Belgrano
y la construcción de la Patria: política, ética y proyecto
Por el Lic. Roberto Arnaiz
Académico Belgraniano de Número
Introducción
La figura de Manuel
Belgrano ocupa un lugar central en la tradición histórica argentina, no solo
por su participación en los acontecimientos fundacionales del proceso independentista,
sino también por la densidad intelectual de su pensamiento. Sin embargo, su
presencia en la memoria colectiva ha sido frecuentemente simplificada, quedando
asociada casi exclusivamente a la creación de la bandera nacional. Esta
reducción simbólica, si bien significativa, resulta insuficiente para dar
cuenta de la complejidad de su trayectoria y del alcance de su proyecto
político.
Belgrano no puede ser
comprendido únicamente como un líder militar o como un símbolo patrio, sino
como un actor intelectual que reflexionó de manera sistemática sobre las
condiciones necesarias para la constitución de una comunidad política autónoma.
Su formación en el pensamiento ilustrado europeo, articulada con su experiencia
en el contexto colonial rioplatense, le permitió elaborar una mirada original
sobre los problemas de su tiempo. Su intervención histórica, por lo tanto, no
se limitó a la acción, sino que incorporó una dimensión reflexiva orientada a
definir los fundamentos de una nueva sociedad.
La independencia no
aparece, en su concepción, como un hecho puntual ni como un mero acto de
ruptura con el orden colonial, sino como el punto de partida de un proceso más
amplio: la construcción de la Patria. Este proceso implicaba no solo la
emancipación política, sino también la transformación de las estructuras
sociales, económicas y culturales heredadas. La libertad debía sostenerse en
instituciones, prácticas y valores capaces de garantizar su permanencia en el
tiempo.
A partir de este
enfoque, el presente trabajo se propone demostrar que Belgrano no solo fue un
protagonista de la independencia, sino también uno de los primeros pensadores
en formular una concepción integral de la Patria como proyecto político, social
y moral. Su pensamiento se articula en torno a una serie de ejes fundamentales
—la educación, la economía productiva, la moral pública y la inclusión social—
que deben entenderse como dimensiones interdependientes de un mismo programa
político.
La incorporación de
citas textuales permite acceder de manera directa a la lógica interna de su
pensamiento, restituyendo la voz del propio autor y evidenciando la coherencia
entre discurso y acción que caracteriza su trayectoria. Este enfoque no busca
únicamente reconstruir sus ideas, sino interpretarlas en diálogo con
tradiciones teóricas más amplias.
Finalmente, abordar
esta figura desde esta perspectiva implica reconocer la vigencia de sus
planteos. Lejos de constituir un objeto exclusivamente histórico, su
pensamiento ofrece herramientas conceptuales para reflexionar sobre problemas
contemporáneos vinculados a la ciudadanía, la educación, la desigualdad y la
ética pública. Más que una figura del pasado, Belgrano se presenta así como un
pensador cuya obra continúa interpelando el presente.
1.
La Patria como construcción histórica
A comienzos del siglo
XIX, el espacio político del Virreinato del Río de la Plata se configuraba como
una unidad administrativa antes que como una comunidad política. Su cohesión no
derivaba de una identidad compartida, sino de su subordinación a la monarquía
española. Las lealtades se articulaban en torno a vínculos corporativos,
regionales o personales, y no a la pertenencia a un sujeto colectivo autónomo.
La crisis de la monarquía a partir de 1808 no solo produjo un vacío de poder,
sino que puso en evidencia la ausencia de un principio alternativo de
legitimidad capaz de organizar ese espacio.
La revolución iniciada
en 1810 debe comprenderse, por lo tanto, no solo como un proceso de ruptura,
sino como la apertura de un problema mayor: la necesidad de constituir un nuevo
sujeto político. Como ha señalado la historiografía contemporánea
—particularmente José Carlos Chiaramonte—, los procesos independentistas en el
Río de la Plata no partieron de naciones preexistentes, sino que implicaron la construcción
progresiva de identidades políticas inicialmente inciertas, inestables y
disputadas.
En este marco, el
pensamiento de Belgrano adquiere una densidad singular. Su comprensión de la
independencia no se agota en el reemplazo de autoridades ni en la afirmación de
la soberanía formal, sino que se orienta hacia la creación de una comunidad
política consciente de sí misma. La Patria no aparece como una esencia previa
ni como un dato natural, sino como una realidad histórica que debe ser
construida.
Este enfoque puede
ponerse en diálogo con la noción de “comunidades imaginadas” desarrollada por
Benedict Anderson, según la cual las naciones emergen a partir de la producción
de sentidos compartidos que permiten a individuos que no se conocen entre sí
reconocerse como parte de un mismo colectivo. En el caso rioplatense, ese
proceso estaba lejos de haberse consolidado en los primeros años de la
revolución.
Belgrano advierte, con
notable lucidez, que la independencia política carece de sustento si no se
acompaña de un proceso de construcción subjetiva y cultural. No basta con
declarar la libertad: es necesario generar las condiciones para que esa
libertad sea significativa y sostenible. De allí su insistencia en la formación
de ciudadanos y en la construcción de una conciencia colectiva.
Cabe destacar que su
pensamiento introduce una distinción fundamental entre territorio y comunidad.
La liberación de un espacio geográfico puede lograrse mediante la acción
militar; sin embargo, la constitución de una Patria exige la producción de
vínculos simbólicos, valores compartidos y formas de identificación que excede
el plano bélico. Se trata de un proceso de internalización mediante el cual los
individuos comienzan a reconocerse como parte de un “nosotros” que los trasciende.
La centralidad otorgada
a la educación se inscribe en esta lógica. La formación intelectual y moral no
constituye un aspecto accesorio, sino el mecanismo a través del cual se
configura esa subjetividad política. La Patria, en consecuencia, no solo se
organiza institucionalmente, sino que se construye en las conciencias.
De este modo, la Patria
debe entenderse como un proceso abierto, inacabado y conflictivo. No existe un
momento fundacional que la clausure definitivamente; su existencia depende de
prácticas constantes de reproducción y renovación. No es únicamente un origen,
sino una tarea permanente.
