Manuel
Belgrano
y
la cuestión de su presunta pertenencia a la masonería
ANALISIS
DE LA PRESIDENCIA DE LA
ACADEMIA
BELGRANIANA DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
Buenos
Aires, 17 de junio de 2026
ANALISIS
Y FUNDAMENTACIÓN
La cuestión acerca de
si Manuel Belgrano fue o no miembro de la masonería ha sido objeto de debate
durante largo tiempo. Diversas interpretaciones, sostenidas por autores de
distinta formación y en diferentes momentos, han contribuido a instalar esta
temática en el ámbito historiográfico, muchas veces sin que dichas afirmaciones
se encuentren respaldadas por documentación fehaciente.
En este sentido,
resulta necesario abordar el tema con un criterio riguroso, propio del análisis
histórico, según el cual toda afirmación debe fundarse en pruebas documentales
verificables.
La Gran Logia Argentina
de Libres y Aceptados Masones define a su organización de la siguiente manera: “La Masonería es una sociedad civil,
dedicada al perfeccionamiento moral e intelectual de las personas. Nuestra
Institución se apoya en los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, y
nuestro lema es Ciencia, Justicia, Trabajo.”
Declaran estar “… presentes en todos los ámbitos: la
cultura, la ciencia, los desafíos contemporáneos, el bienestar de nuestra
sociedad. Intentamos aportar nuestra mirada para contribuir al desarrollo de
una sociedad más equitativa, más justa y más inclusiva”.
Y manifiestan en la
presentación de su sitio web oficial que son trabajadores de “…la utopía de la fraternidad universal. Esa
utopía es nuestro horizonte y confiamos en que algún día sea nuestra realidad”.
Se muestra públicamente
como una asociación iniciática y no política; la misma que otrora se tildara de
“secreta” hoy a mudado a “discreta”.
La Gran Logia de
Argentina hace saber en diferentes medios virtuales y en reiteradas oportunidades
presenciales que “entre los hombres
ilustres de la masonería” hay filósofos, músicos, poetas, escritores,
científicos, prelados, convencionalistas, jueces, presidentes, congresales,
educadores, artistas plásticos, militares y de modo especial y principalmente proclama
que entre sus filas se encuentran las más preclaras figuras de la nacionalidad
argentina, entre ellos el “Gran Iniciado”
San Martin y “Manuel Belgrano,
creador de nuestro Pabellón Nacional”, como si fuera éste el único rasgo
meritorio y aporte a la historia nacional del Primer Prócer Porteño e Hijo
Prominente de Buenos Aires.
Más allá de ello, lo
que es relevante e importante destacar ahora, es que se menciona a Manuel
Belgrano como masón sin más, es decir: sin documentación incuestionable alguna que
avale tamaña afirmación. A nuestro humilde entender, tal afirmación es fruto de
un osado plan de relaciones públicas, sin precedentes. Recordemos que un plan
de relaciones públicas es una acción estratégica que define como una
organización se comunicará con sus audiencias para gestionar su imagen,
reputación y posicionamiento. Incluye acciones coordinadas y sostenidas para
fortalecer vínculos con públicos clave, responder a crisis y mejorar la
credibilidad.
En el caso de Manuel
Belgrano, su inclusión dentro de este universo ha sido sostenida en diferentes
ámbitos. Sin embargo, lo relevante desde el punto de vista historiográfico es
que dicha afirmación no ha sido acompañada, hasta el presente, por
documentación que permita verificarla de manera concluyente.
En este punto, resulta
pertinente recordar una advertencia metodológica central en la disciplina
histórica, señalada por diversos autores: la historia no puede construirse
sobre la base de suposiciones, sino sobre la evidencia. Cuando la documentación
no acompaña una afirmación, esta debe ser considerada, en el mejor de los
casos, como una hipótesis no demostrada.
Diversos estudios han
demostrado la existencia, durante el período virreinal y los años iniciales del
proceso independentista, de logias masónicas y también de sociedades secretas o
reservadas de carácter político. En este aspecto, autores como Enrique de
Gandía han destacado la diversidad de estas organizaciones, señalando que no
todas respondían a estructuras masónicas formales, ni mantenían vínculos
institucionales claros.
Esta distinción resulta
fundamental. Durante los procesos independentistas, numerosas agrupaciones
adoptaron formas organizativas reservadas —con jerarquías, rituales y códigos—
como herramientas de coordinación política. En algunos casos, estas formas se
inspiraban en modelos masónicos, sin que ello implique necesariamente una
filiación institucional con la masonería.
Enrique de Gandía, en
su obra "La Política Secreta en la Independencia de América",
comunicada en la sesión privada de la Academia Nacional de Ciencias Morales y
Políticas, el 25 de agosto de 1993, explora la influencia de las sociedades
secretas y las estrategias ocultas en el proceso independentista americano.
Gandía analiza cómo estas organizaciones, a menudo vinculadas a la masonería y
otras corrientes ideológicas, desempeñaron un papel crucial en la organización
de movimientos revolucionarios y en la difusión de ideas independentistas.
Enrique de Gandía, el
notable historiador, co-fundador de la Academia Belgraniana de la República
Argentina, estudió la masonería y observó que las logias masónicas, tanto
independientes como dependientes de otras logias mayores, existían en Argentina,
incluso en la época del Virreinato del Río de la Plata. En sus escritos, Gandía
destacó la existencia de estas logias, algunas de las cuales estaban vinculadas
a logias más grandes en el país o en el extranjero, mientras que otras operaban
de forma independiente. También señaló que estas logias tenían diferentes
orígenes y conexiones, y que no todas estaban relacionadas con las logias
principales.
En su obra, publicada
en 1994, “La política secreta en la
independencia de América” Enrique de Gandía expresa:
“Hemos
comprobado que la Masonería fue y es una sociedad dispersa en toda la tierra.
Sus orígenes se remontan a los constructores de edificios y picapedreros de la
Edad Media. No es posible precisar una fecha exacta. Sabemos que hubo muchas
masonerías. Unas podían considerarse propias de una nación y otras de otras
naciones. Algunas logias respondían u obedecían a una logia superior. Otras
logias trabajaban aisladamente. Sus principios eran comunes y se distinguían
por el secreto que imponían a sus miembros. Es una ingenuidad, propia de
algunos escritores poco versados en estos estudios, suponer que los masones
eran irreligiosos o anticatólicos. Esta creencia, nacida de calumnias, ha sido
la causa de innúmeras persecuciones y de incontables errores. Los masones
debían ser, ante todo, deístas. Además, conservaban y respetaban sus religiones”.
