jueves, 4 de junio de 2026

Palabras de cierre del acto del 3 de junio de 2026 pronunciadas por el Prof. Rubén Alberto Gavaldá Académico Presidente

  


Palabras de cierre de acto pronunciadas en ocasión de la celebración 

del 256° aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano


Barrancas de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires

miércoles 3 de junio de 2026


Señoras y señores, Autoridades presentes, Miembros de la Academia Belgraniana y de la comunidad:

Hoy nos hemos reunido para honrar la memoria de Manuel Belgrano, en el aniversario de su nacimiento. Recordar a Belgrano es recordar a uno de los más grandes patriotas de nuestra historia, un hombre que supo unir la inteligencia, el compromiso y la entrega absoluta a la causa de la libertad.

Belgrano fue un visionario. Desde sus primeros pasos como abogado y economista, comprendió que la educación, el trabajo y la justicia social eran pilares indispensables para construir una nación digna. Su lucha no se limitó al campo de batalla: también fue un incansable defensor de la igualdad, de la promoción de la mujer en la enseñanza y del desarrollo productivo de nuestra tierra.

En el fragor de la independencia, Belgrano nos legó símbolos que aún hoy nos unen: la Bandera blanca y celeste, que flamea como emblema de soberanía y esperanza. Ese gesto, nacido en las orillas del Paraná, trascendió el tiempo y se convirtió en el corazón de nuestra identidad nacional.

Pero más allá de los triunfos y derrotas militares, lo que nos convoca hoy es su ejemplo moral. Belgrano nos enseñó que la grandeza no se mide por la riqueza personal, sino por la capacidad de entregar la vida al servicio de un ideal colectivo. Su humildad y sacrificio son faros que iluminan nuestro presente.

En este día de recuerdo, la Academia Belgraniana de la República Argentina renueva el compromiso de seguir sus pasos. Que cada acción ciudadana, cada esfuerzo por la justicia y la educación, sea un homenaje vivo a su legado. Que la llama de su patriotismo nos inspire a construir una Argentina más justa, más libre y más solidaria.

Manuel Belgrano no fue solo un prócer: fue un maestro de valores. Y hoy, al evocarlo, reafirmamos que su espíritu sigue presente en cada bandera que se alza, en cada escuela que educa, en cada ciudadano que trabaja por el bien común.

¡Gloria y honor eterno a Manuel Belgrano!.


Prof. PhD Rubén Alberto Gavaldá y Castro

Académico Presidente de la

lAcademia Belgraniana de la República Argentina

Discurso del Dr. Pablo Gasipi en representación del Cuerpo Académico pronunciado el 3 de junio de 2026


 Discurso pronunciado en ocasión de la celebración 

del 256° aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano


Barrancas de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires

miércoles 3 de junio de 2026


Señora Presidenta de la Comuna 13 GCBA, contadora Florencia Scavino;

Señor Presidente de la Academia Belgraniana de la República Argentina, profesor Rubén Gavaldá y Castro;

Miembros de la Academia; señoras y señores que nos acompañan.


La ACADEMIA BELGRANIANA de la REPÚBLICA ARGENTINA se reúne en este sitio emblemático con otros actores sociales para celebrar la fecha del nacimiento de Manuel Belgrano, el primer prócer porteño.

Esta columna y este busto emplazados aquí desde mayo de 1899 son un espacio propicio para hacerlo, no solo por que permiten captar rápidamente que se trata de un lugar de homenaje sino porque habilitan a pensar sobre las manifestaciones de respeto y distinción que se brindaron y se brindan constantemente a Manuel Belgrano, unos en mármol y bronce como el que aquí vemos, otros de palabra y sentimiento como los que advertimos en cada intervención.

Es justo y corresponde decir el reconocimiento de nuestra Corporación al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y a la Comuna 13, que remozaron el busto durante 2014 y cuidan permanentemente este entorno para darle relevancia.