Desde una perspectiva
teórica, puede sostenerse que este pensamiento se sitúa en una posición
intermedia entre una concepción voluntarista y una estructural de la comunidad
política. Por un lado, reconoce la importancia de la decisión política y de la
acción colectiva; por otro, comprende que dicha acción requiere apoyarse en
condiciones materiales, culturales y morales que la hagan viable.
En síntesis, la noción
de Patria remite a un proceso histórico de construcción de comunidad que
articula dimensiones políticas, culturales y éticas. Su originalidad radica en
haber comprendido que la independencia no era un punto de llegada, sino el
inicio de un problema fundamental: cómo transformar una estructura colonial
fragmentada en una comunidad política capaz de sostenerse en el tiempo.
2.
La bandera como acto político y simbólico
La creación de la
bandera en 1812 constituye uno de los actos más significativos del proceso
revolucionario rioplatense, no tanto por su materialidad como por su densidad
política y simbólica. Lejos de tratarse de un gesto meramente representativo o
ceremonial, la adopción de un emblema propio debe entenderse como una
intervención activa en la construcción de una nueva legitimidad.
En un contexto
atravesado por la incertidumbre institucional y la inestabilidad del orden
político, la necesidad de producir signos visibles de autoridad y pertenencia
adquiría un carácter urgente. La ausencia de una identidad colectiva
consolidada volvía imprescindible la creación de elementos capaces de articular
un sentido de unidad entre actores dispersos. En este marco, la bandera operó
como un dispositivo privilegiado de construcción simbólica.
Belgrano comprendía que
los procesos políticos no se sostienen únicamente en estructuras jurídicas o
decisiones militares, sino también en la producción de significados
compartidos. Los símbolos no reflejan una realidad preexistente: la configuran.
La bandera, por lo tanto, no debe interpretarse como la expresión de una nación
ya constituida, sino como un acto que contribuye a su propia creación.
Este carácter
performativo puede analizarse en términos cercanos a la teoría política
contemporánea: al ser enarbolada, la bandera no solo representa una comunidad,
sino que la convoca, la anticipa y la produce. Funciona como un punto de
condensación de significados libertad,
igualdad, ruptura con el orden colonial— que permite a individuos que no se
conocen entre sí reconocerse como parte de un mismo colectivo.
De este modo, la
bandera cumple una doble función estructural. Por un lado, establece una
diferenciación clara respecto del poder colonial, marcando una ruptura visible
con la soberanía española. Por otro, actúa como elemento de cohesión interna,
ofreciendo un signo común en un escenario atravesado por tensiones regionales y
disputas de poder.
Cabe destacar que,
desde una perspectiva semiótica, la bandera puede ser entendida como un signo
de alta densidad simbólica, en el cual el significante — los colores y la
forma— adquiere sentido en relación con un conjunto de valores y aspiraciones
colectivas. Su eficacia no reside en su materialidad, sino en su capacidad de
ser investida de significado por quienes la reconocen y la legitiman.
La creación de la
bandera anticipa así la existencia de una comunidad política que aún no se
encuentra plenamente constituida. No refleja una identidad consolidada: la hace
posible. Se trata de un acto de imaginación política mediante el cual se
proyecta un “nosotros” que debe ser construido.
En este escenario, la
decisión de Belgrano adquiere una dimensión profundamente estratégica. En un
momento en que la revolución carecía de formas institucionales estables y de
una identidad unificada, la introducción de un símbolo común permitió dotar de
visibilidad, coherencia y sentido a un proceso todavía en formación.
En síntesis, la bandera
no puede ser comprendida únicamente como un emblema nacional, sino como un acto
político en sentido pleno: una intervención que articula representación,
identidad y poder. La nación no preexiste al símbolo; en gran medida, comienza
a existir a través de él.
3.
Educación y libertad: el núcleo del pensamiento belgraniano
Uno de los ejes
estructurales del pensamiento belgraniano es la relación intrínseca entre
educación y libertad. A diferencia de concepciones que reducen la libertad a
una condición jurídica derivada de la independencia política, esta es entendida
como una capacidad que debe construirse a través de procesos formativos.
Su afirmación: “Un
pueblo ignorante jamás puede ser libre” expresa con claridad esta concepción.
La libertad no aparece como un dato dado, sino como una práctica que exige
conocimiento, discernimiento y formación. En este marco, este pensamiento se
inscribe en el horizonte de la Ilustración, particularmente en la tradición
inaugurada por Immanuel Kant, quien sostenía que la salida del hombre de su
“minoría de edad” dependía del uso público de la razón.
Sin embargo, esta
perspectiva no se limita a reproducir el paradigma europeo, sino que lo
reconfigura en función de una problemática concreta: la construcción de una
comunidad política en un espacio colonial en transición. La educación deja de
ser un ideal abstracto para convertirse en una herramienta de pedagogía
política orientada a la formación de ciudadanos.
En sus escritos como
secretario del Consulado se afirmaba: “La educación es uno de los objetos más
importantes de que puede ocuparse el hombre.”
Esta formulación
adquiere un sentido estratégico: la educación constituye el medio a través del
cual se construye la base social de la libertad. No se trata únicamente de
ilustrar individuos, sino de formar sujetos capaces de sostener un orden
político autónomo.
Esta concepción no
quedó en el plano teórico, sino que se tradujo en intervenciones concretas. En
1813, al destinar los recursos obtenidos por sus victorias militares a la
creación de escuelas en el norte del territorio, se estableció un reglamento
para su funcionamiento que constituye uno de los antecedentes más relevantes de
la educación pública en el espacio rioplatense.
Dicho reglamento fijaba
principios que revelan una visión integral del proceso educativo. Se promovía
una enseñanza pública, gratuita y accesible, orientada a garantizar la
formación de amplios sectores sociales. Los contenidos incluían lectura,
escritura, aritmética, gramática castellana, doctrina cristiana y nociones
sobre los derechos y deberes del ciudadano, evidenciando una clara articulación
entre instrucción y formación cívica.
