viernes, 19 de junio de 2026

Manuel Belgrano y la cuestión de su presunta pertenencia a la masonería

 


Manuel Belgrano

y la cuestión de su presunta pertenencia a la masonería

 

ANALISIS DE LA PRESIDENCIA DE LA

ACADEMIA BELGRANIANA DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

Buenos Aires, 17 de junio de 2026

 

ANALISIS Y FUNDAMENTACIÓN

La cuestión acerca de si Manuel Belgrano fue o no miembro de la masonería ha sido objeto de debate durante largo tiempo. Diversas interpretaciones, sostenidas por autores de distinta formación y en diferentes momentos, han contribuido a instalar esta temática en el ámbito historiográfico, muchas veces sin que dichas afirmaciones se encuentren respaldadas por documentación fehaciente.

En este sentido, resulta necesario abordar el tema con un criterio riguroso, propio del análisis histórico, según el cual toda afirmación debe fundarse en pruebas documentales verificables.

La Gran Logia Argentina de Libres y Aceptados Masones define a su organización de la siguiente manera: “La Masonería es una sociedad civil, dedicada al perfeccionamiento moral e intelectual de las personas. Nuestra Institución se apoya en los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, y nuestro lema es Ciencia, Justicia, Trabajo.”

Declaran estar “… presentes en todos los ámbitos: la cultura, la ciencia, los desafíos contemporáneos, el bienestar de nuestra sociedad. Intentamos aportar nuestra mirada para contribuir al desarrollo de una sociedad más equitativa, más justa y más inclusiva”.

Y manifiestan en la presentación de su sitio web oficial que son trabajadores de “…la utopía de la fraternidad universal. Esa utopía es nuestro horizonte y confiamos en que algún día sea nuestra realidad”.

Se muestra públicamente como una asociación iniciática y no política; la misma que otrora se tildara de “secreta” hoy a mudado a “discreta”.

La Gran Logia de Argentina hace saber en diferentes medios virtuales y en reiteradas oportunidades presenciales que “entre los hombres ilustres de la masonería” hay filósofos, músicos, poetas, escritores, científicos, prelados, convencionalistas, jueces, presidentes, congresales, educadores, artistas plásticos, militares y de modo especial y principalmente proclama que entre sus filas se encuentran las más preclaras figuras de la nacionalidad argentina, entre ellos el “Gran Iniciado” San Martin y “Manuel Belgrano, creador de nuestro Pabellón Nacional”, como si fuera éste el único rasgo meritorio y aporte a la historia nacional del Primer Prócer Porteño e Hijo Prominente de Buenos Aires.

Más allá de ello, lo que es relevante e importante destacar ahora, es que se menciona a Manuel Belgrano como masón sin más, es decir: sin documentación incuestionable alguna que avale tamaña afirmación. A nuestro humilde entender, tal afirmación es fruto de un osado plan de relaciones públicas, sin precedentes. Recordemos que un plan de relaciones públicas es una acción estratégica que define como una organización se comunicará con sus audiencias para gestionar su imagen, reputación y posicionamiento. Incluye acciones coordinadas y sostenidas para fortalecer vínculos con públicos clave, responder a crisis y mejorar la credibilidad.

En el caso de Manuel Belgrano, su inclusión dentro de este universo ha sido sostenida en diferentes ámbitos. Sin embargo, lo relevante desde el punto de vista historiográfico es que dicha afirmación no ha sido acompañada, hasta el presente, por documentación que permita verificarla de manera concluyente.

En este punto, resulta pertinente recordar una advertencia metodológica central en la disciplina histórica, señalada por diversos autores: la historia no puede construirse sobre la base de suposiciones, sino sobre la evidencia. Cuando la documentación no acompaña una afirmación, esta debe ser considerada, en el mejor de los casos, como una hipótesis no demostrada.

Diversos estudios han demostrado la existencia, durante el período virreinal y los años iniciales del proceso independentista, de logias masónicas y también de sociedades secretas o reservadas de carácter político. En este aspecto, autores como Enrique de Gandía han destacado la diversidad de estas organizaciones, señalando que no todas respondían a estructuras masónicas formales, ni mantenían vínculos institucionales claros.

Esta distinción resulta fundamental. Durante los procesos independentistas, numerosas agrupaciones adoptaron formas organizativas reservadas —con jerarquías, rituales y códigos— como herramientas de coordinación política. En algunos casos, estas formas se inspiraban en modelos masónicos, sin que ello implique necesariamente una filiación institucional con la masonería.

Enrique de Gandía, en su obra "La Política Secreta en la Independencia de América", comunicada en la sesión privada de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, el 25 de agosto de 1993, explora la influencia de las sociedades secretas y las estrategias ocultas en el proceso independentista americano. Gandía analiza cómo estas organizaciones, a menudo vinculadas a la masonería y otras corrientes ideológicas, desempeñaron un papel crucial en la organización de movimientos revolucionarios y en la difusión de ideas independentistas.

Enrique de Gandía, el notable historiador, co-fundador de la Academia Belgraniana de la República Argentina, estudió la masonería y observó que las logias masónicas, tanto independientes como dependientes de otras logias mayores, existían en Argentina, incluso en la época del Virreinato del Río de la Plata. En sus escritos, Gandía destacó la existencia de estas logias, algunas de las cuales estaban vinculadas a logias más grandes en el país o en el extranjero, mientras que otras operaban de forma independiente. También señaló que estas logias tenían diferentes orígenes y conexiones, y que no todas estaban relacionadas con las logias principales.

En su obra, publicada en 1994, “La política secreta en la independencia de América” Enrique de Gandía expresa:

“Hemos comprobado que la Masonería fue y es una sociedad dispersa en toda la tierra. Sus orígenes se remontan a los constructores de edificios y picapedreros de la Edad Media. No es posible precisar una fecha exacta. Sabemos que hubo muchas masonerías. Unas podían considerarse propias de una nación y otras de otras naciones. Algunas logias respondían u obedecían a una logia superior. Otras logias trabajaban aisladamente. Sus principios eran comunes y se distinguían por el secreto que imponían a sus miembros. Es una ingenuidad, propia de algunos escritores poco versados en estos estudios, suponer que los masones eran irreligiosos o anticatólicos. Esta creencia, nacida de calumnias, ha sido la causa de innúmeras persecuciones y de incontables errores. Los masones debían ser, ante todo, deístas. Además, conservaban y respetaban sus religiones”.

El académico de Gandía, continúa diciendo:

“El aislamiento de los masones, sus enseñanzas de que los hombres son todos libres e iguales y la admisión, en las logias, de practicantes de cualquier religión, representaron un peligro para la Iglesia y las monarquías. Por ello las prohibiciones de los Reyes y las excomuniones de los Papas. Este odio a la Masonería ha influido poderosamente en la historiografía que se ha ocupado de ella”.

Los mismos masones, con sus imaginaciones y pésima información, son culpables del desentendimiento en que han caído.

El desconocimiento o plena ignorancia con que se expuso la historia de la Masonería en distintas épocas y países ha hecho cometer, y sigue haciéndolo, errores y confusiones realmente lamentables. La fantasía de suposiciones ha suplido a la documentación. El historiador correcto no debe afirmar nada que no cuente con correspondiente prueba documental”.