El académico de Gandía,
continúa diciendo:
“El
aislamiento de los masones, sus enseñanzas de que los hombres son todos libres
e iguales y la admisión, en las logias, de practicantes de cualquier religión,
representaron un peligro para la Iglesia y las monarquías. Por ello las prohibiciones
de los Reyes y las excomuniones de los Papas. Este odio a la Masonería ha
influido poderosamente en la historiografía que se ha ocupado de ella”.
Los mismos masones, con
sus imaginaciones y pésima información, son culpables del desentendimiento en
que han caído.
El
desconocimiento o plena ignorancia con que se expuso la historia de la
Masonería en distintas épocas y países ha hecho cometer, y sigue haciéndolo,
errores y confusiones realmente lamentables. La fantasía de suposiciones ha suplido a la documentación. El
historiador correcto no debe afirmar nada que no cuente con correspondiente
prueba documental”.
Esta última afirmación de
Enrique de Gandía tira por la borda datos, menciones y afirmaciones que
esgrimieron en su momento diversos personajes como el general Zapiola, el
general Martínez y el historiador Saldías, respecto de que entendían que
Belgrano era masón.
El general Iriarte, en
su autobiografía, cuenta que habiéndose dirigido a Salta y Tucumán conoció a
Manuel Belgrano, teniendo con él varias conversaciones y advirtió que no era
partidario de la masonería. Cabe aquí subrayar la afirmación de de Gandía “La
fantasía de suposiciones ha suplido a la documentación”.
El empeño en aseverar y
asegurar para la posteridad que Manuel Belgrano era masón fue sostenido y
argumentado por los propios masones, así lo dejaron plasmado en papeles autores
e historiadores parciales, entre ellos: Lorenzo Frau Albines, Rosendo Ariús
Arderiu, Martín V. Lezcano, Emilio Gouchón,
Alcibíades Lappas, Emilio J. Corbiere y Fabián Onsari, entre otros, quienes argumentaron
y basaron sus escritos en dichos y comentarios sesgados y tendenciosos.
El
particular llegó al absurdo cuando el padre Anaya, sacerdote
católico devenido en masón y ladero de Iriarte (Iriarte quien no considera a
Belgrano como masón), dijera haber leído y escuchado a Belgrano y a San Martín
tratarse como “amigos” (legítima
expresión de este noble sentimiento humano) y que ello era una palabra clave que
reemplazaba en “código masónico” la denominación de “compañero masón”, lo que delataba su condición de tal. Absurda e
infundada deducción, por cierto. Además el término genérico
es hermano y no “amigo o compañero”.
Por su parte el padre
Guillermo Furlong, notable Académico honorario de la Academia Belgraniana de la
República Argentina, empezó a sostener, allá por 1920, que las logias eran
sociedades políticas y que nada tenían que ver con la Masonería.
El padre Furlong
ratifica esta apreciación en 1970, luego de medio siglo de investigaciones,
definiendo a Manuel Belgrano, entre otras formas y alcances como “uno de los más hermosos dechados de
caballeros cristianos y hasta piadosos”.
En el seno de esta
corporación académica dos de sus más conspicuos miembros, hablamos de Enrique
de Gandía y Guillermo Furlong, tuvieron enfrentadas apreciaciones sobre el tema
que estamos tratando. El padre Furlong en un mismo sentido, profundizando su
postura con el paso del tiempo; mientras que el Dr. de Gandía con variaciones
notorias de punto de vista en su prolongada actividad. Ergo, ratificar o
rectificar es algo humano y hasta profesional si se quiere.
A esta altura es dable preguntarnos:
¿Cuál es la importancia de que Manuel Belgrano haya sido o no masón? ¿Por qué
generó y aún genera tanta polémica? Al fin y al cabo la finalidad de la
masonería parecería ser altruista. La respuesta la tiene la Iglesia Católica
Apostólica Romana, cuando puntual y taxativamente aplica excomunión “ipso facto”, es decir en el acto, a
aquel bautizado que se haga masón, lo que implica el cierre de las puertas del
cielo, la negación de la salvación de su misma alma. Tema no menor para un
ferviente católico como lo era el Creador de la Bandera Nacional.
Profundicemos: el tema,
hoy simplificado como masonería, se refiere en realidad a la francmasonería.
La masonería primigenia era operativa y estaba formada desde la Edad
Media por constructores cristianos, algo así como un sindicato de albañiles. En
el siglo XVII un grupo de personas toma de la masonería operativa sus símbolos
y el secretismo que implica el pasarse el conocimiento constructor, deviniendo
en especulativa, dado que ya no era para construir catedrales y castillos, sino
para moldear la piedra humana hacia el perfeccionamiento moral y cultural de
sus miembros, y por qué no decirlo de las sociedades en donde sus miembros
actuaran.
En 1717 cuatro logias masónicas especulativas de Londres se unieron para
crear la Gran Logia de Inglaterra. En 1721 dos pastores protestantes, John
Theophilus Desaguliers y James Anderson, redactaron sus primeras
constituciones, que fueron aprobadas, con algunas enmiendas en 1722 y
publicadas en 1723.
El aspecto precedente no es menor dado que fueron pastores protestantes
sus constitucionalistas y por ende enfrentados a la Iglesia Católica Romana.
Coletazo de la historia que caló hondo en la realidad del tema que tratamos.
Los requisitos para que
una persona pueda convertirse en masón y logre ingresar por ende en la
masonería, es que cumpla con tres importantes condiciones fundamentales: la
primera de ellas es ser mayor de edad, luego ser apadrinado o recibir la
invitación oficial de otro masón y finalmente ser aceptado mediante una
votación en una tenida negra.
En el caso de Manuel
Belgrano podríamos pensar que solo se cumplió la primera de las condiciones,
pero no es así. No cumplió ninguna.
Argumentamos: en el
Virreinato del Río de la Plata, según el Derecho Indiano, la mayoría de edad se
alcanzaba a los 25 años para los hombres y a los 23 años para las mujeres. Esta
edad marcaba el fin de la tutela paterna y el inicio de la plena capacidad para
realizar actos jurídicos, como contraer matrimonio, administrar bienes,
participar en negocios y si se quiere, ingresar a este tipo de asociaciones.
La masonería actual
dice y proclama que Manuel Belgrano era masón pero nunca dijo, porque no le
consta documentalmente,
a qué edad ingresó, quién fue su “padrino” y cuál fue el escrutinio de la
votación de su aceptación. En realidad el sistema es por bolillas blancas o
negras, más de dos de éstas últimas se produce la denegación del ingreso.