Esta observación al lugar de homenaje permanente durante tres siglos diferentes permite también considerar la continuidad y la persistencia en la evocación a Manuel Belgrano, quien no fue únicamente el creador de la Bandera Nacional sino que fue un personaje multifacético, que se empeñó en favor de los pueblos de América que luchaban por su reconocimiento como naciones independientes, destacándose en todos aquellos trabajos y ocupaciones a las que se entregó por su decisión o llevado por las circunstancias que le rodearon.

Desde allí es que su herencia moral, tan amplia como lo fueron sus intereses, nos interpela continuamente, nos obliga a pensar y recapacitar sobre cómo ese conjunto de ideas y propuestas a las que dedicó sus mejores esfuerzos y dejó explicitas tanto con sus obras como en sus escritos impactan hoy sobre el destino de la Nación Argentina.

Es ciertamente llamativo que en sus 50 años de vida haya generado un legado tan amplio y provechoso. Que, además, hoy es tan útil tener presente.

Este año la ABRA presenta como lema “Educación y Patria: legado belgraniano sembrando futuro". Esa frase contiene dos de aquellos valores que caracterizaron el ideario de Manuel Belgrano, a los que dedicó tiempo y escritos memorables, que unidos a “sembrando futuro” son los indicadores, como quedó dicho, del sentido profundamente actual de las ideas del abogado, periodista, agente público, militar y piadoso ciudadano al que hoy honramos.

La importancia de la educación para Belgrano era notoria. Además de la emblemática donación de su premio para construcción de escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero (1813), es del caso recordar que a él se debe, como ha dicho el historiador Miguel Ángel De Marco, “una de las mayores obras de desarrollo … educativo del período colonial en el Río de la Plata” (2012, Belgrano. Artífice de la nación, soldado de la libertad. emecé: p.35).

Sus frases “Un pueblo culto nunca puede ser esclavizado” y “Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos” (1816) siguen teniendo valor supremo hoy día para orientar las políticas de Estado.

Por su parte, la Patria, su crecimiento y consolidación también fue un elemento al que Belgrano se consagró.

El prócer Manuel Belgrano, desde sus tareas oficiales, desde el ejercicio del periodismo y desde su amplia vida intelectual y privada, siempre tuvo especial cuidado por el conjunto humano que da sostén a la idea de Patria.

Hablaba y escribía Belgrano antes que de otra cosa de Patria, del conjunto de hombres y mujeres, de ideas y sentimientos que componen una

Nación; del Estado o Gobierno, después. Porque sus pensamientos iban de lo trascendente primero (Patria, educación, progreso, personas) y a lo importante pero instrumental luego (qué forma de Estado se adecua a servir a la Patria y sus habitantes).

En 1966 Jorge Luis Borges, en momentos de conmemoración de los 150 años de la Declaración de la Independencia Argentina escribió unos versos - Oda escrita en 1966- que hacen honor a aquella idea; dijo

Nadie es la patria, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento que prestaron aquellos caballeros de ser lo que ignoraban, argentinos,

[…]

Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso.


El ideal y el ejemplo de Manuel Belgrano, uno de tales destacados caballeros, marcan el rumbo para que honremos el juramento que, como ellos en otra época y circunstancia, nosotros hicimos en nuestra época colegial, nos orientan para pensar y sentir que efectivamente que la Patria somos todos y que debemos esforzarnos por aportar a su grandeza desde cada lugar en que nos corresponda estar, trabajar o estudiar y que debemos, finalmente, sostener para las generaciones futuras la tea en que arde ese límpido fuego misterioso.

Por último, como el fundamento de la Patria son sus habitantes, quienes aportan con su participación y trabajos a la vida de la comunidad para lograr su fortaleza y proyección, la República Argentina -organización política de la tan amada Patria belgraniana- en honor a la fecha de nacimiento del general Manuel Belgrano celebra y recuerda especialmente a dos grupos de personas que en él tuvieron encarnación.