Esta última afirmación de Enrique de Gandía tira por la borda datos, menciones y afirmaciones que esgrimieron en su momento diversos personajes como el general Zapiola, el general Martínez y el historiador Saldías, respecto de que entendían que Belgrano era masón.

El general Iriarte, en su autobiografía, cuenta que habiéndose dirigido a Salta y Tucumán conoció a Manuel Belgrano, teniendo con él varias conversaciones y advirtió que no era partidario de la masonería. Cabe aquí subrayar la afirmación de de Gandía  “La fantasía de suposiciones ha suplido a la documentación”.  

El empeño en aseverar y asegurar para la posteridad que Manuel Belgrano era masón fue sostenido y argumentado por los propios masones, así lo dejaron plasmado en papeles autores e historiadores parciales, entre ellos: Lorenzo Frau Albines, Rosendo Ariús Arderiu, Martín V. Lezcano, Emilio Gouchón, Alcibíades Lappas, Emilio J. Corbiere y Fabián Onsari, entre otros, quienes argumentaron y basaron sus escritos en dichos y comentarios sesgados y tendenciosos.

El particular llegó al absurdo cuando el padre Anaya, sacerdote católico devenido en masón y ladero de Iriarte (Iriarte quien no considera a Belgrano como masón), dijera haber leído y escuchado a Belgrano y a San Martín tratarse como “amigos” (legítima expresión de este noble sentimiento humano)  y que ello era una palabra clave que reemplazaba en “código masónico” la denominación de “compañero masón”, lo que delataba su condición de tal. Absurda e infundada deducción, por cierto. Además el término genérico es hermano y no “amigo o compañero”.

Por su parte el padre Guillermo Furlong, notable Académico honorario de la Academia Belgraniana de la República Argentina, empezó a sostener, allá por 1920, que las logias eran sociedades políticas y que nada tenían que ver con la Masonería.

El padre Furlong ratifica esta apreciación en 1970, luego de medio siglo de investigaciones, definiendo a Manuel Belgrano, entre otras formas y alcances como “uno de los más hermosos dechados de caballeros cristianos y hasta piadosos”.

En el seno de esta corporación académica dos de sus más conspicuos miembros, hablamos de Enrique de Gandía y Guillermo Furlong, tuvieron enfrentadas apreciaciones sobre el tema que estamos tratando. El padre Furlong en un mismo sentido, profundizando su postura con el paso del tiempo; mientras que el Dr. de Gandía con variaciones notorias de punto de vista en su prolongada actividad. Ergo, ratificar o rectificar es algo humano y hasta profesional si se quiere.

A esta altura es dable preguntarnos: ¿Cuál es la importancia de que Manuel Belgrano haya sido o no masón? ¿Por qué generó y aún genera tanta polémica? Al fin y al cabo la finalidad de la masonería parecería ser altruista. La respuesta la tiene la Iglesia Católica Apostólica Romana, cuando puntual y taxativamente aplica excomunión “ipso facto”, es decir en el acto, a aquel bautizado que se haga masón, lo que implica el cierre de las puertas del cielo, la negación de la salvación de su misma alma. Tema no menor para un ferviente católico como lo era el Creador de la Bandera Nacional.

Profundicemos: el tema, hoy simplificado como masonería, se refiere en realidad a la francmasonería.

La masonería primigenia era operativa y estaba formada desde la Edad Media por constructores cristianos, algo así como un sindicato de albañiles. En el siglo XVII un grupo de personas toma de la masonería operativa sus símbolos y el secretismo que implica el pasarse el conocimiento constructor, deviniendo en especulativa, dado que ya no era para construir catedrales y castillos, sino para moldear la piedra humana hacia el perfeccionamiento moral y cultural de sus miembros, y por qué no decirlo de las sociedades en donde sus miembros actuaran.

En 1717 cuatro logias masónicas especulativas de Londres se unieron para crear la Gran Logia de Inglaterra. En 1721 dos pastores protestantes, John Theophilus Desaguliers y James Anderson, redactaron sus primeras constituciones, que fueron aprobadas, con algunas enmiendas en 1722 y publicadas en 1723.

El aspecto precedente no es menor dado que fueron pastores protestantes sus constitucionalistas y por ende enfrentados a la Iglesia Católica Romana. Coletazo de la historia que caló hondo en la realidad del tema que tratamos.

Los requisitos para que una persona pueda convertirse en masón y logre ingresar por ende en la masonería, es que cumpla con tres importantes condiciones fundamentales: la primera de ellas es ser mayor de edad, luego ser apadrinado o recibir la invitación oficial de otro masón y finalmente ser aceptado mediante una votación en una tenida negra.

En el caso de Manuel Belgrano podríamos pensar que solo se cumplió la primera de las condiciones, pero no es así. No cumplió ninguna.

Argumentamos: en el Virreinato del Río de la Plata, según el Derecho Indiano, la mayoría de edad se alcanzaba a los 25 años para los hombres y a los 23 años para las mujeres. Esta edad marcaba el fin de la tutela paterna y el inicio de la plena capacidad para realizar actos jurídicos, como contraer matrimonio, administrar bienes, participar en negocios y si se quiere, ingresar a este tipo de asociaciones.  

La masonería actual dice y proclama que Manuel Belgrano era masón pero nunca dijo, porque no le consta documentalmente, a qué edad ingresó, quién fue su “padrino” y cuál fue el escrutinio de la votación de su aceptación. En realidad el sistema es por bolillas blancas o negras, más de dos de éstas últimas se produce la denegación del ingreso.

En algunos sitios se vincula a Belgrano con un supuesto ingreso en la “logia” San José de Cádiz, debiendo tener por entonces alrededor de 20 años, por ende, menor de edad y sin capacidad para hacerlo. Si bien en aquella época la masonería era laxa en cuestiones de edad de ingreso, daba primacía al prestigio del aspirante, pero ello tampoco resulta convincente para aseverar que su ingreso fue efectivo y a temprana edad. 

Se esgrime que el motivo por el que estos datos de ingreso  no se conocen es porque que hay escasez de material escrito, de documentación, incluso hasta el siglo XIX, y posteriormente inclusive por los archivos quemados para seguridad durante la Guerra Civil Española, por lo que deberíamos intuir que la tradición oral era la única forma de registro, no lo creemos así.

No desconocemos que la tradición oral es fundamental en la masonería, siendo el principal medio de transmisión de conocimientos y enseñanzas internas dentro de la organización. A través de rituales, símbolos y relatos transmitidos de generación en generación, los masones aprenden sobre los principios y valores de la masonería, y desarrollan una comprensión más profunda de su propia experiencia iniciática.

Con el avance de las nuevas ideas francesas, Manuel Belgrano en España, gran lector y curioso estudioso, no podía estar ajeno a los movimientos del país vecino. Estas corrientes van a inspirar sus ideas de libertad-igualdad-fraternidad, lo que no quiere decir convertirse en enemigo de la religión.