En algunos sitios se
vincula a Belgrano con un supuesto ingreso en la “logia” San José de Cádiz, debiendo
tener por entonces alrededor de 20 años, por ende, menor de edad y sin
capacidad para hacerlo. Si bien en aquella época la masonería era laxa en
cuestiones de edad de ingreso, daba primacía al prestigio del aspirante, pero
ello tampoco resulta convincente para aseverar que su ingreso fue efectivo y a
temprana edad.
Se esgrime que el
motivo por el que estos datos de ingreso no se conocen es porque que hay escasez de
material escrito, de documentación, incluso hasta el siglo XIX, y
posteriormente inclusive por los archivos quemados para seguridad durante la
Guerra Civil Española, por lo que deberíamos intuir que la tradición oral era
la única forma de registro, no lo creemos así.
No desconocemos que la
tradición oral es fundamental en la masonería, siendo el principal medio de
transmisión de conocimientos y enseñanzas internas dentro de la organización. A
través de rituales, símbolos y relatos transmitidos de generación en
generación, los masones aprenden sobre los principios y valores de la
masonería, y desarrollan una comprensión más profunda de su propia experiencia
iniciática.
Con el avance de las
nuevas ideas francesas, Manuel Belgrano en España, gran lector y curioso
estudioso, no podía estar ajeno a los movimientos del país vecino. Estas
corrientes van a inspirar sus ideas de libertad-igualdad-fraternidad, lo que no
quiere decir convertirse en enemigo de la religión.
Si Belgrano hubiera
sido masón lo hubiera dado a conocer explícitamente en su autobiografía, o
indirectamente en el uso de una terminología específica; nunca habló o
mencionó él a otros en sus comunicaciones de un “arquitecto del universo”, o
por medio de saludos “fraternos” que
consisten en determinada forma de apretar las manos, dar un abrazo, etc., o en
sus escritos sobre todo en su firma personal donde no hay punto visible y mucho
menos tres.
A todo lo
precedentemente expuesto hay que sumarle la desinformación o información
tendenciosa generada por los propios masones, quienes desde que retiraron el
velo de secretismo y en la discreción que pregonan, hoy debieron bañarse de
legitimidad para ser aceptados socialmente y para no fenecer en un tercer
milenio donde la imagen lo es todo (es discutible porque nunca procuraron la
aceptación social, por el contrario muchos ingresaron por el carácter secreto y
su halo de misterio).
El empeño en el
reclutamiento de nuevos agentes que integren la asociación civil debe presentarse sin tacha y con sólido
prestigio, y qué mejor para lograrlo que usufructuar el prestigio de otros, en
este caso de un indiscutido, respetado, prestigioso e inmaculado Prócer que es
lumen para todos los argentinos.
Por consiguiente, se jactan muchos de ellos en decir que son abiertamente
masones, con la esperanza de encontrar eco en otros y así obtener fructuosas relaciones
y vínculos sociales, políticos, empresariales y comerciales que amplíen su
horizonte existencial. Y pensar que hasta hace algunas décadas una familia se
enterada de que un miembro de su seno era masón en el momento de su velatorio.
Muy pocos han osado desafiar la crítica social, entre ellos el más
notorio fue Domingo Faustino Sarmiento, de grado 33 y Gran Maestre de la Logia
de Argentina quien dejó en su tumba toda señal inequívoca de su condición y que
usurpara, a instancia de sus pares, el lugar de padre de la educación argentina
(en la realidad a Sarmiento se lo bautizó como padre del aula y la educación,
el no lo usurpó, por consiguiente deberíamos dirigir los cañones contra
aquellos que lo nombraron a Sarmiento en lugar de a Belgrano e indagar las reales
cuestiones que los impulsaron a ello), sitial que correspondió siempre a Manuel
Belgrano, por las razones que sobradamente sabemos.
La Iglesia católica ha condenado la masonería reiteradas veces desde
1738, en ese año el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Roma
prohibió la masonería por considerarla incompatible con el catolicismo. La bula
“In eminentis”, de Clemente XII, dice que quienes se alistan en la masonería se
contaminan "con el sello de la
perversión y de la maldad" y no están "en armonía con las leyes civiles y canónicas", Belgrano
no podía desconocerlo.
Esta prohibición fue sancionada en España con el apoyo de la autoridad
real, mediante un edicto del rey Fernando VI en 1751; la prohibición fue
mantenida por el rey Carlos III, quien ya la había prohibido cuando era Rey de
Nápoles, por considerarla, "...gravísimo
negocio o perniciosa secta para el bien de Nuestra Santa Religión y del
Estado".
En ese marco: ¿podría el joven Manuel Belgrano haberse
iniciado en la masonería a temprana edad entre 1786 y 1794?, la respuesta rotunda es no. El
académico Roberto Arnáiz al respecto dice “durante
toda la vida de Belgrano, la pertenencia de un católico a la masonería estaba
formal y explícitamente condenada por la Santa Sede”.
Otras confesiones religiosas prohibieron la masonería más tardíamente:
la Iglesia ortodoxa griega en 1933 y la Iglesia anglicana en 1987, hasta el
islamismo desde el siglo XX con algunos musulmanes que han considerado a la
masonería como aliada del sionismo.
En el hilo de la historia, un grupo humano
trazó un puente desde el viejo al nuevo continente, se lo llamó la “Gran
Reunión Americana”, de inspiración mirandina – por su precursor Francisco de
Miranda -. En ella se cobijaron los “conspiradores” americanos que crearon las
primeras sociedades o logias conspirativas independentistas de principios del
siglo XIX. Usaron varias y diferentes fachadas, algunas de inspiración
masónica.
El año clave es 1810, cuando sus miembros ya
regresados de Europa a América, se convirtieron en los promotores de la acción
directa revolucionaria, política y militar por la emancipación absoluta.
Aquellos más radicales, convivieron simultáneamente con un segundo bloque de
logias compuestas por liberales españoles constitucionales. Estos buscaban restringir
la arbitrariedad del antiguo régimen borbónico y su finalidad primaria era
darle a España el gobierno de las Cortes y una Constitución Política. Luchaban
contra el “déspota” como llamaban al rey, pero Fernando VII los persiguió con
furia. Buscaban la concordia posible
para aquellos tiempos pero no les fue posible alcanzarlo por las buenas.
74 años después, exactamente el 20 de abril
de 1884, el papa León XIII proclamó la encíclica “Humanum Genus”, corría el año
VII de su pontificado. En los considerandos de este documento
papal, Su Santidad señala, en el marco de un profundo análisis, que la raza
humana está dividida en dos bandos, uno que “lucha
incesantemente por el triunfo de la verdad y el bien, el otro por el triunfo
del mal y del error”. De modo singular señala y menciona a la
Sociedad Masónica como conspiradores que se levantan contra Dios y su Iglesia.