Asimismo, se
establecían criterios de igualdad y disciplina, exigiendo que los alumnos se
presentaran correctamente, sin distinciones basadas en la riqueza y evitando
todo signo de lujo. La escuela se concebía como un espacio de homogeneización
cívica, en el cual las diferencias sociales debían ser atenuadas.
Cabe destacar el
enfoque pedagógico adoptado. Se promovía el uso del cariño por sobre el
castigo, limitando las sanciones y prohibiendo prácticas humillantes, lo que
indica una concepción educativa que, aun dentro de su contexto histórico,
buscaba evitar formas de violencia simbólica excesiva.
El reglamento otorgaba
también un lugar central a la formación moral, entendida como inseparable de la
instrucción intelectual. La educación debía formar sujetos virtuosos, capaces
de actuar en función del bien común, integrando valores religiosos, cívicos y
sociales.
Otro aspecto relevante
es la preocupación por la idoneidad docente, mediante mecanismos de selección
que privilegiaban la capacidad y las costumbres de los maestros, lo que
evidencia una valorización del rol educativo como función social estratégica.
A su vez, se
incorporaba una dimensión productiva, promoviendo la enseñanza de oficios y
saberes útiles, vinculando la formación con el desarrollo económico. Esta
orientación revela una comprensión de la instrucción como herramienta no solo
política, sino también material.
Resulta especialmente
significativo, además, la inclusión de la educación femenina, al proponer
espacios de formación para niñas, lo que implica una ampliación sustantiva de
los límites tradicionales de la enseñanza en el contexto de la época.
Este enfoque puede
ponerse en diálogo con la tradición del republicanismo clásico, en la cual la
libertad no se define exclusivamente como ausencia de dominación, sino como la
capacidad efectiva de participar en la vida pública. La educación aparece, así,
como condición de posibilidad de una ciudadanía activa.
Al mismo tiempo, esta
concepción dialoga con problemáticas contemporáneas vinculadas a la formación
del sujeto. En términos cercanos a los desarrollos de Michel Foucault, la
educación puede entenderse como un dispositivo que produce subjetividades. Sin
embargo, aquí este proceso se orienta a la emancipación: no busca producir obediencia,
sino autonomía.
De este modo, su
carácter inclusivo refuerza su alcance político. La preocupación por la
formación de sectores populares y de las mujeres indica que la construcción de
la Patria no puede restringirse a una élite. La educación amplía los límites de
la ciudadanía y fortalece la cohesión social.
En síntesis, la
relación entre educación y libertad puede expresarse en una secuencia
conceptual clara: sin educación no hay autonomía; sin autonomía no hay
ciudadanía; y sin ciudadanía no hay Patria. La educación aparece así no como un
complemento, sino como el fundamento mismo del proyecto político.
En consecuencia, la
independencia no se agota en la emancipación del dominio colonial, sino que
exige un proceso continuo de formación. La Patria no solo se conquista: se
enseña, se aprende y se construye en las conciencias.
4.
Economía y soberanía
Uno de los aspectos más
notables —y a menudo subestimados— del pensamiento belgraniano es su concepción
de la economía como fundamento material de la soberanía. Lejos de limitarse a
una visión abstracta de la independencia, se advierte que la emancipación
política carecería de sustento si no se apoyara en una estructura económica
autónoma y productiva. La independencia, sin base material, corre el riesgo de
convertirse en una ficción.
En el contexto del
orden colonial, la economía del Virreinato del Río de la Plata se encontraba
organizada en función de intereses externos. La producción local estaba
subordinada a las necesidades de la metrópoli, y las posibilidades de
desarrollo interno se veían restringidas por un sistema que privilegiaba la
extracción y la dependencia. Frente a este modelo, se formula una crítica
temprana que anticipa problemáticas que luego serían centrales en el
pensamiento económico latinoamericano.
En sus memorias como
secretario del Consulado se afirmaba: “Fomentar la agricultura, animar la
industria y proteger el comercio son los tres importantes objetos que deben
ocupar la atención del gobierno.”
Esta formulación revela
una comprensión integral de la economía, en la que los distintos sectores
productivos no aparecen de manera aislada, sino como partes de un sistema
orientado al fortalecimiento de la comunidad política. La agricultura garantiza
la base material, la industria agrega valor y el comercio articula los
circuitos de intercambio. En conjunto, estos elementos configuran las
condiciones de posibilidad de una economía autónoma.
La economía no
constituye, en esta concepción, un ámbito técnico separado de la política, sino
una dimensión constitutiva de la soberanía. La independencia formal, sin una
base productiva propia, puede transformarse en una dependencia encubierta. Esto
permite vincular este pensamiento con desarrollos posteriores del pensamiento
latinoamericano —como los de Raúl Prebisch—, que señalaron las asimetrías
estructurales entre centros y periferias en la economía mundial.
Cabe destacar el
interés por diversificar los vínculos comerciales más allá del esquema colonial
tradicional. Se advierte tempranamente la importancia estratégica de establecer
relaciones con mercados no europeos, entre ellos
China. Esta intuición
no solo revela una mirada pragmática, sino también una notable capacidad de
anticipación: comprender que la inserción internacional de la futura nación debía
evitar la dependencia exclusiva de un único polo de poder económico.
La referencia a China
no constituye un detalle menor, sino un indicio de una concepción del comercio
orientada a la autonomía y la diversificación. En un contexto de fuertes
restricciones coloniales, esta propuesta implicaba abrir horizontes
alternativos de inserción global y romper con la lógica de subordinación
económica.
A su vez, el desarrollo
económico es pensado en estrecha relación con la formación técnica y el
trabajo. La promoción de oficios, la capacitación productiva y la valorización
del trabajo reflejan una concepción en la cual el crecimiento no depende
únicamente de recursos naturales, sino de la capacidad humana para
transformarlos.
En este marco, resulta
particularmente relevante el lugar asignado a la mujer dentro de los procesos
económicos, especialmente en el ámbito de la producción doméstica y la
transmisión de saberes. Lejos de ser considerada un sujeto marginal, se
reconoce su papel en la formación de hábitos, en la organización del trabajo
cotidiano y en la enseñanza de prácticas productivas como el hilado y el
tejido, fundamentales en economías de base artesanal.