Si Belgrano hubiera sido masón lo hubiera dado a conocer explícitamente en su autobiografía, o indirectamente en el uso de una terminología específica; nunca habló o mencionó él a otros en sus comunicaciones de un “arquitecto del universo”, o por medio de saludos “fraternos” que consisten en determinada forma de apretar las manos, dar un abrazo, etc., o en sus escritos sobre todo en su firma personal donde no hay punto visible y mucho menos tres.

A todo lo precedentemente expuesto hay que sumarle la desinformación o información tendenciosa generada por los propios masones, quienes desde que retiraron el velo de secretismo y en la discreción que pregonan, hoy debieron bañarse de legitimidad para ser aceptados socialmente y para no fenecer en un tercer milenio donde la imagen lo es todo (es discutible porque nunca procuraron la aceptación social, por el contrario muchos ingresaron por el carácter secreto y su halo de misterio).

El empeño en el reclutamiento de nuevos agentes que integren la asociación civil debe presentarse sin tacha y con sólido prestigio, y qué mejor para lograrlo que usufructuar el prestigio de otros, en este caso de un indiscutido, respetado, prestigioso e inmaculado Prócer que es lumen para todos los argentinos.

Por consiguiente, se jactan muchos de ellos en decir que son abiertamente masones, con la esperanza de encontrar eco en otros y así obtener fructuosas relaciones y vínculos sociales, políticos, empresariales y comerciales que amplíen su horizonte existencial. Y pensar que hasta hace algunas décadas una familia se enterada de que un miembro de su seno era masón en el momento de su velatorio.

Muy pocos han osado desafiar la crítica social, entre ellos el más notorio fue Domingo Faustino Sarmiento, de grado 33 y Gran Maestre de la Logia de Argentina quien dejó en su tumba toda señal inequívoca de su condición y que usurpara, a instancia de sus pares, el lugar de padre de la educación argentina (en la realidad a Sarmiento se lo bautizó como padre del aula y la educación, el no lo usurpó, por consiguiente deberíamos dirigir los cañones contra aquellos que lo nombraron a Sarmiento en lugar de a Belgrano e indagar las reales cuestiones que los impulsaron a ello), sitial que correspondió siempre a Manuel Belgrano, por las razones que sobradamente sabemos.

La Iglesia católica ha condenado la masonería reiteradas veces desde 1738, en ese año el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Roma prohibió la masonería por considerarla incompatible con el catolicismo. La bula “In eminentis”, de Clemente XII, dice que quienes se alistan en la masonería se contaminan "con el sello de la perversión y de la maldad" y no están "en armonía con las leyes civiles y canónicas", Belgrano no podía desconocerlo.

Esta prohibición fue sancionada en España con el apoyo de la autoridad real, mediante un edicto del rey Fernando VI en 1751; la prohibición fue mantenida por el rey Carlos III, quien ya la había prohibido cuando era Rey de Nápoles, por considerarla, "...gravísimo negocio o perniciosa secta para el bien de Nuestra Santa Religión y del Estado".

En ese marco: ¿podría el joven Manuel Belgrano haberse iniciado en la masonería a temprana edad entre 1786 y 1794?, la respuesta rotunda es no. El académico Roberto Arnáiz al respecto dice “durante toda la vida de Belgrano, la pertenencia de un católico a la masonería estaba formal y explícitamente condenada por la Santa Sede”.

 

Otras confesiones religiosas prohibieron la masonería más tardíamente: la Iglesia ortodoxa griega en 1933 y la Iglesia anglicana en 1987, hasta el islamismo desde el siglo XX con algunos musulmanes que han considerado a la masonería como aliada del sionismo.

En el hilo de la historia, un grupo humano trazó un puente desde el viejo al nuevo continente, se lo llamó la “Gran Reunión Americana”, de inspiración mirandina – por su precursor Francisco de Miranda -. En ella se cobijaron los “conspiradores” americanos que crearon las primeras sociedades o logias conspirativas independentistas de principios del siglo XIX. Usaron varias y diferentes fachadas, algunas de inspiración masónica.

 

El año clave es 1810, cuando sus miembros ya regresados de Europa a América, se convirtieron en los promotores de la acción directa revolucionaria, política y militar por la emancipación absoluta. Aquellos más radicales, convivieron simultáneamente con un segundo bloque de logias compuestas por liberales españoles constitucionales. Estos buscaban restringir la arbitrariedad del antiguo régimen borbónico y su finalidad primaria era darle a España el gobierno de las Cortes y una Constitución Política. Luchaban contra el “déspota” como llamaban al rey, pero Fernando VII los persiguió con furia. Buscaban  la concordia posible para aquellos tiempos pero no les fue posible alcanzarlo por las buenas.

 

74 años después, exactamente el 20 de abril de 1884, el papa León XIII proclamó la encíclica “Humanum Genus”, corría el año VII de su pontificado. En los considerandos de este documento papal, Su Santidad señala, en el marco de un profundo análisis, que la raza humana está dividida en dos bandos, uno que “lucha incesantemente por el triunfo de la verdad y el bien, el otro por el triunfo del mal y del error”.  De modo singular señala y menciona a la Sociedad Masónica como conspiradores que se levantan contra Dios y su Iglesia.

 

La letra del Papa fue fruto de un tiempo en ciernes donde  aquella asociación, inicialmente un sindicato de albañiles, deriva en 1717 en una federación o Gran Logia orientada, con unidad de criterios y objetivos que tiene en 1789 su punto central con la toma de la Bastilla en Francia.

Otros Pontífices dieron su vos de alerta más tempranamente, entre ellos: Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI  y Pío IX.

No es nuestro propósito hacer una exegesis del Vicario de Cristo, ni un estudio detallado de la historia y actualidad de la masonería; simplemente nos vemos en la necesidad y obligación de defender la memoria y legado de Manuel Belgrano que no fue masón como muchos dicen y que dejara este mundo físicamente entregando su alma a Dios en plena comunión con la Iglesia.

Cuando hablamos de comunión no nos referimos a tomar la sagrada hostia, sino a ser parte del “sanctorum Dei communio” es decir de la comunión de los santos que es para un bautizado la plena unión espiritual de todos los cristianos, vivos y difuntos. La instancia a lo cual todos aspiramos, de compartir un solo cuerpo místico con Cristo que es la cabeza, compartiendo los bienes prometidos y la salvación de nuestra alma.

Don Manuel Belgrano no podía estar más en las antípodas, él que creía fervientemente en la parusía de Nuestro Señor Jesucristo y obró toda su vida con celo y caridad cristiana, no pudo actuar en contrario.

De modo particular debemos señalar que el veinteañero Manuel Belgrano recibió el 11 de julio de 1790, el permiso especial del papa Pío VI para leer y retener "toda clase de libros prohibidos" para su erudición y tranquilidad de conciencia, el cual le fue otorgado durante su estancia en la Universidad de Salamanca, y le permitió acceder a obras de autores condenados por la Iglesia, como las de fisiócratas y pensadores liberales.

Ello incluía el "Index Librorum Prohibitorum" (Índice de libros prohibidos), un listado de obras de autores y textos considerados contrarios a la fe católica, heréticos o inmorales; el listado incluía obras de masones o de autores que cuestionaban los dogmas de la fe, afectando a obras filosóficas y científicas asociadas a pensadores liberales que a menudo se vinculaban con las ideas ilustradas que también se practicaban en las logias masónicas. Por tanto el católico Manuel Belgrano, sabía de su poca conveniencia en sumarse a las filas de estas asociaciones arrianas, contrarias al dogma y cuestionadoras de la autoridad eclesiástica, rectora por aquel entonces de la moral del pueblo.

