mientras el nuevo orden permanece en
disputa.
La propia trayectoria de Moreno
refuerza esta dimensión: su temprana salida del escenario político y su muerte
en 1811 condensan, en términos casi simbólicos, esa dificultad de proyectar en
el tiempo una acción política atravesada por la urgencia.
La diferencia entre ambos no radica en
la capacidad, sino en la posición frente al tiempo histórico.
Belgrano proyecta estabilidad. Moreno
enfrenta la incertidumbre.
Uno diseña condiciones para el largo
plazo. El otro evita el colapso del presente.
Este contraste expresa uno de los
dilemas centrales de todo proceso fundacional: cómo construir futuro cuando el
presente aún no está asegurado.
Una tensión productiva
Reducir la relación entre Manuel
Belgrano y Mariano Moreno a una simple oposición implica perder de vista lo
esencial.
La revolución no fue el resultado de
una única lógica, sino de la interacción —y el conflicto— entre perspectivas
distintas que respondían a problemas igualmente reales y que, en muchos casos,
coexistieron de manera tensa en el propio desarrollo del proceso
revolucionario.
La radicalidad de Moreno resultó
decisiva para quebrar el orden existente. Sin capacidad de decisión, sin
voluntad de confrontación y sin medidas firmes frente a amenazas concretas
—internas y externas—, la ruptura con el sistema colonial difícilmente habría
sido posible.
Al mismo tiempo, la profundidad del
pensamiento de Belgrano aportó los elementos necesarios para construir un nuevo
orden. Sin un proyecto orientado al largo plazo, la revolución corría el riesgo
de agotarse en su propio impulso inicial.
Más que optar por uno u otro enfoque,
lo central es comprender su complementariedad.
Sin decisión, no hay ruptura.
Sin proyecto, no hay construcción.
En esa articulación —siempre
inestable— entre acción y pensamiento, entre urgencia y duración, se encuentra
una de las claves para comprender no solo el proceso revolucionario, sino
también la dificultad de fundar un orden político duradero.
Esta problemática no queda restringida
al pasado. Permanece presente en la historia política de la Argentina. Los
dilemas entre legitimidad y eficacia, entre urgencia y planificación, entre
apertura y desarrollo, reaparecen en distintos momentos bajo nuevas formas.
La dificultad de sostener proyectos de
largo plazo en contextos atravesados por crisis recurrentes revela que el
problema fundacional no ha sido completamente resuelto. Pensar a Belgrano y
Moreno, en este sentido, no implica solo reconstruir un momento histórico, sino
también interrogar las condiciones del presente.
Conclusión: el origen como conflicto
La Argentina no nace de una idea
única. Nace de un conflicto.
Entre ética y eficacia.
Entre tiempo y urgencia.
Entre construcción y decisión.
Manuel Belgrano y Mariano Moreno no
representan caminos excluyentes, sino dimensiones necesarias —y, en muchos
aspectos, irreconciliables— de todo proceso político fundacional.
Tal vez por eso siguen siendo actuales.
No como figuras del pasado, sino como
expresiones de un problema que permanece abierto.
Porque la dificultad que enfrentaron
no desapareció.
Sigue siendo la misma:
cómo sostener en el tiempo aquello que
solo pudo surgir en medio de la urgencia.
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