Este enfoque permite
ampliar la comprensión de la economía más allá de la producción estrictamente
mercantil, incorporando la dimensión de la reproducción social. La formación de
las mujeres adquiere, en este sentido, un valor no solo moral o educativo, sino
también económico: contribuye a la autosuficiencia de los hogares, a la
transmisión de conocimientos útiles y al fortalecimiento del entramado
productivo.
De este modo, la
economía aparece como un proceso que articula producción, formación y
reproducción social, en el cual distintos actores — incluidas las mujeres—
desempeñan un papel central en la construcción de la autonomía material de la
comunidad.
En síntesis, la
concepción económica se organiza en torno a una idea fundamental: no hay
soberanía política sin autonomía económica. La Patria no puede sostenerse
únicamente en símbolos o instituciones, sino que requiere una base material que
garantice su independencia real.
La economía deja así de
ser un aspecto secundario para convertirse en un componente estructural del
proyecto político. La independencia, en última instancia, no se define solo por
la ruptura con el dominio colonial, sino por la capacidad de construir un
modelo propio de desarrollo.
5.
Moral pública y vida republicana
Otro aspecto central
del pensamiento de Manuel Belgrano es la dimensión moral de la vida política. A
diferencia de enfoques que reducen la organización de la república a un
conjunto de leyes e instituciones, sostiene que el orden político solo puede
sostenerse en la medida en que exista un sustrato ético que lo fundamente. La
estabilidad de la vida pública depende, en última instancia, de la calidad
moral de quienes la integran.
Su afirmación: “Nada
importa tanto como el tener hombres honrados” condensa una preocupación
fundamental: la república no se garantiza únicamente a través de normas, sino a
través de conductas. La existencia de instituciones formales resulta
insuficiente si no está acompañada por virtudes cívicas que orienten la acción
de los individuos hacia el bien común.
Este planteo puede
ponerse en diálogo con la tradición clásica, particularmente con el pensamiento
de Aristóteles, quien sostenía que la vida política no puede separarse de la
ética. En la Política, afirma que la finalidad de la comunidad no es
simplemente vivir, sino vivir bien, lo cual implica la formación de ciudadanos
virtuosos. Belgrano, en un contexto histórico distinto, recupera esta intuición
fundamental: sin virtud, la república se vacía de contenido.
De este modo, su
reflexión se inscribe dentro de la tradición del republicanismo, que entiende
la libertad como una práctica colectiva sostenida por ciudadanos comprometidos
con el bien público. La corrupción, el egoísmo y la subordinación del interés
común a intereses privados no constituyen meros defectos individuales, sino
amenazas estructurales al orden republicano. La corrupción no es solo un
problema moral: es, ante todo, un problema político.
Esto permite observar
la notable actualidad de su pensamiento. La exigencia de “hombres honrados” no
remite únicamente a una cualidad individual, sino a una condición de
posibilidad del sistema político. La república requiere sujetos capaces de auto
limitarse, de actuar con responsabilidad y de reconocer que el ejercicio del
poder implica una obligación hacia la comunidad.
Esta problemática puede
analizarse también a la luz de las reflexiones de Max Weber sobre la ética de
la responsabilidad. Weber distingue entre una ética de la convicción —basada en
principios— y una ética de la responsabilidad — orientada a las consecuencias
de la acción política—. En Belgrano, ambas dimensiones se articulan: su acción se
guía por principios firmes, pero también por una conciencia de sus efectos en
la vida colectiva.
La moral pública no
aparece, entonces, como un elemento accesorio, sino como un componente
estructural del orden político. No se trata únicamente de la virtud en el
ámbito privado, sino de su proyección en el espacio público, donde se traduce
en confianza, legitimidad y cohesión social.
La Patria, en
consecuencia, no puede sostenerse exclusivamente en estructuras
institucionales. Requiere prácticas concretas, comportamientos orientados por
valores y una ética compartida que haga posible la vida en común.
En síntesis, la vida
republicana depende tanto de sus instituciones como de las virtudes de sus
ciudadanos. La libertad no es solo una conquista política, sino una
responsabilidad moral. Sin virtud cívica, la república pierde sustento; sin
ética pública, la Patria se vuelve inviable.
6.
Inclusión y justicia social
El pensamiento
belgraniano se distingue por su carácter inclusivo, particularmente si se lo
sitúa en el contexto de las estructuras sociales heredadas del orden colonial.
Frente a un sistema profundamente jerárquico, basado en distinciones étnicas,
económicas y culturales, se elaboró una concepción de la Patria orientada a
ampliar los límites de la comunidad política.
Lejos de restringir la
ciudadanía a una élite ilustrada, se reconoce la necesidad de integrar a
sectores históricamente marginados en el proyecto político emergente. Esta
orientación no solo acompaña el proceso revolucionario, sino que lo profundiza
al plantear la inclusión como condición de legitimidad de la nueva comunidad.
Una independencia que no integra reproduce, bajo nuevas formas, las lógicas de
exclusión del orden colonial.
Uno de los ejemplos más
significativos de esta política es el denominado Reglamento para el régimen
político y administrativo y reforma de los 30 pueblos de las Misiones, dictado
en 1810. Este documento constituye una de las expresiones más avanzadas en
materia de justicia social y organización política.
En él se reconoce a los
pueblos originarios como ciudadanos libres e iguales, se promueve la
restitución de la tierra a las comunidades, se impulsa el comercio libre, se
fomenta la educación obligatoria junto con la enseñanza de oficios y se
establecen formas de autogobierno local mediante la elección de autoridades
propias.
Estas disposiciones no
solo buscaban mejorar las condiciones materiales de vida, sino también integrar
plenamente a los pueblos originarios en el nuevo orden político. El Reglamento
puede interpretarse, así, como un intento temprano de articular igualdad
jurídica, inclusión social y participación política en un mismo proyecto.
Este planteo implica
una ruptura con la lógica colonial de exclusión y jerarquización. Los pueblos
originarios dejan de ser concebidos como sujetos subordinados para ser
entendidos como actores constitutivos de la Patria. La inclusión no aparece
como concesión, sino como principio fundante.