Manuel Belgrano, como bien sabemos, murió en 1820 y si bien ya había amonestaciones severas de los Pontífices Romanos, la excomunión definitiva fue promulgada por el papa León en 1884, 64 años después del fallecimiento del Prócer, y confirmada en el Código de Derecho Canónico en el año 1917, bajo el pontificado de Benedicto XV, en los cánones 684, 1349 y 2335; "Los que dan su nombre a la masonería o a otras asociaciones que maquinan contra la Iglesia, incurren en excomunión". Ello nos indica preclaramente que Manuel Belgrano fue cauto en juventud y adultez y si bien tuvo contacto con masones conocidos, participando en reuniones “blancas” de la hermandad, nunca fue parte activa y efectiva de la masonería.

No existe documento fidedigno que nos indique lo contrario. No se conoce padrino alguno que haya propuesto su presentación, ni testimonio de entrevista alguna, ni votación de pares aceptándolo, ni certificación, ni vestigios de alguna ceremonia  y mucho menos de rituales de grado o conocimiento de algún cuadro lógico de una logia en donde figure el nombre Manuel Belgrano.

Tampoco se puede dar crédito masón a supuestas expresiones del Prócer, como ya señaláramos, tal como escribir: “querido hermano” y que por ello sea masón. Los católicos entre sí muchas veces se tratan de esa manera y más en aquella época; ni porque haya escrito en su Diario de marcha a Rosario en 1812 “libertad, igualdad, fraternidad” lo haya hecho para dar indicios de su estado masónico o porque haya traducido el discurso de despedida de George Washington, ni mucho menos.

Tampoco utilizó en su vida alegorías, símbolos o acciones masónicas, ni siquiera hay vestigios en su firma, que señalen subliminalmente su situación y nuevo renacer fruto de su iniciación; ni lecciones morales o filosóficas adquiridas regularmente, que ilustren y manifiesten a los demás los principios que defiende la masonería que había “abrazado”.

Sí abundan intencionadas conjeturas, algunas de ellas basadas en débiles testimonios y recuerdos que no son historia, y cuya objetividad necesariamente se debe determinar, otras son un escotoma permanente, un punto ciego de una parcial visión, que nubla la realidad y la razón. Bien es sabido y comprobado que los recuerdos suelen desnaturalizarse o corromperse con el paso del tiempo, más aún, cuando transcurren tres o más décadas, acentuándose de manera vertiginosa lo dicho cuando se trata del paso transgeneracional.

Algunas afirmaciones sobre que Manuel Belgrano era masón son tan osadas que llegan a asegurar que no fue inhumado dentro de la Basílica Nuestra Señora del Rosario de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires del Convento de Santo Domingo de la ciudad porteña, porque fue un castigo que la Iglesia misma impuso a su hijo díscolo que se hizo masón, al respecto vale aclarar lo siguiente:

1.      el 20 de junio de 1820, en medio de una jornada triste para la Patria naciente, fallecía el General don Manuel Belgrano. Al día siguiente fue sepultado en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, Casa de Dios, cara a sus sentimientos como buen católico que era y sitio preferencial de su fe por ser, además, su Parroquia, hoy proclamada Casa Espiritual del Prócer por la Academia Belgraniana.

 

2.      Su morada final fue sin lujo, en el suelo, en el lado diestro de la entrada de la actual Basílica, allí encontró su cuerpo amortajado su primer descanso hasta el 4 de noviembre de 1902 en que fuera trasladado al mausoleo. 

 

3.      Don Manuel José Joaquín del Sagrado Corazón de Jesús fue revestido con el hábito de Santo Domingo, un preclaro derecho que tuvo por ser Hermano de la Tercera Orden de los Dominicos. Yacía en la austeridad de un ataúd de pino cubierto por un paño negro, oscuro y solemne.  "Aquí yace el General Belgrano" fueron las palabras que se escribió con cincel sobre la lápida improvisada que donó su propio hermano don Miguel Belgrano y que perteneciera a una cómoda de su casa familiar.

 

4.      La intención de Manuel Belgrano, en su gran humildad, fue yacer allí para que todo hermano, todo otro católico, que ingresara a la Casa de Dios, al ver su lápida elevara una oración a Dios por su descanso eterno.

El general Manuel Belgrano, el más religioso de nuestros próceres, expresaba en su testamento: "creyendo ante todas las cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy, tomando por mi intercesora y abogada a la Serenísima Reina de los Ángeles María Santísima, madre de Dios y Señora nuestra".

Estamos plenamente persuadidos que si Manuel Belgrano hubiera tomado conocimiento de la encíclica papal de 1884 se hubiera alejado por completo de esta organización que como señala el Santo Padre es “tan feroz” y encarnizada en su “guerra contra el cristianismo” que el creador de nuestra Enseña Patria hubiera resistido “lo más que podamos” para no perder su alma, ni hacer que la pierdan sus subordinados para quienes solo añoraba la salvación.

En este marco, la atribución de pertenencia masónica a determinados actores históricos debe ser analizada con cautela, evitando inferencias basadas únicamente en similitudes organizativas o coincidencias ideológicas.

En relación específica con Manuel Belgrano, el análisis de la documentación disponible permite afirmar que no se han encontrado pruebas directas que acrediten su incorporación a una logia masónica. No existen actas de iniciación, registros de pertenencia, correspondencia específica ni testimonios contemporáneos concluyentes que lo identifiquen como miembro.

Del mismo modo, en sus escritos personales, en sus documentos públicos, en sus memorias y en su testamento, no se registran referencias explícitas que permitan inferir una vinculación institucional con la masonería. “`Yo emprendo escribir mi vida pública, puede ser que mi amor propio acaso me alucine´ declara serenamente Belgrano, con el objeto de que sea útil a mis paisanos y también con el de ponerme a cubierto de la maledicencia”.

Debe destacarse con particular énfasis que, hasta el día de hoy, no existe en ningún archivo del mundo —ni en registros argentinos, ni en fondos documentales europeos, ni en archivos de obediencias masónicas— prueba o documento evidente y cierto que acredite que Manuel Belgrano haya sido masón.

Este punto constituye el núcleo del problema historiográfico: la ausencia total de evidencia primaria.

Belgrano, como figura pública, fue objeto de debate sobre su pertenencia a la masonería y su relación con la iglesia. Remarcamos, como ya hemos dicho, que muchos masones han usufructuado y usufructúan aún hoy su nombre para darse corte e importancia pues ¿qué puede ser más relevante que decir que el Padre de la Patria pertenecía a sus filas? Una especie de plan de relaciones institucionales basado en el honor y buen nombre de otros.

Manuel Belgrano pudo conocer a grupos de tinte masón y hasta tuvo, si se quiere, acciones y pensamientos afines a la ilustración, el liberalismo y la filantropía, según estudios historiográficos. Sus ideas de fraternidad, igualdad, educación como motor de libertad basada en la razón e igualdad ante la ley anidaron en su ser y se plasmó en innumerables escritos y acciones pero no son suficientes para aseverar lo que no se puede corroborar objetivamente.