Hoy es el Día del Soldado Argentino (ley 24.323, 1994) en conmemoración del natalicio que hoy celebramos y para reconocer expresamente la moral, la ética, el espíritu de sacrificio, la camaradería y el compromiso con los ideales republicanos como valores que definen al soldado de la Patria.

También hoy es el Día del Inmigrante Italiano (ley 24.561,1995), en reconocimiento todos aquellos que llegaron desde Italia a la Argentina como el padre de nuestro Prócer (Domingo Belgrano y Peri, o Belgrano y Pérez), y en homenaje a su nacimiento se ha dado uso a esta fecha, como un medio de conmemorar a los italianos que migraron hacia la Argentina.

Reciban hoy los soldados de la Patria y los inmigrantes italianos y sus descendientes el saludo y la felicitación de la Academia.

Cierro esta evocación con las palabras que la Casa de la Provincia de Tucumán en Buenos Aires presenta para rendir su homenaje a Belgrano (disponibles en https://www.casadetucuman.gob.ar/manuel-belgrano-el-hombre-que-sono-una-patria-libre/):

“La figura de Belgrano representa la entrega desinteresada al bien común. Fue un dirigente que privilegió los intereses de la Patria por encima de los personales, un visionario que entendió la importancia de la educación pública y un líder que supo convertir las dificultades en oportunidades para avanzar hacia un futuro mejor”.

Decimos finalmente “Manuel Belgrano, creador de nuestra enseña, prócer ilustre, virtuoso americano con la voz de tu Patria repetimos ¡Gloria a Belgrano!”.


Dr. Pablo Gasipo

Académico de Número

lAcademia Belgraniana de la República Argentina

Discurso del señor Lucas Virasoro Presidente del Círculo de Jóvenes Belgranianos pronunciado el 3 de junio de 2026


 Discurso pronunciado en ocasión de la celebración 

del 256° aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano


Barrancas de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires

miércoles 3 de junio de 2026


En el día de hoy conmemoramos un nuevo aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano, en los tiempos que corren, volver los ojos hacia su cuna es, fundamentalmente, una necesidad urgente de buscar una brújula moral y un sentido de trascendencia que guíe nuestros propios pasos.

Plutarco, en sus Vidas paralelas, escribió que la contemplación de las grandes vidas mueve a los hombres no sólo a admirarlas, sino también a imitarlas.

El historiador griego se refería principalmente a los grandes conductores militares de la Antigüedad, cuyas virtudes bélicas, políticas y cívicas consideraba dignas de ser transmitidas a las generaciones futuras. Sin embargo, este concepto trascendió los siglos y los ámbitos.

Durante la Edad Media, la Iglesia elevó la hagiografía a una verdadera escuela de formación moral, donde la contemplación de la vida de los santos se fundaba en la premisa de que leer sobre sus ejemplos fortalecía espiritualmente a los fieles y los impulsaba a imitar sus virtudes.

En ese mismo sentido se atribuye a San Agustín la sentencia «Summa religio est imitari quem colis» [“La máxima religión consiste en imitar a quien veneras”], moraleja que bien podría extenderse a toda contemplación verdadera de la grandeza humana.

Ambas reflexiones encuentran una singular aplicación en la figura de Manuel Belgrano, el prócer que nos convoca en el día de la fecha.

Porque Belgrano fue militar, y como tal supo ejercer el valor, la abnegación y el sacrificio al servicio de la patria. Pero reducirlo a esa sola faceta sería, además de reduccionista, desconocer la verdadera dimensión de su legado. Fue jurista, economista, periodista, diplomático, educador y estadista; y aun esta larga enumeración resulta insuficiente para abarcar la riqueza de una vida enteramente consagrada al bien común. Belgrano pertenece a esa rara categoría de hombres cuya grandeza no puede explicarse por un único mérito, sino por la armoniosa conjunción de múltiples virtudes y talentos puestos al servicio de una causa superior.