A esto se suma la
defensa del rol de la mujer en la educación y en la vida social, que refuerza
esta concepción ampliada de la ciudadanía. En un contexto en el que las mujeres
eran sistemáticamente excluidas del espacio público, se sostiene que su
formación resulta indispensable para el progreso colectivo. Son reconocidas
como primeras educadoras y como agentes fundamentales en la transmisión de
valores.
Esta doble preocupación
—por los pueblos originarios y por la educación femenina— revela una lógica
común: ampliar la base social de la ciudadanía. La Patria no puede sostenerse
sobre la exclusión, sino sobre la integración de la diversidad en un marco de
igualdad.
Estas ideas pueden
leerse, además, en clave anticipatoria respecto de debates contemporáneos sobre
inclusión, ciudadanía y reconocimiento. La construcción de la comunidad política
no implica homogeneizar, sino articular diferencias en un proyecto común.
En síntesis, la noción
de Patria se configura como una comunidad abierta, en la cual la justicia
social y la inclusión no son elementos accesorios, sino componentes
estructurales. Sin inclusión, no hay comunidad política posible; sin
integración, la Patria pierde su fundamento.
De este modo, la
independencia deja de ser únicamente un proceso de emancipación externa para
convertirse también en una transformación interna: la construcción de una
sociedad más igualitaria, participativa y justa.
7.
El sacrificio como principio político
La trayectoria personal
de este actor central del proceso revolucionario rioplatense constituye uno de
los ejemplos más elocuentes de coherencia entre pensamiento y acción. Lejos de
buscar beneficios personales, destinó recursos propios —incluidos premios
obtenidos en campañas militares— a la creación de escuelas, rechazó honores y
ejerció sus funciones con una marcada austeridad.
Su vida no solo expresa
un compromiso con la causa independentista, sino también una concepción
específica del ejercicio de la política.
El sacrificio no
aparece aquí como un gesto excepcional, sino como un principio que orienta la
acción pública. La política deja de ser un ámbito de privilegio para
convertirse en una responsabilidad que exige la subordinación del interés
individual al bien común.
Esta dimensión ética
adquiere mayor profundidad al considerar las condiciones físicas en las que
desarrolló gran parte de su actuación. A lo largo de su vida padeció diversas
enfermedades que deterioraron progresivamente su salud, en un contexto
sanitario precario y exigente. Aunque el diagnóstico preciso de algunas
afecciones ha sido objeto de debate historiográfico, lo relevante no radica en
la enumeración clínica, sino en el hecho de que ejerció sus responsabilidades
en condiciones físicas adversas.
Este dato adquiere
significado político. La acción no se desarrolla desde la comodidad ni desde la
plenitud de recursos, sino en medio del desgaste, el dolor y la enfermedad. A
pesar de ello, continuó al frente de sus funciones, conduciendo ejércitos,
participando en campañas y asumiendo responsabilidades de gobierno en
escenarios de extrema fragilidad.
De este modo, su
trayectoria puede ser interpretada como una expresión de una ética del deber.
La legitimidad de su liderazgo no se funda en la acumulación de poder o
riqueza, sino en la coherencia entre principios y conducta. Se configura así
una concepción del servicio público como entrega, en la cual el ejercicio del
poder implica, necesariamente, una forma de renuncia.
Esta lógica se refuerza
en el tramo final de su vida. Su muerte en la pobreza —tras haber pertenecido a
una familia acomodada— no constituye un dato anecdótico, sino la confirmación
de una trayectoria en la que no hay búsqueda de compensación material por la
acción política.
Cabe destacar,
entonces, que el sacrificio no debe ser entendido como un rasgo individual
aislado, sino como un componente estructural de su concepción de la política.
No se trata solo de haber pensado la Patria, sino de haberla encarnado en la
propia experiencia.
En síntesis, esta
figura permite pensar la política no como un espacio de acumulación, sino como
un ámbito de responsabilidad ética. La Patria no aparece como un recurso del
cual obtener beneficios, sino como una causa que exige entrega. Sin esa
disposición al sacrificio, los principios pierden consistencia y el proyecto
político se debilita.
8.
Guerra y responsabilidad ética
La participación de Belgrano
en el ámbito militar constituye una de las dimensiones más complejas —y a la
vez más simplificadas— de su trayectoria. La caracterización tradicional como
“militar improvisado”, derivada de su formación como abogado y economista,
resulta insuficiente para comprender la densidad de su desempeño y el proceso
mediante el cual construyó su capacidad de conducción.
Aunque no provenía de
una carrera militar profesional, asumió sus responsabilidades en un contexto en
el que la guerra formaba parte constitutiva del proceso revolucionario. Su
actuación no se limitó a la intuición: se estructuró como una práctica de
aprendizaje progresivo, en la que el estudio, la observación y la experiencia
se articulaban de manera sistemática. Testimonios contemporáneos —como los de
Gregorio Aráoz de Lamadrid— permiten reconstruir la figura de un conductor que
se formaba constantemente, integrando reflexión y acción en una misma lógica.
Esta formación no fue
exclusivamente técnica, sino también cultural. Su contacto con la literatura
del Siglo de Oro, particularmente con la obra de Calderón de la Barca, permite
comprender la presencia de una concepción ética de la milicia, en la cual el
honor, la lealtad y la disciplina constituyen principios estructurantes. La
guerra no aparece como un ámbito de arbitrariedad, sino como una práctica
regulada por valores.
Esta concepción se
traduce en decisiones concretas. El Éxodo Jujeño (1812) puede interpretarse
como una operación estratégica de gran escala basada en la negación de recursos
al enemigo, que implicó planificación, control territorial y subordinación del
espacio a un objetivo político. Del mismo modo, la Batalla de Salta (1813)
evidencia una conducción basada en la maniobra, el conocimiento del terreno y
la capacidad de alterar las expectativas del adversario.
Estas acciones permiten
identificar una lógica de conducción que combina estudio, adaptación y lectura
estratégica del contexto, alejándose de cualquier idea de improvisación. La
eficacia militar no se presenta como producto del azar, sino como resultado de
un proceso reflexivo orientado a la toma de decisiones.