Obviamente vivió en un contexto (fines del siglo XVIII y principios del XIX) donde la masonería tenía una fuerte presencia entre los intelectuales y revolucionarios porteños así como también en Estados Unidos y en Europa misma. No lo negamos, pero basarse en ello y decir que Belgrano era masón, es impropio e incorrecto a todas luces.  Las ideas de libertad, igualdad, educación y progreso no eran patrimonio exclusivo de la masonería, sino que formaban parte del pensamiento ilustrado que circulaba ampliamente entre las élites europeas y americanas. Su adopción por parte de Belgrano no implica, por sí sola, afiliación institucional.

Su perfil multifacético y sus ideales lo posicionan como un referente intelectual cercano a estos círculos; ejerció la caridad cristiana, rebautizada como filantropía por los propios masones, pero de allí a asegurar que fue iniciado en los grupos con tendencia y vinculación masónica como la "Logia Independencia" a fines del siglo XVIII en Buenos Aires y que también integró la "Sociedad de los Siete” es al menos, una osadía histórica ya que no cuenta con fuentes documentales objetivas y accesibles que lo avalen.

Jerónimo Espejo nos recuerda que la Sociedad de los Siete fue mencionada por Carlos Calvo en sus Anales Históricos, asegurando que entre sus miembros estaban Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Agustín Donado, Juan José Paso, Manuel Alberti, Hipólito Vieytes y Juan José Castelli. No obstante ello Juan Canter, en su magistral estudio sobre las sociedades secretas, afirma que no existió y si bien es posible su existencia, según otros autores, no hay pruebas de que haya sido masónica y mucho menos que ese listado sea cierto.

Hay quienes aseguran que la llamada Sociedad de los Siete, de la que Silvestre y Rodríguez Rossi aseveraron que “fue una delegación operativa estrictamente masónica de la Logia Independencia”, contaba “con protocolos de autorización otorgados por la Gran Logia General Escocesa de Francia”, algo poco probable dado que, creada en 1804 por el Conde de Grasse-Tilly y operando bajo influencias del rito francés o escocés, tuvo conflictos permanente con el Gran Oriente debido a la soberanía sobre los grados simbólicos; sin embargo habría aportado rituales y hasta hombres propagadores de su visión franco-masónica, innovadora para la época.

A pesar de la controversia, se puede afirmar que Manuel Belgrano fue un hombre de su época, influenciado por las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa, lo que lo llevó a participar en sociedades secretas que buscaban cambios políticos y sociales en la región.

El historiador Roberto Arnaiz, señala en un reciente artículo sobre el particular que “más allá de su pertenencia formal o no a una logia, su pensamiento –refiriéndose a Manuel Belgrano- se inscribe en la misma corriente espiritual que dio origen a la modernidad revolucionaria del siglo XIX”.

Por otra parte, situémonos en una época en que lo confesional se entrelazaba con lo político y recordemos ese espacio de encuentros prerrevolucionarios, frecuentado desde niño por Belgrano, que fue la casa de Ejercicios de sor Antonia de la Paz y Figueroa, Mama Antula, - declarada beata en 2016 y en santa el 11 de febrero de 2026 - que reunió gente y estableció lazos entre adultos y jóvenes portadores de ideas y concepciones de la Ilustración.

En resumen: si bien Manuel Belgrano no fue masón, sí estuvo vinculado a organizaciones que compartían algunos ideales masónicos que participaron en la búsqueda de la independencia de las colonias americanas. No era desconocido por el Creador de la Bandera que la masonería era una sociedad que defendía la libertad y la igualdad de los seres humanos, que anhelaba su felicidad y bienestar. Al respecto al historiador Arnaiz señala de Belgrano:“Su contacto con la Sociedad Económica de Madrid, su lectura de los fisiocráticos franceses como Quesnay y Turgot, y su admiración por Adam Smith, lo convirtieron en un reformista convencido de que el bienestar social era inseparable de la moral y la educación”.

Buscando más claridad encontramos que en forma elocuente y determinante el profesor Juan Canter sostiene que: “La Sociedad Patriótica, derivación de la Logia, perseguía un afán de unidad continental (...) Se ocupó de celebrar la victoria de Tucumán y rendir homenaje a los caídos en la Batalla. Sus componentes revolucionarios netos, eran creyentes y consecuentes con sus ideas religiosas y organizaron no sólo un acto público, sino también un gran funeral”. 

Según el investigador chileno Felipe del Solar, quien ha estudiado a fondo el tema, asegura que hubo masones que lucharon por la independencia, y las logias sirvieron de modelo para la creación de sociedades secretas que permitieron a las élites criollas agruparse en las colonias y enfrentar la crisis de la corona española. Pero atribuir a la masonería el logro de la independencia es "propaganda" y agrega un pensamiento del que estamos ciento por ciento de acuerdo: "En los centenarios de las independencias, la masonería se apropió de los próceres y aseguró que todos eran masones, pero es parte de una mitología que la propia masonería creó".

En realidad el único caso documentado de un héroe de la emancipación americana que fuera masón es el caso de Simón Bolívar; y las pruebas documentales tampoco hacen pensar que su participación en la masonería fuera mucho más allá del rito de iniciación.

Otro enfoque no menor es pensar en la actuación de la Inquisición en aquella España toda: mientras que en el Imperio Británico y en el Imperio Francés la masonería adquiría fuerza e influencia y las logias florecían en sus colonias, en la católica España esta institución había sido prohibida desde 1751 y era perseguida por el Santo Oficio.

Sobre el particular Felipe del Solar dice: "En el mundo hispánico, la masonería era la nueva herejía del siglo XVIII, que se asimilaba a los filósofos y a la idea de la Francia revolucionaria posteriormente".

Bajo esta realidad, en los territorios españoles en América, las primeras logias que se fundaron tuvieron una vida muy corta.

La primera de la que existe rastro documental es la de "Las tres virtudes teologales", que se creó en Cartagena de Indias, Colombia, en 1808, pero que fue rápidamente descubierta. Su fundación coincide con la invasión de España por las tropas napoleónicas, cuando, por la influencia francesa, empiezan a aflorar distintas logias en la península, que los criollos llevan a América en determinado momento, 1812, Napoleón persiguió a la Masonería especialmente en los países del Este europeos y en la Santa Rusia.

Se fundan entonces unas veintena de ellas en la Metrópoli, así como distintas sociedades secretas como la “Sociedad de Caballeros Racionales” en Cádiz, sobre la que los expertos no se ponen de acuerdo en si era realmente una logia masónica o si se trataba de una organización secreta que usaba las fórmulas y ritos de la masonería.

Esa logia se proyecta en América, fundándose una sociedad similar en México y otra en Buenos Aires, que después recibe el nombre de “Logia Lautaro”.

La Logia Lautaro, que debe su nombre a un caudillo mapuche y que tuvo distintas filiales, entre ellas en Santiago de Chile, fue una sociedad secreta que permitió a la oposición organizarse con un objetivo claramente independentista. A ella perteneció José de San Martín, el general y político que lideró la independencia de Argentina, Chile y Perú y también Bernardo O'Higgins, conocido como uno de los "Padres de la Patria" trasandina.