La letra del Papa fue
fruto de un tiempo en ciernes donde aquella asociación, inicialmente un sindicato
de albañiles, deriva en 1717 en una federación o Gran Logia orientada, con
unidad de criterios y objetivos que tiene en 1789 su punto central con la toma
de la Bastilla en Francia.
Otros Pontífices dieron
su vos de alerta más tempranamente, entre ellos: Clemente XII, Benedicto XIV,
Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI
y Pío IX.
No es nuestro propósito
hacer una exegesis del Vicario de Cristo, ni un estudio detallado de la
historia y actualidad de la masonería; simplemente nos vemos en la necesidad y
obligación de defender la memoria y legado de Manuel Belgrano que no fue masón
como muchos dicen y que dejara este mundo físicamente entregando su alma a Dios
en plena comunión con la Iglesia.
Cuando hablamos de
comunión no nos referimos a tomar la sagrada hostia, sino a ser parte del “sanctorum
Dei communio” es decir de la comunión de los santos que es para un bautizado la
plena unión espiritual de todos los cristianos, vivos y difuntos. La instancia
a lo cual todos aspiramos, de compartir un solo cuerpo místico con Cristo que
es la cabeza, compartiendo los bienes prometidos y la salvación de nuestra
alma.
Don Manuel Belgrano no
podía estar más en las antípodas, él que creía fervientemente en la parusía de
Nuestro Señor Jesucristo y obró toda su vida con celo y caridad cristiana, no pudo
actuar en contrario.
De modo particular
debemos señalar que el veinteañero Manuel Belgrano recibió el 11 de julio de
1790, el permiso especial del papa Pío VI para leer y retener "toda clase de libros prohibidos"
para su erudición y tranquilidad de conciencia, el cual le fue otorgado durante
su estancia en la Universidad de Salamanca, y le permitió acceder a obras de
autores condenados por la Iglesia, como las de fisiócratas y pensadores
liberales.
Ello incluía el "Index
Librorum Prohibitorum" (Índice de libros prohibidos), un listado de obras
de autores y textos considerados contrarios a la fe católica, heréticos o inmorales;
el listado incluía obras de masones o de autores que cuestionaban los dogmas de
la fe, afectando a obras filosóficas y científicas asociadas a pensadores
liberales que a menudo se vinculaban con las ideas ilustradas que también se
practicaban en las logias masónicas. Por tanto el católico Manuel Belgrano,
sabía de su poca conveniencia en sumarse a las filas de estas asociaciones
arrianas, contrarias al dogma y cuestionadoras de la autoridad eclesiástica,
rectora por aquel entonces de la moral del pueblo.
Manuel Belgrano, como
bien sabemos, murió en 1820 y si bien ya había amonestaciones severas de los
Pontífices Romanos, la excomunión definitiva fue promulgada por el papa León en
1884, 64 años después del fallecimiento del Prócer, y confirmada en el Código
de Derecho Canónico en el año 1917, bajo el pontificado de Benedicto XV, en los
cánones 684, 1349 y 2335; "Los que dan su nombre a la masonería o
a otras asociaciones que maquinan contra la Iglesia, incurren en
excomunión". Ello nos indica preclaramente que Manuel Belgrano fue
cauto en juventud y adultez y si bien tuvo contacto con masones conocidos,
participando en reuniones “blancas” de la hermandad, nunca fue parte activa y
efectiva de la masonería.
No existe documento
fidedigno que nos indique lo contrario. No se conoce padrino alguno que haya
propuesto su presentación, ni testimonio de entrevista alguna, ni votación de
pares aceptándolo, ni certificación, ni vestigios de alguna ceremonia y mucho menos de rituales de grado o conocimiento
de algún cuadro lógico de una logia en donde figure el nombre Manuel Belgrano.
Tampoco se puede dar
crédito masón a supuestas expresiones del Prócer, como ya señaláramos, tal como
escribir: “querido hermano” y que por
ello sea masón. Los católicos entre sí muchas veces se tratan de esa manera y
más en aquella época; ni porque haya escrito en su Diario de marcha a Rosario
en 1812 “libertad, igualdad, fraternidad”
lo haya hecho para dar indicios de su estado masónico o porque haya traducido
el discurso de despedida de George Washington, ni mucho menos.
Tampoco utilizó en su
vida alegorías, símbolos o acciones masónicas, ni siquiera hay vestigios en su
firma, que señalen subliminalmente su situación y nuevo renacer fruto de su
iniciación; ni lecciones morales o filosóficas adquiridas regularmente, que
ilustren y manifiesten a los demás los principios que defiende la masonería que
había “abrazado”.
Sí abundan
intencionadas conjeturas, algunas de ellas basadas en débiles testimonios y
recuerdos que no son historia, y cuya objetividad necesariamente se debe
determinar, otras son un escotoma permanente, un punto ciego de una parcial
visión, que nubla la realidad y la razón. Bien es sabido y comprobado que los
recuerdos suelen desnaturalizarse o corromperse con el paso del tiempo, más
aún, cuando transcurren tres o más décadas, acentuándose de manera vertiginosa
lo dicho cuando se trata del paso transgeneracional.
Algunas afirmaciones sobre
que Manuel Belgrano era masón son tan osadas que llegan a asegurar que no fue
inhumado dentro de la Basílica Nuestra Señora del Rosario de la Reconquista y
Defensa de Buenos Aires del Convento de Santo Domingo de la ciudad porteña,
porque fue un castigo que la Iglesia misma impuso a su hijo díscolo que se hizo
masón, al respecto vale aclarar lo siguiente:
1.
el 20 de junio de 1820, en medio de una
jornada triste para la Patria naciente, fallecía el General don Manuel
Belgrano. Al día siguiente fue sepultado en el atrio de la Iglesia de Santo
Domingo, Casa de Dios, cara a sus sentimientos como buen católico que era y
sitio preferencial de su fe por ser, además, su Parroquia, hoy proclamada Casa
Espiritual del Prócer por la Academia Belgraniana.
2.
Su morada final fue sin lujo, en el
suelo, en el lado diestro de la entrada de la actual Basílica, allí encontró su
cuerpo amortajado su primer descanso hasta el 4 de noviembre de 1902 en que
fuera trasladado al mausoleo.
3.
Don Manuel José Joaquín del Sagrado
Corazón de Jesús fue revestido con el hábito de Santo Domingo, un preclaro derecho
que tuvo por ser Hermano de la Tercera Orden de los Dominicos. Yacía en la
austeridad de un ataúd de pino cubierto por un paño negro, oscuro y
solemne. "Aquí yace el General Belgrano" fueron las palabras que
se escribió con cincel sobre la lápida improvisada que donó su propio hermano
don Miguel Belgrano y que perteneciera a una cómoda de su casa familiar.