Importa aquí recordar que esa formación extraordinaria nunca fue un accidente del destino, ya que cuando en 1786 partió hacia España para estudiar leyes, Belgrano, según sus propias palabras, no contrajo su aplicación tanto a la carrera jurídica como al estudio de la economía política, el derecho público y los idiomas modernos. En las aulas de Salamanca y Valladolid, junto a la Riqueza de las naciones de Adam Smith y al Espíritu de las leyes de Montesquieu, forjó ese espíritu reformador que traería de regreso al Río de la Plata. Hombre de su tiempo, fue sin embargo capaz de convertir las ideas en instituciones, los ideales en escuelas, y los principios en banderas, literal y figuradamente. Era, en síntesis del historiador Rafael Gagliano, «un criollo ilustrado y católico, revolucionario y fiel ciudadano», convencido de que la modernidad y la fe no se excluían, sino que se necesitaban.

Sin embargo, al observar el horizonte del mundo actual, podemos advertir una fractura en esa cadena de imitación de la virtud. Vivimos en una realidad profundamente distinta a la que conoció nuestro prócer. Los jóvenes de hoy atravesamos una era de vertiginosas transformaciones sociales, donde el espíritu y la voluntad parecen diluirse en un materialismo que pretende caminar al margen de toda trascendencia y sentido superior. Frente a esta desolación de sentido, la figura de Belgrano debe emerger como el arquetipo heroico, nacional y de profunda integridad moral que interpela directamente a nuestra juventud.

Mientras que en la sociedad contemporánea se exalta con frecuencia la autonomía del individuo sin raíces, conviene recordar una de las consignas que Belgrano nos dejó escrita en el Correo de Comercio: «El origen más serio y verdadero de la sabiduría es la ley evangélica». Su vida no fue nunca una búsqueda de glorias personales, sino una misión trascendente confiada a la

Divina Providencia. Él mismo lo expresó sin rodeos: «Que nos entristezcamos o nos alegremos, la mano que todo lo dirige, no por eso va a variar». Fue precisamente esa fidelidad inquebrantable a sus convicciones lo que dio unidad y sentido a toda su existencia. Belgrano no se limitó a proclamar principios, sino que los encarnó en cada una de sus acciones, aun cuando ello le implicó cuantiosos sacrificios personales. Su vida fue un testimonio coherente

de servicio al bien común, de amor a la patria y de adhesión a aquellos valores superiores que consideraba fundamento indispensable de toda sociedad justa y virtuosa.

Por ello, su figura ha trascendido el tiempo y las circunstancias de su época. No estamos hoy aquí para recordar a Manuel Belgrano únicamente por su nacimiento, o por la creación de nuestra bandera, ni por los altos cargos que desempeñó. Lo recordamos porque supo vivir conforme a un ideal moral que otorgó nobleza a cada una de sus empresas. Si nos reunimos en esta fecha para honrar su memoria, es porque reconocemos en él a un auténtico padre de la

Patria, un hombre a imitar, cuya grandeza nació de la coherencia entre sus principios y sus actos.

Pero ¿qué significa, en concreto, imitar a Belgrano? No se trata, claro está, de reproducir sus circunstancias, distintas son las batallas que hoy nos convocan, sino de apropiarnos de su método vital. Y ese método puede resumirse en tres virtudes que hoy escasean pero que se necesitan más que nunca.

La primera es la coherencia. Belgrano fue, ante todo, un hombre íntegro, es decir que lo que pensaba, lo decía; lo que decía, lo hacía. Cuando en 1810 juró como vocal de la Primera Junta, renunció voluntariamente a su sueldo, acto que no era obligatorio, pero que sus convicciones así lo exigían. 