El mismo espíritu libertario, fraternal e igualitario que contribuyó al desarrollo de logias masónicas y les dio una base filantrópica "también influyó a los líderes de los movimientos independentistas sudamericanos, sin implicar necesariamente que fueran miembros de organizaciones masónicas".

El objetivo de la Logia Lautaro "no fue implantar una gran república en la América española sino varias monarquías de tipo constitucional con príncipes de las principales dinastías europeas", argumenta el investigador Emilio Ocampo, de la Universidad de Buenos Aires, en un ensayo sobre el papel de la masonería en el proceso de independencia.

Volviendo al pensamiento de Felipe del Solar, nos dice que "en realidad eran sociedades secretas a las que la masonería había entregado un modelo asociativo que se reprodujo de distintas maneras en distintas latitudes". Estos grupos podían haberse convertido en logias masónicas propiamente dichas, "pero no era una época para que la masonería se institucionalizara en América Latina porque tenía muy mala fama".

Estas sociedades secretas se convierten en la antesala de los partidos políticos en ese contexto de desintegración del antiguo régimen. Sirvieron para unir facciones que buscan tomar el poder y generar reformas.

En la biografía de Manuel Belgrano y en el proceso de emancipación nacional argentina y en la independencia de América toda, la masonería ha tenido una enorme importancia. Aludiendo a la voz de Enrique de Gandía: “No sostenemos la tesis, errónea, de que la masonería hizo la independencia de América. La independencia llegó por otras causas...” a lo que agrega “La independencia nació de la oposición del absolutismo, de la lucha de las Juntas populares locales con los defensores del Consejo de Regencia de Cádiz y de los partidarios del Congreso y de la Constitución”.

Para que las verdaderas logias masónicas se institucionalizaran en América Latina tuvieron que pasar al menos 30 años, ya que no fue hasta mediados del siglo XIX que la masonería se funda y se convierte en un poder político importante con la llegada de los gobiernos liberales en el continente.

Rastreando otras voces, el Dr. Ferrer Benimelli, investigador español y Presidente del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española dice: “Es un mito tal, ya que hasta ahora nadie ha podido demostrar que San Martín o Belgrano fueran masones, no existen documentos probatorios; la ausencia de documentos no quiere decir que no, pero no se puede demostrar que lo fueran”; y continúa “Las logias Lautaro nunca fueron sociedades masónicas, lo que sucede es que de la masonería adoptaron la terminología y la organización, ya que era una forma clandestina de poder extenderse y actuar”.

Hay que pensar en la influencia de la religión católica en los pueblos americanos, herencia de España, para la cual las ideas europeas y el libre pensamiento eran incompatibles con la fe. Esta confusión de ideas condujo a que el mismo fervor religioso de Belgrano fuese puesto en tela de juicio. Al respecto el Dr. Horacio Bauer, abogado argentino y conocedor del tema, expresa: “No se hace ningún comentario del fervor religioso de Belgrano durante su vida y de cómo no tuvo problema en romper con cuanto logista o sociedad secreta fuera la que se oponía a su causa. Tomó, como San Martín, los medios y las formas masónicas al servicio de la causa”.

Rescatado las últimas palabras del Dr. Bauer podemos advertir que tomar herramientas masónicas a su alcance, habla de la maña de los patriotas, y su carácter práctico al utilizar métodos ya probados de secretismo y organización, entre ellos Belgrano, para alcanzar un bien mayor para la Patria; por ende tomar medios y formas de la masonería no los hace masones.

Sarmiento, reconocido miembro de la masonería, niega la índole masónica de las logias inspiradas en la Lautaro confirmando su sentido político. En 1857 escribe: “El levantamiento de los criollos requería prudencia, sigilo y combinación en todos los puntos de la América española, y cosa natural, aunque sorprendente, en España se urdió la trama de la tela de los grandes acontecimientos que muy luego se realizaron en América. Cuatrocientos hispanoamericanos diseminados en la Península, en los colegios, el comercio o en los ejércitos, se entendieron desde temprano para formar una sociedad secreta conocida después en América bajo el nombre de Lautaro. Para guardar secreto tan comprometedor, se revistieron de fórmulas, signos, juramentos y grados de las sociedades masónicas, pero no era una masonería, como generalmente se ha creído, ni menos las sociedades masónicas entrometidas en la política colonial”.

Lo dice Sarmiento, quien a la postre fuera Gran Maestre de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de Argentina y grado 33.

Por su parte Bartolomé Mitre, también masón, que había alcanzado el grado 33 en 1860 y estudioso de Manuel Belgrano señaló que las sociedades lautarinas era políticas y no masónicas, expresando en uno de sus textos: “Las sociedades compuestas por americanos, que antes de estallar la revolución se habían generalizado en Europa, revestían todas las formas de las logias masónicas, pero sólo tenían de tales los signos, fórmulas, etc. Su objeto era más elevado, no iniciaban en los misterios sino en profesar el dogma republicano y se hallaban dispuestos a trabajar por la independencia de América”.

Se ha dicho que Belgrano fundó una logia en Tucumán y así lo aseveran distintos autores, pero siguiendo el criterio que se expone, nunca pudo ésta ser masónica sino una asociación de corte político, como todas las derivadas de la “Lautaro”.

Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta de 1810, provenía de una formación católica y estaba doctorado en leyes bajo el juramento de defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, tal como lo hiciera Belgrano en España al graduarse de abogado.

Será consecuente con este juramento cuando como integrante del Primer Gobierno Patrio escribe en la Gaceta del 21 de junio 1810: “Habrá libertad de hablar y escribir en todo asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades santas de Nuestra Augusta Religión”. Más severo aún al traducir el “Contrato Social” de Rousseau, luego de censurarlo afirmando que “en materia religiosa, Rousseau delira”.

El testimonio del historiador Adolfo Saldías por su parte, incurre en un error intencionalmente grave al dar por hecho situaciones que ligan a Manuel Belgrano con la masonería, quizás fruto de su edad avanzada aseguró tener un “diploma” de  creación de una logia en Tucumán por pate del Libertador de Pueblos.

Saldías, casualmente fue “hermano” grado 33, y no pudo afirmar que posee en su poder un diploma de la logia de Tucumán, fundada por Belgrano, porque “Salvo en las logias inglesas de 1806, no hay hasta hoy (el texto corresponde más o menos al año 1930) quien haya exhibido un modelo de diploma desde la `Lautaro´ inclusive y demás sociedades secretas hasta la constitución del Gran Oriente Masónico Argentino (1856)”.

Es principio fundamental en Moral y en Derecho que nunca se puede dudar de la sinceridad de una persona basándose en hipótesis. Sólo es lícito hacerlo cuando se tienen pruebas valederas que permitan apoyar en ellas la suposición. Y eso ha ocurrido con Belgrano. Se ha dicho de él que fue masón, y hasta enemigo del clero católico. Pero se lo ha dicho sin pruebas, sin documentos que certifiquen tan temerarias acusaciones. Ser liberal no significaba, como han supuesto algunos autores, ser masón; cabría aquí recordar cuando Belgrano define su catolicismo en sus operaciones en el Norte para revertir el desmadre provocado por la acción de Castelli. La afinidad ideológica no puede ser equiparada a la pertenencia institucional.