4.
La intención de Manuel Belgrano, en su
gran humildad, fue yacer allí para que todo hermano, todo otro católico, que ingresara
a la Casa de Dios, al ver su lápida elevara una oración a Dios por su descanso
eterno.
El general Manuel
Belgrano, el más religioso de nuestros próceres, expresaba en su testamento: "creyendo ante todas las cosas como
firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos
los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa Madre
Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido
y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy, tomando por mi
intercesora y abogada a la Serenísima Reina de los Ángeles María Santísima,
madre de Dios y Señora nuestra".
Estamos plenamente
persuadidos que si Manuel Belgrano hubiera tomado conocimiento de la encíclica
papal de 1884 se hubiera alejado por completo de esta organización que como
señala el Santo Padre es “tan feroz” y
encarnizada en su “guerra contra el
cristianismo” que el creador de nuestra Enseña Patria hubiera resistido “lo más que podamos” para no perder su
alma, ni hacer que la pierdan sus subordinados para quienes solo añoraba la
salvación.
En este marco, la
atribución de pertenencia masónica a determinados actores históricos debe ser
analizada con cautela, evitando inferencias basadas únicamente en similitudes
organizativas o coincidencias ideológicas.
En relación específica
con Manuel Belgrano, el análisis de la documentación disponible permite afirmar
que no se han encontrado pruebas directas que acrediten su incorporación a una
logia masónica. No existen actas de iniciación, registros de pertenencia,
correspondencia específica ni testimonios contemporáneos concluyentes que lo
identifiquen como miembro.
Del mismo modo, en sus
escritos personales, en sus documentos públicos, en sus memorias y en su
testamento, no se registran referencias explícitas que permitan inferir una
vinculación institucional con la masonería. “`Yo
emprendo escribir mi vida pública, puede ser que mi amor propio acaso me
alucine´ declara serenamente Belgrano,
con el objeto de que sea útil a mis paisanos y también con el de ponerme a
cubierto de la maledicencia”.
Debe destacarse con
particular énfasis que, hasta el día de hoy, no existe en ningún archivo del
mundo —ni en registros argentinos, ni en fondos documentales europeos, ni en
archivos de obediencias masónicas— prueba o documento evidente y cierto que
acredite que Manuel Belgrano haya sido masón.
Este punto constituye
el núcleo del problema historiográfico: la ausencia total de evidencia
primaria.
Belgrano, como figura
pública, fue objeto de debate sobre su pertenencia a la masonería y su relación
con la iglesia. Remarcamos, como ya hemos dicho, que muchos masones han
usufructuado y usufructúan aún hoy su nombre para darse corte e importancia
pues ¿qué puede ser más relevante que decir que el Padre de la Patria
pertenecía a sus filas? Una especie de plan de relaciones institucionales
basado en el honor y buen nombre de otros.
Manuel Belgrano pudo
conocer a grupos de tinte masón y hasta tuvo, si se quiere, acciones y
pensamientos afines a la ilustración, el liberalismo y la filantropía, según
estudios historiográficos. Sus ideas de fraternidad, igualdad, educación como
motor de libertad basada en la razón e igualdad ante la ley anidaron en su ser
y se plasmó en innumerables escritos y acciones pero no son suficientes para
aseverar lo que no se puede corroborar objetivamente.
Obviamente vivió en un
contexto (fines del siglo XVIII y principios del XIX) donde la masonería tenía
una fuerte presencia entre los intelectuales y revolucionarios porteños así
como también en Estados Unidos y en Europa misma. No lo negamos, pero basarse
en ello y decir que Belgrano era masón, es impropio e incorrecto a todas luces.
Las ideas de libertad, igualdad,
educación y progreso no eran patrimonio exclusivo de la masonería, sino que
formaban parte del pensamiento ilustrado que circulaba ampliamente entre las
élites europeas y americanas. Su adopción por parte de Belgrano no implica, por
sí sola, afiliación institucional.
Su perfil multifacético
y sus ideales lo posicionan como un referente intelectual cercano a estos
círculos; ejerció la caridad cristiana, rebautizada como filantropía por los
propios masones, pero de allí a asegurar que fue iniciado en los grupos con
tendencia y vinculación masónica como la "Logia Independencia" a
fines del siglo XVIII en Buenos Aires y que también integró la "Sociedad
de los Siete” es al menos, una osadía
histórica ya que no cuenta con
fuentes documentales objetivas y accesibles que lo avalen.
Jerónimo Espejo nos recuerda
que la Sociedad de los Siete fue mencionada por Carlos Calvo en sus Anales
Históricos, asegurando que entre sus miembros estaban Belgrano, Nicolás
Rodríguez Peña, Agustín Donado, Juan José Paso, Manuel Alberti, Hipólito
Vieytes y Juan José Castelli. No obstante ello Juan Canter, en su magistral
estudio sobre las sociedades secretas, afirma que no existió y si bien es
posible su existencia, según otros autores, no hay pruebas de que haya sido
masónica y mucho menos que ese listado sea cierto.
Hay quienes
aseguran que la llamada Sociedad de los Siete, de la que Silvestre y Rodríguez
Rossi aseveraron que “fue una delegación
operativa estrictamente masónica de la Logia Independencia”, contaba “con protocolos de autorización otorgados
por la Gran Logia General Escocesa de Francia”, algo poco probable dado que,
creada en 1804 por el Conde de
Grasse-Tilly y operando bajo influencias del rito francés o escocés, tuvo
conflictos permanente con el Gran Oriente debido a la soberanía sobre los
grados simbólicos; sin embargo habría aportado rituales y hasta hombres
propagadores de su visión franco-masónica, innovadora para la época.
A pesar de la
controversia, se puede afirmar que Manuel Belgrano fue un hombre de su época,
influenciado por las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa, lo que
lo llevó a participar en sociedades secretas que buscaban cambios políticos y
sociales en la región.
El historiador Roberto
Arnaiz, señala en un reciente artículo sobre el particular que “más allá de su pertenencia formal o no a
una logia, su pensamiento –refiriéndose a Manuel Belgrano- se inscribe en la misma corriente espiritual
que dio origen a la modernidad revolucionaria del siglo XIX”.
Por otra parte,
situémonos en una época en que lo confesional se entrelazaba con lo político y
recordemos ese espacio de encuentros prerrevolucionarios, frecuentado desde
niño por Belgrano, que fue la casa de Ejercicios de sor Antonia de la Paz y
Figueroa, Mama Antula, - declarada beata en 2016 y en santa el 11 de febrero de
2026 - que reunió gente y estableció lazos entre adultos y jóvenes portadores
de ideas y concepciones de la Ilustración.