A esta dimensión se
suma un elemento central: la concepción ética de la guerra. La violencia no es
entendida como un fin en sí mismo, sino como un recurso subordinado a la
defensa de la libertad y al sostenimiento del proyecto político. La idea de que
el ejército debía constituirse como una “escuela de virtudes” expresa con
claridad esta orientación.
En este marco, la
guerra no se configura como un ámbito autónomo, sino como una dimensión subordinada a la política.
La legitimidad de la acción militar no reside en su eficacia, sino en los fines
que persigue.
En síntesis, la figura
de Belgrano permite superar la imagen del “militar improvisado” para comprender
a un conductor que, aun sin formación formal, desarrolló una práctica
estratégica compleja, en la que convergen formación cultural, experiencia,
reflexión y principios éticos. La guerra deja así de ser un espacio meramente
técnico para convertirse en un ámbito de responsabilidad política, en el que se
define no solo la victoria, sino el sentido mismo de la Patria en construcción.
9.
Estado, poder y organización política
La construcción de la
Patria en el pensamiento belgraniano exige considerar el problema del poder y
de las formas de organización política. La constitución de una comunidad no
puede sostenerse únicamente en la formación de ciudadanos ni en la afirmación de
valores compartidos, sino que requiere un orden institucional capaz de
articular, regular y proyectar la vida colectiva.
En este marco, la
cuestión del Estado adquiere un lugar central. La ruptura con el orden colonial
no implicaba solamente la disolución de una autoridad previa, sino también la
necesidad de construir una nueva forma de legitimidad.
El vacío de poder
generado por la crisis de la monarquía debía ser reorganizado sobre bases
capaces de sostener el nuevo orden político.
La preocupación por el
rol del gobierno se expresa con claridad en sus escritos económicos y
políticos. La insistencia en fomentar la agricultura, proteger la industria y
regular el comercio revela una concepción activa de la autoridad. El gobierno
no es concebido como una instancia pasiva, sino como un agente orientador del
desarrollo social, capaz de intervenir en las condiciones materiales y en la
organización general de la comunidad.
De este modo, este
pensamiento se inscribe en una tradición que entiende al Estado no solo como
garante del orden, sino como instrumento de transformación. La legitimidad de
la autoridad política no se define únicamente por su origen, sino por su
capacidad de promover el bien común y de generar condiciones que hagan posible
la vida colectiva.
Al mismo tiempo, esta
concepción introduce una tensión constitutiva entre autoridad y libertad. La construcción
de un orden político requiere normas, instituciones y formas de coerción; sin
embargo, estas no pueden contradecir el principio de libertad que da sentido al
proceso independentista. El problema no radica en la existencia del poder, sino
en su legitimidad y en sus límites.
Cabe destacar, en este
punto, la afirmación según la cual “el modo de contener los delitos y fomentar
las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente”. Esta
formulación permite advertir una concepción del poder orientada por la
justicia, en la que la autoridad se ejerce como garantía del orden moral y
social, y no como expresión de arbitrariedad.
Esto permite observar
que el poder no aparece como una fuerza externa impuesta sobre la sociedad,
sino como una función regulada por principios éticos. La legitimidad del Estado
depende de su capacidad para equilibrar coerción y justicia, orden y libertad,
evitando tanto el despotismo como la disolución del vínculo político.
A su vez, la
preocupación por la educación, la moral pública y la inclusión puede leerse
como una reflexión sobre las condiciones de posibilidad del orden político. El
Estado no se sostiene únicamente en su estructura institucional, sino en la
calidad de la sociedad que lo compone. No hay organización política estable sin
ciudadanos formados, sin valores compartidos y sin una base material que la
sustente.
En este marco, la
relación entre Estado y sociedad adquiere un carácter dinámico. El poder
político no se impone de manera unilateral, sino que se construye en
interacción con la comunidad. La autoridad requiere reconocimiento, legitimidad
y participación, incorporando una dimensión relacional en la comprensión del
poder.
La experiencia
revolucionaria introduce, además, un elemento decisivo: la inestabilidad. La
construcción del nuevo orden político se desarrolla en un contexto de
conflicto, incertidumbre y disputas internas. En ese escenario, la consolidación
de una autoridad legítima se vuelve indispensable, ya que sin un mínimo de
organización el proyecto político corre el riesgo de fragmentarse.
De este modo, el Estado
no puede entenderse como una estructura acabada, sino como un proceso en
construcción, atravesado por tensiones entre centralización y autonomía, entre
orden y libertad, entre autoridad y participación. Estas tensiones no
constituyen anomalías, sino rasgos propios de la formación de una comunidad
política.
Finalmente, la cuestión
del poder se vincula con la idea de responsabilidad. El ejercicio de la
autoridad no es concebido como un privilegio, sino como una carga que implica
decisiones que afectan al conjunto de la sociedad. La legitimidad del poder no
reside en su fuerza, sino en su orientación hacia el bien común y en su
capacidad de sostener un orden justo.
En síntesis, la
construcción de la Patria exige no solo la formación de ciudadanos y la
afirmación de valores, sino también la creación de un orden institucional capaz
de organizar, sostener y proyectar la vida colectiva. La Patria no es
únicamente una comunidad imaginada: es también una estructura política que debe
ser construida, legitimada y sostenida en el tiempo.
10.
El pueblo como sujeto político
La construcción de la
Patria en el pensamiento belgraniano no puede comprenderse plenamente sin
atender al lugar que ocupa el pueblo como sujeto político. La independencia no
implica únicamente la sustitución de autoridades ni la reorganización
institucional del poder, sino la emergencia de un actor colectivo capaz de
sostener, legitimar y proyectar el nuevo orden político.
En este marco, el
pueblo no aparece como una realidad preexistente ni como una entidad homogénea,
sino como una construcción histórica que se produce en el propio proceso
revolucionario. La ruptura con el orden colonial no solo desarticula una
estructura de dominación, sino que abre la posibilidad —y la necesidad— de
constituir un sujeto colectivo que se reconozca como portador de soberanía.
Esta concepción puede
ser iluminada a partir de expresiones del propio Belgrano, como cuando afirma: “Yo
no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria.”