Bien expresa el historiador coronel Juan Beverina cuando dice: “Entre las virtudes que adornaban a los grandes conductores de los ejércitos de la Revolución y de la Independencia, se destaca con caracteres inequívocos su acendrado espíritu religioso. Respondía ello no sólo a un sentimiento íntimo de creyente, sino también al convencimiento de que, por ser la religión un auxiliar valiosísimo para conservar la disciplina y un dique al desenfreno de licencia y de las bajas pasiones..., el ejemplo del jefe no podía menos que resultar beneficioso para inculcar y mantener vivo en la tropa el concepto del deber hacia Dios y la Patria y del respeto hacia los semejantes”.  Y continúa diciendo: “Limitándonos aquí a las dos figuras más representativas de la milicia, San Martín y Belgrano –pues sería muy largo enumerar los ejemplos de muchos otros generales (Paz, Saavedra, Soler, Zapiola, etc.), cuyas creencias religiosas eran igualmente muy arraigadas, recordemos (las) circunstancias en que aquellos dieron pruebas de sus piadosos sentimientos cristianos”.

El general Paz para dar fe de estas palabras escribe en sus “Memorias Póstumas”: “Muchos han criticado al General Belgrano como un hipócrita que, sin creencia fija, hacía ostentación de las prácticas religiosas para engañar a la muchedumbre. Creo primeramente, que el General Belgrano era cristiano sincero”.

Belgrano no fue masón sino patriota llano y limpio, y su figura, como tantas otras, pretendió ser tomada por la masonería con el fin de acreditarse mayor importancia, el concepto es valedero aunque suena un enfoque subjetivo.

La llamada “sesión secreta” del 6 de julio de 1816 muestra a un Manuel Belgrano proponente de una Monarquía Incaica, algo que ningún masón hubiera osado esgrimir como sistema de gobierno para la nueva nación. La mayoría de los masones criollos de aquel entonces eran abiertamente antimonárquicos, combatían este sistema de gobierno con todas sus fuerzas, con todas las armas posibles; así lo deja expresado el contemporáneo Bernardino Rivadavia, quien no está plenamente de acuerdo con la propuesta de Belgrano.

Con el paso de tiempo Bartolomé Mitre retoma el ataque que se le hizo a la propuesta belgraniana, ya ridiculizada por escritos burlescos que partieron desde la Buenos Aires de entonces, quien refiriéndose al posible Rey inca lo trataban de “el rey de las patas sucias” de la “monarquía en ojotas”. Mitre, preclaro masón, volvió sobre el particular y en vez de narrar objetivamente lo sucedido con Manuel Belgrano y la propuesta de la Jefatura de Estado en un inca, volvió a ridiculizar la propuesta de aquel a quien decía rendir homenaje con sus escritos.

Evidentemente el concepto de una testa coronada no era, y nos aventuramos a decir no lo es actualmente, una concepción política posible para un Reino del Río de la Plata, Chile y Perú como lo escribe Belgrano en la propuesta de constitución monárquica. Por ende Belgrano no estuvo ajustado al rigor de aquellos que abrazaban los ideales masónicos americanos de aquellos tiempos.  

Antes de concluir debemos señalar un hecho singular que enmarca y confirma nuestra conclusión: en las últimas horas del 8 de noviembre de 2025 la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones decidió hacer público parte de su archivo de documentación histórica, desclasificando y dando a conocer públicamente dos documentos que probarían que los ex presidentes Juan Domingo Perón y Raúl Ricardo Alfonsín eran masones. Se mostraron a todas luces la solicitud de ingreso del radical y el reconocimiento de gran maestre grado 33 del fundador del movimiento nacional justicialista.

Los masones de Tucumán, aprovechando esta ocasión, confirmaron que entre sus filas figuraron Julio Prebisch, Percy Hill, Lucas Córdoba y Celedonio Gutiérrez, entre otros; pero ni en uno ni en otro caso se mencionó a Manuel Belgrano.

Pablo Lázaro, Presidente de la Gran Logia masona de Argentina, en declaraciones públicas expresó: "Nosotros entendemos que la masonería no tiene nada que esconder…” y aseguró “Tenemos un archivo central y tenemos muchos archivos en el resto de las logias que durante mucho tiempo fueron guardados…” pero nada dice de Belgrano.

Juan Domingo Perón, inicialmente afiliado a la masonería dijo más tarde sobre esta asociación a la que pertenecía: "Dentro de nuestra historia hubo dos líneas muy claras: la que obedece al imperialismo británico y la nacional, la línea hispánica. Cuando se liberan los países de América, ya los ingleses están comenzando a montar su imperio sobre los despojos del imperio español. Todas las colonias españolas estaban azuzadas por los ingleses para que se sublevaran, a tal punto que oficiales como Carlos María de Alvear y San Martín son enviados a pelear en América por los ingleses. Viajan en barcos ingleses. La que orquestó nuestra independencia fue la masonería”

Todos los gobiernos que se escalonaron desde el de Rivadavia en adelante fueron gobiernos de la masonería, gobiernos de la línea anglosajona (...) todos obedecen a la logia, al rito celeste escocés, es la línea anglosajona. Pero después, con los federales, va a cristalizar por primera vez algo fuerte: ya no son las logias masónicas, sino la línea nacional, la línea hispánica, porque siempre hubo una resistencia contra Inglaterra. En ella militaron Rosas, Yrigoyen y yo", afirmaba el ex Presidente desde Puerta de Hierro.

En conclusión, no hay documento alguno que asevere indiscutiblemente que Manuel Belgrano fuera masón. Ellos, la misma masonería, no los tiene. No pudieron hacerle ver la luz porque simplemente no existen, tal cual lo aseverara un influyente miembro actual de la masonería al ser consultado por un Académico Belgraniano.

A modo de colofón, dígase lo que en conjunto varios autores aseveran; que todas las sociedades secretas que se fundaron en la República Argentina antes de 1856, fueron de índole político-social y ninguna de ellas fue estrictamente masónica.

Por tanto compete a la Academia Belgraniana de la República Argentina enfrentar este dilema histórico, con la recta intensión de disipar tinieblas y enmendar errores; con plena convicción y conocimiento que al día de hoy no se ha encontrado —ni en archivos argentinos ni europeos— ningún documento original que certifique la iniciación masónica  Manuel Belgrano; que no existe acta de admisión, correspondencia con logias, mención en cartas privadas, ni alusión alguna en los diarios de sus contemporáneos; como así tampoco hay mención alguna en su autobiografía, ni en las brillantes Memorias del Consulado, ni en su Testamento de 1820 aparece la más mínima referencia a la masonería, a ritos, a grados o a compromisos secretos. Instancia corroborada por los preclaros historiadores Bartolomé Mitre, Ricardo Levene, Ernesto Palacio, Emilio Ravignani, Enrique de Gandía, Otero, Sierra y Norberto Galasso quienes coinciden en este punto esencial: no hay evidencia directa y objetiva.