En resumen: si bien Manuel
Belgrano no fue masón, sí estuvo vinculado a organizaciones que compartían
algunos ideales masónicos que participaron en la búsqueda de la independencia
de las colonias americanas. No era desconocido por el Creador de la Bandera que
la masonería era una sociedad que defendía la libertad y la igualdad de los
seres humanos, que anhelaba su felicidad y bienestar. Al
respecto al historiador Arnaiz señala de Belgrano:“Su contacto con la Sociedad Económica de Madrid, su lectura de los
fisiocráticos franceses como Quesnay y Turgot, y su admiración por Adam Smith,
lo convirtieron en un reformista convencido de que el bienestar social era
inseparable de la moral y la educación”.
Buscando más claridad
encontramos que en forma elocuente y determinante el profesor Juan Canter
sostiene que: “La Sociedad Patriótica,
derivación de la Logia, perseguía un afán de unidad continental (...) Se ocupó
de celebrar la victoria de Tucumán y rendir homenaje a los caídos en la
Batalla. Sus componentes revolucionarios netos, eran creyentes y consecuentes
con sus ideas religiosas y organizaron no sólo un acto público, sino también un
gran funeral”.
Según el investigador
chileno Felipe del Solar, quien ha estudiado a fondo el tema, asegura que hubo
masones que lucharon por la independencia, y las logias sirvieron de modelo
para la creación de sociedades secretas que permitieron a las élites criollas
agruparse en las colonias y enfrentar la crisis de la corona española. Pero
atribuir a la masonería el logro de la independencia es "propaganda" y agrega un pensamiento del que estamos
ciento por ciento de acuerdo: "En los centenarios de las
independencias, la masonería se apropió de los próceres y aseguró que todos
eran masones, pero es parte de una mitología que la propia masonería creó".
En realidad el único
caso documentado de un héroe de la emancipación americana que fuera masón es el
caso de Simón Bolívar; y las pruebas documentales tampoco hacen pensar que su
participación en la masonería fuera mucho más allá del rito de iniciación.
Otro enfoque no menor
es pensar en la actuación de la Inquisición en aquella España toda: mientras
que en el Imperio Británico y en el Imperio Francés la masonería adquiría
fuerza e influencia y las logias florecían en sus colonias, en la católica
España esta institución había sido prohibida desde 1751 y era perseguida por el
Santo Oficio.
Sobre el particular
Felipe del Solar dice: "En el mundo
hispánico, la masonería era la nueva herejía del siglo XVIII, que se asimilaba
a los filósofos y a la idea de la Francia revolucionaria posteriormente".
Bajo esta realidad, en
los territorios españoles en América, las primeras logias que se fundaron
tuvieron una vida muy corta.
La primera de la que
existe rastro documental es la de "Las tres virtudes teologales", que se creó en Cartagena de Indias, Colombia,
en 1808, pero que fue rápidamente descubierta. Su fundación coincide con la
invasión de España por las tropas napoleónicas, cuando, por la influencia
francesa, empiezan a aflorar distintas logias en la península, que los criollos
llevan a América en determinado momento, 1812, Napoleón
persiguió a la Masonería especialmente en los países del Este europeos y en la
Santa Rusia.
Se fundan entonces unas
veintena de ellas en la Metrópoli, así como distintas sociedades secretas como
la “Sociedad de Caballeros Racionales” en Cádiz, sobre la que los expertos no
se ponen de acuerdo en si era realmente una logia masónica o si se trataba de
una organización secreta que usaba las fórmulas y ritos de la masonería.
Esa logia se proyecta
en América, fundándose una sociedad similar en México y otra en Buenos Aires,
que después recibe el nombre de “Logia Lautaro”.
La Logia Lautaro, que
debe su nombre a un caudillo mapuche y que tuvo distintas filiales, entre ellas
en Santiago de Chile, fue una sociedad secreta que permitió a la oposición
organizarse con un objetivo claramente independentista. A ella perteneció José de
San Martín, el general y político que lideró la independencia de Argentina, Chile
y Perú y también Bernardo O'Higgins, conocido como uno de los "Padres de
la Patria" trasandina.
El mismo espíritu
libertario, fraternal e igualitario que contribuyó al desarrollo de logias
masónicas y les dio una base filantrópica "también
influyó a los líderes de los movimientos independentistas sudamericanos, sin
implicar necesariamente que fueran miembros de organizaciones masónicas".
El objetivo de la Logia
Lautaro "no fue implantar una gran
república en la América española sino varias monarquías de tipo constitucional
con príncipes de las principales dinastías europeas", argumenta el
investigador Emilio Ocampo, de la Universidad de Buenos Aires, en un ensayo
sobre el papel de la masonería en el proceso de independencia.
Volviendo al
pensamiento de Felipe del Solar, nos dice que "en realidad eran sociedades secretas a las que la masonería había
entregado un modelo asociativo que se reprodujo de distintas maneras en distintas
latitudes". Estos grupos podían haberse convertido en logias masónicas
propiamente dichas, "pero no era una
época para que la masonería se institucionalizara en América Latina porque
tenía muy mala fama".
Estas sociedades
secretas se convierten en la antesala de los partidos políticos en ese contexto
de desintegración del antiguo régimen. Sirvieron para unir facciones que buscan
tomar el poder y generar reformas.
En la biografía de
Manuel Belgrano y en el proceso de emancipación nacional argentina y en la
independencia de América toda, la masonería ha tenido una enorme importancia.
Aludiendo a la voz de Enrique de Gandía: “No
sostenemos la tesis, errónea, de que la masonería hizo la independencia de
América. La independencia llegó por otras causas...” a lo que agrega “La independencia nació de la oposición del
absolutismo, de la lucha de las Juntas populares locales con los defensores del
Consejo de Regencia de Cádiz y de los partidarios del Congreso y de la
Constitución”.
Para que las verdaderas
logias masónicas se institucionalizaran en América Latina tuvieron que pasar al
menos 30 años, ya que no fue hasta mediados del siglo XIX que la masonería se
funda y se convierte en un poder político importante con la llegada de los
gobiernos liberales en el continente.
Rastreando otras voces,
el Dr. Ferrer Benimelli, investigador español y Presidente del Centro de
Estudios Históricos de la Masonería Española dice: “Es un mito tal, ya que hasta
ahora nadie ha podido demostrar que San Martín o Belgrano fueran masones, no
existen documentos probatorios; la ausencia de documentos no quiere decir que
no, pero no se puede demostrar que lo fueran”; y continúa “Las logias Lautaro nunca fueron sociedades
masónicas, lo que sucede es que de la masonería adoptaron la terminología y la
organización, ya que era una forma clandestina de poder extenderse y actuar”.