La afirmación permite
advertir que el horizonte político no se orienta hacia la acción individual,
sino hacia la construcción de una comunidad integrada. La centralidad no reside
en el liderazgo personal, sino en la constitución de un sujeto colectivo capaz
de sostener el proyecto político en el tiempo. La Patria no es obra de
individuos aislados, sino de un pueblo que se reconoce como tal.
En este punto, la
insistencia en la educación adquiere una dimensión decisiva. No se trata
únicamente de formar individuos instruidos, sino de generar las condiciones
para la existencia de un sujeto político. La educación permite transformar una
población fragmentada en un cuerpo consciente, capaz de participar, deliberar y
actuar en función del bien común.
Cabe destacar que las
políticas orientadas a la inclusión de sectores históricamente marginados —como
los pueblos originarios o las mujeres en el ámbito educativo— pueden leerse
como estrategias de ampliación del sujeto político. La construcción del pueblo
implica necesariamente su expansión. Una comunidad que excluye no solo resulta
injusta, sino también débil en términos de legitimidad.
La experiencia militar
introduce, además, una dimensión relevante en este proceso. La conformación de
ejércitos no profesionales, integrados por milicias y sectores populares,
contribuye a establecer un vínculo directo entre el pueblo y la defensa de la
Patria. La guerra deja de ser un asunto exclusivo de especialistas para convertirse
en un espacio en el que la comunidad se reconoce y se constituye como tal.
Esto permite observar
que la participación en la guerra no solo cumple una función defensiva, sino
también formativa. En ella se consolidan identidades colectivas, se refuerzan
lazos de pertenencia y se configura un sentido de destino común. El pueblo no
solo es protegido: se construye en el acto mismo de defender la comunidad
política.
Sin embargo, esta
concepción no supone una idealización del pueblo como entidad espontánea. Por
el contrario, reconoce que el sujeto político requiere formación, organización
y articulación. No existe un pueblo plenamente constituido al margen de
instituciones, prácticas educativas y estructuras políticas.
De este modo, la
relación entre pueblo y Estado debe pensarse en términos de interdependencia.
El Estado organiza, canaliza y da forma a la acción colectiva, mientras que el
pueblo otorga legitimidad, sentido y fundamento al orden político. Sin pueblo,
el Estado carece de sustento; sin organización política, el pueblo no logra
constituirse como actor efectivo.
Esta articulación
introduce una tensión constitutiva que atraviesa toda la experiencia
revolucionaria: la necesidad de equilibrar participación y orden, espontaneidad
y organización, pluralidad y unidad. Estas tensiones no son anomalías, sino
rasgos propios de la construcción de una comunidad política.
En términos más
amplios, esta concepción puede ponerse en diálogo con problemáticas
contemporáneas vinculadas a la representación, la legitimidad y la
participación democrática. La dificultad de constituir un sujeto colectivo
capaz de sostener proyectos políticos en el tiempo continúa siendo uno de los
desafíos centrales de las sociedades actuales.
En síntesis, la noción
de pueblo no remite a una entidad dada, sino a un proceso de construcción
política. La Patria no se limita a un territorio ni a un conjunto de
instituciones: exige la existencia de un sujeto colectivo que la haga posible.
La independencia no solo inaugura un nuevo orden político, sino también la
tarea permanente de construir el pueblo que habrá de sostenerlo.
11.
Belgrano y la proyección del futuro
El pensamiento
belgraniano no se limita a la interpretación del presente ni a la resolución
inmediata de los problemas derivados del proceso revolucionario, sino que se
proyecta hacia el futuro como horizonte constitutivo de la acción política. La
construcción de la Patria no aparece como un objetivo inmediato ni como una
realidad consumada, sino como un proceso de largo alcance que exige planificación,
continuidad y proyección intergeneracional.
De este modo, su
reflexión introduce una dimensión temporal clave para comprender la profundidad
de su pensamiento. La independencia no es concebida como un punto de llegada,
sino como el inicio de una tarea cuyo desarrollo excede a la generación que la
impulsa. La política deja de orientarse exclusivamente a la urgencia para
asumir la responsabilidad de sentar las bases de una sociedad futura.
Esta concepción se
expresa con claridad en su constante preocupación por la educación. La
formación de las nuevas generaciones no responde únicamente a necesidades
presentes, sino a la construcción de una comunidad capaz de sostenerse en el
tiempo. Educar no es solo instruir: es proyectar. En este marco, la afirmación
de que “la educación es uno de los objetos más importantes de que puede
ocuparse el hombre” adquiere un sentido que trasciende lo inmediato y se
vincula con la continuidad histórica.
Algo similar ocurre en
el plano económico. La promoción de la agricultura, la industria y el comercio
no se orienta únicamente a resolver problemas coyunturales, sino a construir
una base material duradera que permita sostener la independencia a largo plazo.
La economía aparece así como una estructura de futuro, no como una respuesta
circunstancial.
Esto permite observar
que su pensamiento adopta una lógica estratégica. La acción política no se
define únicamente por su eficacia inmediata, sino por su capacidad de generar
condiciones de estabilidad, desarrollo y continuidad. La construcción de la
Patria implica, en este sentido, una responsabilidad que excede el presente y
se inscribe en una temporalidad extendida.
Al mismo tiempo, esta
perspectiva introduce una dimensión ética específica: la responsabilidad hacia las
generaciones futuras. El ejercicio del poder no se legitima solo por sus
efectos inmediatos, sino por su capacidad de contribuir a una sociedad más
justa, más libre y más estable en el tiempo. La política deja así de ser mera
gestión del presente para convertirse en un compromiso con el porvenir.
En términos más
amplios, esta idea puede ponerse en diálogo con concepciones modernas del
tiempo político, en las cuales el futuro no es una simple prolongación del
presente, sino un espacio de construcción. La Patria no es solo memoria: es
proyecto.
Cabe destacar que esta
proyección adquiere mayor relevancia si se la sitúa en el contexto de crisis en
el que se desarrolla. Pensar en el largo plazo en medio de la inestabilidad, la
guerra y la incertidumbre revela una notable capacidad de anticipación. No se
trata únicamente de responder a una coyuntura crítica, sino de imaginar y
preparar las condiciones de una sociedad futura.