Cuando las victorias de Tucumán y Salta llenaron de júbilo a la patria, cedió el premio de cuarenta mil pesos fuertes que le otorgó la Asamblea del Año XIII para fundar cuatro escuelas en las provincias del norte. Era, en sus propias palabras, un hombre que no buscaba «las glorias, ni los honores, ni los empleos, ni los intereses», sino únicamente ver a la patria constituida.

La segunda virtud es la vocación de servicio. Belgrano comprendió tempranamente que los talentos se administran. Su extraordinaria formación intelectual, adquirida en Salamanca y Valladolid, jamás fue convertida en capital personal. Al regresar al Río de la Plata, la puso al servicio de la comunidad, fundó el periódico Correo de Comercio, impulsó la creación de escuelas, propuso academias de náutica, de matemáticas y de dibujo, y redactó memorias económicas que anticipaban debates que hoy seguimos sin resolver. Su célebre frase «Fundar escuelas es sembrar en las almas», al margen de las discusiones académicas en torno a su autenticidad, era intrínsicamente un programa de gobierno.

La tercera virtud, quizá la más necesaria para nuestra generación, es la esperanza activa. Belgrano jamás cedió al pesimismo, aun en las horas más oscuras. Derrotado en el Paraguay, en las costas del Paraná, en Vilcapugio y en Ayohuma, regresaba al combate. Enfermo, empobrecido, olvidado por buena parte de sus contemporáneos, escribió en los últimos meses de su vida cartas que destilan una serenidad inquebrantable. Sabía que la historia no la escriben los que ganan todas las batallas, sino los que no abandonan nunca la causa. «No hallo medio entre salvar a la patria o morir con honor», dijo. Y esa frase, lejos de sonar a fatalismo, suena a libertad, la libertad del hombre que sabe exactamente para qué vive.

Hay una escena que condensa todo esto con una elocuencia que ningún discurso podría superar.

El 27 de febrero de 1812, a orillas del Paraná, Belgrano izó por primera vez la bandera celeste y blanca frente a sus tropas y pronunció estas palabras: «Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional; ya tenéis vuestra divisa; ya tenéis vuestra empresa grande». Era un símbolo, una promesa, un acto de fe en el porvenir de una nación que todavía no existía como tal. Belgrano creó la bandera argentina antes de que hubiera una Argentina que izar. Eso se llama visión. Eso se llama intrepidez. Y eso, es lo que nos exige el presente.

Permítanme entonces concluir volviendo al punto de partida, cuando hablé de la imitación de las grandes vidas. Plutarco tenía razón, y la historia argentina lo confirma. Belgrano no nos convoca desde el pasado para que lo veneremos desde la distancia cómoda del bronce y el mármol. Nos convoca para que lo sigamos. Nos convoca para que seamos coherentes cuando es incómodo serlo, para que sirvamos cuando nadie nos lo exige, para que esperemos activamente cuando todo invita al desánimo.

Y a los jóvenes, decirles que esta es nuestra mayor ventaja. Tenemos por delante la vida entera para demostrar, con hechos, que el ejemplo de Belgrano no fue una anomalía de la historia, sino una posibilidad permanente del alma humana. Tenemos tiempo para construir las escuelas que él soñó, para defender los principios que él encarnó, para amar a la patria con esa misma mezcla indisoluble de razón y fe que lo guio desde Salamanca hasta Buenos Aires, donde dejó como único legado visible unas pocas monedas y una patria que todavía aprendía a caminar.

Pero ese legado invisible, el de una vida vivida con integridad, con servicio y con esperanza, es el más duradero de todos. Y está, hoy, enteramente a nuestra disposición.

Gloria a Manuel Belgrano!.

Lucas Virasoro

Presidente del Círculo de Jóvenes Belgranianos

lAcademia Belgraniana de la República Argentina

Palabras de cierre del acto del 3 de junio de 2026 pronunciadas por el Prof. Rubén Alberto Gavaldá Académico Presidente

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