Hay que pensar en la
influencia de la religión católica en los pueblos americanos, herencia de
España, para la cual las ideas europeas y el libre pensamiento eran
incompatibles con la fe. Esta confusión de ideas condujo a que el mismo fervor
religioso de Belgrano fuese puesto en tela de juicio. Al respecto el Dr.
Horacio Bauer, abogado argentino y conocedor del tema, expresa: “No
se hace ningún comentario del fervor religioso de Belgrano durante su vida y de
cómo no tuvo problema en romper con cuanto logista o sociedad secreta fuera la
que se oponía a su causa. Tomó, como San Martín, los medios y las formas
masónicas al servicio de la causa”.
Rescatado las últimas
palabras del Dr. Bauer podemos advertir que tomar herramientas masónicas a su
alcance, habla de la maña de los patriotas, y su carácter práctico al utilizar
métodos ya probados de secretismo y organización, entre ellos Belgrano, para
alcanzar un bien mayor para la Patria; por ende tomar medios y formas de la
masonería no los hace masones.
Sarmiento, reconocido miembro
de la masonería, niega la índole masónica de las logias inspiradas en la Lautaro
confirmando su sentido político. En 1857 escribe: “El levantamiento de los criollos
requería prudencia, sigilo y combinación en todos los puntos de la América
española, y cosa natural, aunque sorprendente, en España se urdió la trama de
la tela de los grandes acontecimientos que muy luego se realizaron en América.
Cuatrocientos hispanoamericanos diseminados en la Península, en los colegios,
el comercio o en los ejércitos, se entendieron desde temprano para formar una
sociedad secreta conocida después en América bajo el nombre de Lautaro. Para
guardar secreto tan comprometedor, se revistieron de fórmulas, signos,
juramentos y grados de las sociedades masónicas, pero no era una masonería,
como generalmente se ha creído, ni menos las sociedades masónicas entrometidas
en la política colonial”.
Lo dice Sarmiento, quien
a la postre fuera Gran Maestre de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones
de Argentina y grado 33.
Por su parte Bartolomé
Mitre, también masón, que había alcanzado el grado 33 en 1860 y estudioso de
Manuel Belgrano señaló que las sociedades lautarinas era políticas y no
masónicas, expresando en uno de sus textos: “Las sociedades compuestas por
americanos, que antes de estallar la revolución se habían generalizado en
Europa, revestían todas las formas de las logias masónicas, pero sólo tenían de
tales los signos, fórmulas, etc. Su objeto era más elevado, no iniciaban en los
misterios sino en profesar el dogma republicano y se hallaban dispuestos a trabajar
por la independencia de América”.
Se ha dicho que
Belgrano fundó una logia en Tucumán y así lo aseveran distintos autores, pero
siguiendo el criterio que se expone, nunca pudo ésta ser masónica sino una
asociación de corte político, como todas las derivadas de la “Lautaro”.
Mariano Moreno,
secretario de la Primera Junta de 1810, provenía de una formación católica y
estaba doctorado en leyes bajo el juramento de defender el dogma de la
Inmaculada Concepción de la Virgen María, tal como lo hiciera Belgrano en
España al graduarse de abogado.
Será consecuente con
este juramento cuando como integrante del Primer Gobierno Patrio escribe en la
Gaceta del 21 de junio 1810: “Habrá
libertad de hablar y escribir en todo asunto que no se oponga en modo alguno a
las verdades santas de Nuestra Augusta Religión”. Más
severo aún al traducir el “Contrato
Social” de Rousseau, luego de censurarlo afirmando que “en materia
religiosa, Rousseau delira”.
El testimonio del
historiador Adolfo Saldías por su parte, incurre en un error intencionalmente
grave al dar por hecho situaciones que ligan a Manuel Belgrano con la
masonería, quizás fruto de su edad avanzada aseguró tener un “diploma” de creación de una logia en Tucumán por pate del
Libertador de Pueblos.
Saldías, casualmente fue
“hermano” grado 33, y no pudo afirmar
que posee en su poder un diploma de la logia de Tucumán, fundada por Belgrano,
porque “Salvo en las logias inglesas de
1806, no hay hasta hoy (el texto corresponde más o menos al año 1930) quien haya exhibido un modelo de diploma
desde la `Lautaro´ inclusive y demás sociedades secretas hasta la constitución
del Gran Oriente Masónico Argentino (1856)”.
Es principio
fundamental en Moral y en Derecho que nunca se puede dudar de la sinceridad de
una persona basándose en hipótesis. Sólo es lícito hacerlo cuando se tienen
pruebas valederas que permitan apoyar en ellas la suposición. Y eso ha ocurrido
con Belgrano. Se ha dicho de él que fue masón, y hasta enemigo del clero
católico. Pero se lo ha dicho sin pruebas, sin documentos que certifiquen tan
temerarias acusaciones. Ser liberal no significaba, como han supuesto algunos
autores, ser masón; cabría aquí recordar cuando Belgrano define su catolicismo
en sus operaciones en el Norte para revertir el desmadre provocado por la
acción de Castelli. La afinidad ideológica no puede ser equiparada a la
pertenencia institucional.
Bien expresa el
historiador coronel Juan Beverina cuando dice: “Entre las virtudes que adornaban a los grandes conductores de los
ejércitos de la Revolución y de la Independencia, se destaca con caracteres
inequívocos su acendrado espíritu religioso. Respondía ello no sólo a un
sentimiento íntimo de creyente, sino también al convencimiento de que, por ser
la religión un auxiliar valiosísimo para conservar la disciplina y un dique al
desenfreno de licencia y de las bajas pasiones..., el ejemplo del jefe no podía
menos que resultar beneficioso para inculcar y mantener vivo en la tropa el
concepto del deber hacia Dios y la Patria y del respeto hacia los semejantes”. Y continúa diciendo: “Limitándonos aquí a las dos figuras más representativas de la milicia,
San Martín y Belgrano –pues sería muy largo enumerar los ejemplos de muchos
otros generales (Paz, Saavedra, Soler, Zapiola, etc.), cuyas creencias
religiosas eran igualmente muy arraigadas, recordemos (las) circunstancias en
que aquellos dieron pruebas de sus piadosos sentimientos cristianos”.
El general Paz para dar
fe de estas palabras escribe en sus “Memorias Póstumas”: “Muchos han criticado al General Belgrano como un hipócrita que, sin
creencia fija, hacía ostentación de las prácticas religiosas para engañar a la
muchedumbre. Creo primeramente, que el General Belgrano era cristiano sincero”.