En este sentido, su
figura puede ser comprendida no solo como la de un actor del proceso
independentista, sino como la de un pensador que anticipa problemas y desafíos
que exceden su propio tiempo. La insistencia en la educación, en la economía
productiva, en la moral pública y en la inclusión revela una comprensión
profunda de que la estabilidad de una comunidad política depende de procesos
que se desarrollan a lo largo de generaciones.
En síntesis, la
proyección del futuro ocupa un lugar central en esta concepción de la Patria.
La independencia no clausura el problema político, sino que lo inaugura en una
nueva escala temporal. La Patria no es únicamente una herencia del pasado ni
una construcción del presente: es, ante todo, una tarea orientada hacia el
futuro.
12.
Vigencia del pensamiento belgraniano
Las ideas de Belgrano
mantienen una notable vigencia para el análisis de los problemas
contemporáneos. Su actualidad no reside en la aplicación directa de sus
propuestas, sino en la capacidad de formular problemas que continúan estructurando
la vida política y en la articulación de dimensiones que aún hoy resultan
indisociables.
La relación entre
educación y ciudadanía sigue siendo un eje central. La formación de sujetos
capaces de participar en la vida pública, ejercer sus derechos con
responsabilidad y sostener un orden democrático depende, en gran medida, de los
sistemas educativos, especialmente en contextos atravesados por desigualdades y
crisis de formación cívica.
De manera análoga, la
articulación entre economía y soberanía remite a tensiones persistentes en un
mundo globalizado. La relación entre autonomía productiva e inserción
internacional, así como las formas contemporáneas de dependencia, reactualizan
problemáticas ya presentes en la crítica al orden colonial. El énfasis en el
desarrollo productivo, la diversificación y la formación técnica conserva, en
este marco, una notable actualidad.
La cuestión del Estado
y del poder político adquiere igualmente relevancia en escenarios marcados por
crisis de gobernabilidad y cuestionamientos a la legitimidad institucional. La
idea de que el poder debe orientarse al bien común permite repensar el rol del
Estado como instancia de organización, regulación y garantía del orden
colectivo.
El problema del pueblo
como sujeto político continúa siendo uno de los desafíos centrales de las
democracias contemporáneas. La fragmentación social, la crisis de
representación y la dificultad de sostener proyectos colectivos en el tiempo
evidencian la persistencia de esta tensión.
La preocupación por la
moral pública refuerza esta lectura. La erosión de la confianza institucional
pone de manifiesto que las instituciones no pueden sostenerse sin un sustrato
ético compartido, lo que convierte a la dimensión moral en un componente
estructural de la vida política.
A esto se suma la
cuestión de la inclusión, que dialoga directamente con debates actuales sobre
igualdad y reconocimiento. La construcción de una comunidad política que
integre la diversidad sin perder cohesión continúa siendo un problema abierto.
Finalmente, la
proyección del futuro como dimensión de la acción política adquiere una
relevancia particular en contextos dominados por la inmediatez.
Pensar la política en
términos de largo plazo implica asumir una responsabilidad hacia las
generaciones futuras que excede la lógica de la urgencia.
En conjunto, este pensamiento
puede entenderse como una propuesta de articulación entre dimensiones que en el
debate contemporáneo suelen aparecer fragmentadas: economía y ética, educación
y política, Estado y sociedad, presente y futuro.
No ofrece soluciones
cerradas ni recetas aplicables de manera inmediata. Su valor reside,
precisamente, en la capacidad de establecer criterios exigentes desde los
cuales pensar la acción política.
En síntesis, su
vigencia radica en su potencia para interpelar el presente.
La Patria no aparece
como una realidad concluida, sino como una construcción permanente que exige
ser pensada, sostenida y recreada en cada momento histórico.
Conclusión
Manuel Belgrano fue
mucho más que el creador de la bandera. Su figura encarna una concepción
profunda de la Patria, entendida no como un dato dado ni como una entidad
estática, sino como una construcción histórica, un proyecto político y un
compromiso moral.
A lo largo de su
pensamiento y su acción se advierte una coherencia poco frecuente: la
articulación entre ideas y práctica. La educación como base de la libertad, la
economía como sustento de la soberanía, la moral pública como condición de la
vida republicana, la inclusión como fundamento de la comunidad política, el
Estado como estructura organizadora, el pueblo como sujeto de la acción
colectiva y el sacrificio como principio del ejercicio del poder no constituyen
dimensiones aisladas, sino partes de un mismo programa.
Su intervención no se
limitó a la ruptura con el orden colonial, sino que contribuyó a definir las
condiciones de posibilidad de una nueva sociedad. Su legado trasciende los
símbolos que ayudó a crear y se proyecta en una concepción integral de la vida
política, en la que la Patria se sostiene simultáneamente en instituciones y
valores, en estructuras y conductas, y en el presente y su proyección hacia el
futuro.
Sus propias palabras
permiten acceder a la lógica interna de ese pensamiento, marcada por una
preocupación constante por la formación de ciudadanos, la justicia social, la
organización del poder y la responsabilidad en su ejercicio. Esta dimensión
ética atraviesa todas las esferas de su acción — desde la educación hasta la
conducción militar— y le otorga unidad a su trayectoria.
La vigencia de estas
ideas reside en su capacidad para interpelar problemas que aún estructuran la
vida política contemporánea: las tensiones entre libertad y desigualdad, entre
autonomía y dependencia, entre institucionalidad y legitimidad, entre
representación y construcción del pueblo, y entre inmediatez y proyección
futura. No ofrece respuestas cerradas, pero sí criterios exigentes desde los
cuales pensar la acción política.
En última instancia, no
se fundó una Patria terminada, sino que se inauguró una tarea. La Patria no es
una herencia pasiva, sino una construcción permanente que exige compromiso,
responsabilidad y acción sostenida.
Por ello, más que una
figura del pasado, Belgrano constituye una referencia activa para el presente:
no como objeto de conmemoración, sino como un principio de orientación. Pensar
la Patria hoy implica, en este sentido, asumir esa exigencia y traducirla en
práctica política concreta.
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