Al respecto Roberto Arnaiz señala “En los registros conservados por la Gran Logia de la Argentina, en los archivos de Cádiz, en los fondos de las obediencias francesas y británicas, no figura su nombre –refiriéndose a Manuel Belgrano- en ninguna planilla, lista de iniciados o acta constitutiva”.

Ricardo Levene sentenció: “No he hallado ningún documento, ni correspondencia ni testimonio contemporáneo que pruebe su pertenencia a logias masónicas. Todo lo que se ha dicho al respecto pertenece al terreno de las conjeturas”. La apreciación del historiador Ernesto Palacio, es rotunda: “Hacer de Belgrano un masón es tanto como hacerlo inglés o francés. Fue, ante todo, un argentino ilustrado, un cristiano moralista, y un patriota de razón y fe. Su religión fue el deber”.

Sabiendo que la investigación y las rectificaciones, tienen por fin encontrar la veracidad y evidencia, expresamos también que la verdad nunca es absoluta y que la historia se basa y se sustenta en la documentación de las afirmaciones, aunque ésta nunca es del todo imparcial.

Haciendo nuestras las palabras de Enrique de Gandía “No defendemos la masonería, ni la atacamos. No hemos sido ni seremos masones, como no pertenecemos a otras sociedades que no sean históricas”.

Así mismo esta corporación académica afirma que el sofisma de que en tiempos de Manuel Belgrano había una coexistencia de dos masonerías -una masónica y la otra no masónica- es impropio y falso. Jamás, en toda la historia de la masonería, se ha encontrado un documento que demuestre esta doble  existencia de una masonería que era masonería y otra masonería que no lo era.

 

Propio de la Academia Belgraniana de la República Argentina y de sus Académicos integrantes es buscar lo nuevo en lo viejo, para crear lo nuevo de mañana en esto viejo de hoy. Es hora de cuestionar. Es decir, es hora de comenzar a intentar hacer Historia; por ello:

 

 

Por todo ello

Visto,

1.      Que la cuestión relativa a la eventual pertenencia de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano a la masonería ha sido objeto de reiteradas afirmaciones en distintos ámbitos, muchas de las cuales carecen de respaldo documental verificable;

2.      Que el análisis historiográfico exige que toda atribución de pertenencia institucional se funde en evidencia documental fehaciente, conforme a los principios metodológicos propios de la disciplina histórica;

3.      Que no existe, hasta el presente, ningún documento probatorio que certifique y compruebe que Manuel Belgrano era masón; y

Considerando,

a.    Que, en el estado actual de la investigación, no se han hallado actas de admisión, registros de logias, correspondencia específica, testimonios contemporáneos directos ni documento alguno que acredite la iniciación o pertenencia de Manuel Belgrano a organización masónica alguna;

b.    Que la revisión de archivos nacionales e internacionales, así como de fondos documentales vinculados a obediencias masónicas, no ha permitido identificar constancia probatoria en tal sentido;

c.    Que las interpretaciones que sostienen dicha pertenencia se basan, en su mayoría, en inferencias, analogías o tradiciones historiográficas no corroboradas mediante fuentes primarias;

d.    Que la afinidad de Belgrano con ideas ilustradas o su eventual participación en ámbitos de sociabilidad política no constituye prueba suficiente de afiliación institucional a la masonería;

e.    Que su reconocida religiosidad y su trayectoria pública se encuentran ampliamente documentadas, sin que de ellas se desprenda evidencia directa de pertenencia masónica;

f.     Que corresponde, en consecuencia, distinguir con claridad entre hipótesis interpretativas y hechos históricamente comprobados;

g.    Que, conforme al estado actual del conocimiento histórico y al análisis riguroso de las fuentes disponibles, no existe evidencia documental alguna —en archivos nacionales o extranjeros, ni en registros institucionales de la masonería— que permita afirmar que Manuel Belgrano haya sido miembro de logia masónica alguna.

h.    Que, en virtud de lo expuesto, la atribución de pertenencia masónica a Manuel Belgrano debe ser considerada una hipótesis no demostrada, carente de sustento documental suficiente;

i.      Que la figura de Manuel Belgrano debe ser comprendida y valorada en el marco de su trayectoria histórica, sus ideas y su acción pública, sin recurrir a atribuciones institucionales que no se encuentren debidamente acreditadas;

j.      Que lo actualmente conocido y difundido por diversas fuentes, tiempos y medios, son una serie de relatos carentes de fundamentos escritos, papeles, registros, expedientes o certificados que pretenden afirmar lo que no puede ser demostrado objetiva y documentalmente; y que fruto de un riguroso criterio de interpretación, sistematización de los principios belgranianos, profundización de las enseñanzas del Prócer y tenidas en cuenta las rigurosas reglas fundamentales dentro del sistema de análisis históricos;  basada en el estudio y en la opinión del Cuerpo Académicos y de expertos consultados;“nihil obstat”:

 

 

Resolvemos,

Solicitar al Senado Académico de la Academia Belgraniana de la República Argentina,  se declare doctrinariamente sobre MANUEL JOSÉ JOAQUÍN DEL CORAZÓN DE JESÚS BELGRANO,  y su posible ADHESIÓN A LA MASONERÍA.

 

 “Affirmantis est probare”


Prof. PhD Rubén Alberto Gavaldá y Castro

Académico Presidente

Academia Belgraniana de la República Argentina



Biografía y repositorio consultados:

 

ACADEMIA BELGRANIANA. Archivo y biblioteca institucional.

 

CAILLET-BOIS, Ricardo. Belgrano y el pensamiento político del Río de la Plata. Ed. Plus Ultra, 1970

 

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Acta Apostolicae Sedis: Decretos contra la Masonería (1738–1983) . Tipografía Vaticana. 1985

 

CORBIERE, Emilo J. La Masonería. Política y Sociedades Secretas. Ed. Sudamericana. 1998

 

DE GANDÍA, Enrique. La Independencia de América y las sociedades secretas. Ed. Sudamérica Santa Fe. 1994.

 

DE GANDÍA, Enrique. Historia de la Masonería en América. Editorial Freeland. 1956

 

FRAU ABRINES, Lorenzo y ARIÚS ARDERIU, Diccionario Enciclopédico de la masonería. Ed. Kier.1947

 

LAS HERAS, Antonio. Belgrano y la Masonería. Ed. Argentinidad. 2020

 

LAZCANO, Martín V. Las Sociedades Secretas, Políticas y Masónicas en Buenos Aires. Pedro García Editor. 1927.

 

LEVENE, Ricardo. Belgrano y su época. 1953

 

LOS SUCESOS DE MAYO, Contado por sus autores. Prólogo del Dr. Ricardo Levene. 1953

 

MITRE, Bartolomé- Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. 1947


SÁNCHEZ DE LORIA, Horacio M. “Belgrano: ejemplo de ética y compromiso patriótico”.

“Aproximación a la espiritualidad de Manuel Belgrano” Academia de Ciencias Morales y Políticas de la República


ZAPIOLA, José Matías. Memorias y Documentos sobre la Independencia. 1888

 

 

Manuel Belgrano y la cuestión de su presunta pertenencia a la masonería

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