Belgrano no fue masón
sino patriota llano y limpio, y su figura, como tantas otras, pretendió ser
tomada por la masonería con el fin de acreditarse mayor importancia, el concepto
es valedero aunque suena un enfoque subjetivo.
La llamada “sesión
secreta” del 6 de julio de 1816 muestra a un Manuel Belgrano proponente de una
Monarquía Incaica, algo que ningún masón hubiera osado esgrimir como sistema de
gobierno para la nueva nación. La mayoría de los masones criollos de aquel
entonces eran abiertamente antimonárquicos, combatían este sistema de gobierno
con todas sus fuerzas, con todas las armas posibles; así lo deja expresado el
contemporáneo Bernardino Rivadavia, quien no está plenamente de acuerdo con la
propuesta de Belgrano.
Con el paso de tiempo
Bartolomé Mitre retoma el ataque que se le hizo a la propuesta belgraniana, ya
ridiculizada por escritos burlescos que partieron desde la Buenos Aires de
entonces, quien refiriéndose al posible Rey inca lo trataban de “el rey de las
patas sucias” de la “monarquía en ojotas”. Mitre, preclaro masón, volvió sobre
el particular y en vez de narrar objetivamente lo sucedido con Manuel Belgrano
y la propuesta de la Jefatura de Estado en un inca, volvió a ridiculizar la
propuesta de aquel a quien decía rendir homenaje con sus escritos.
Evidentemente el
concepto de una testa coronada no era, y nos aventuramos a decir no lo es
actualmente, una concepción política posible para un Reino del Río de la Plata,
Chile y Perú como lo escribe Belgrano en la propuesta de constitución
monárquica. Por ende Belgrano no estuvo ajustado al rigor de aquellos que
abrazaban los ideales masónicos americanos de aquellos tiempos.
Antes de concluir
debemos señalar un hecho singular que enmarca y confirma nuestra conclusión: en
las últimas horas del 8 de noviembre de 2025 la Gran Logia de la Argentina de
Libres y Aceptados Masones decidió hacer público parte de su archivo de
documentación histórica, desclasificando y dando a conocer públicamente dos
documentos que probarían que los ex presidentes Juan Domingo Perón y Raúl
Ricardo Alfonsín eran masones. Se mostraron a todas luces la solicitud de
ingreso del radical y el reconocimiento de gran maestre grado 33 del fundador
del movimiento nacional justicialista.
Los masones de Tucumán,
aprovechando esta ocasión, confirmaron que entre sus filas figuraron Julio
Prebisch, Percy Hill, Lucas Córdoba y Celedonio Gutiérrez, entre otros; pero ni
en uno ni en otro caso se mencionó a Manuel Belgrano.
Pablo Lázaro, Presidente
de la Gran Logia masona de Argentina, en declaraciones públicas expresó: "Nosotros entendemos que la masonería
no tiene nada que esconder…” y aseguró “Tenemos
un archivo central y tenemos muchos archivos en el resto de las logias que
durante mucho tiempo fueron guardados…” pero nada dice de Belgrano.
Juan Domingo Perón,
inicialmente afiliado a la masonería dijo más tarde sobre esta asociación a la
que pertenecía: "Dentro de nuestra
historia hubo dos líneas muy claras: la que obedece al imperialismo británico y
la nacional, la línea hispánica. Cuando se liberan los países de América, ya
los ingleses están comenzando a montar su imperio sobre los despojos del
imperio español. Todas las colonias españolas estaban azuzadas por los ingleses
para que se sublevaran, a tal punto que oficiales como Carlos María de Alvear y
San Martín son enviados a pelear en América por los ingleses. Viajan en barcos
ingleses. La que orquestó nuestra independencia fue la masonería”
Todos
los gobiernos que se escalonaron desde el de Rivadavia en adelante fueron
gobiernos de la masonería, gobiernos de la línea anglosajona (...) todos
obedecen a la logia, al rito celeste escocés, es la línea anglosajona. Pero
después, con los federales, va a cristalizar por primera vez algo fuerte: ya no
son las logias masónicas, sino la línea nacional, la línea hispánica, porque
siempre hubo una resistencia contra Inglaterra. En ella militaron Rosas,
Yrigoyen y yo", afirmaba el ex Presidente desde Puerta
de Hierro.
En conclusión, no hay
documento alguno que asevere indiscutiblemente que Manuel Belgrano fuera masón.
Ellos, la misma masonería, no los tiene. No pudieron hacerle ver la luz porque
simplemente no existen, tal cual lo aseverara un influyente miembro actual de
la masonería al ser consultado por un Académico Belgraniano.
A modo de colofón,
dígase lo que en conjunto varios autores aseveran; que todas las sociedades
secretas que se fundaron en la República Argentina antes de 1856, fueron de
índole político-social y ninguna de ellas fue estrictamente masónica.
Por tanto compete a la
Academia Belgraniana de la República Argentina enfrentar este dilema histórico,
con la recta intensión de disipar tinieblas y enmendar errores; con plena
convicción y conocimiento que al día de hoy no se ha encontrado —ni en archivos
argentinos ni europeos— ningún documento original que certifique la iniciación
masónica Manuel Belgrano; que no existe
acta de admisión, correspondencia con logias, mención en cartas privadas, ni
alusión alguna en los diarios de sus contemporáneos; como así tampoco hay mención
alguna en su autobiografía, ni en las brillantes Memorias del Consulado, ni en
su Testamento de 1820 aparece la más mínima referencia a la masonería, a ritos,
a grados o a compromisos secretos. Instancia corroborada por los preclaros historiadores
Bartolomé Mitre, Ricardo Levene, Ernesto Palacio, Emilio Ravignani, Enrique de
Gandía, Otero, Sierra y Norberto Galasso quienes coinciden en este punto esencial:
no hay evidencia directa y objetiva.
Al respecto Roberto
Arnaiz señala “En los registros conservados por la Gran Logia de la Argentina, en los
archivos de Cádiz, en los fondos de las obediencias francesas y británicas, no
figura su nombre –refiriéndose
a Manuel Belgrano- en ninguna planilla, lista de iniciados o acta constitutiva”.
Ricardo Levene
sentenció: “No he hallado ningún documento, ni correspondencia ni testimonio
contemporáneo que pruebe su pertenencia a logias masónicas. Todo lo que se ha
dicho al respecto pertenece al terreno de las conjeturas”. La
apreciación del historiador Ernesto Palacio, es rotunda: “Hacer de Belgrano un masón es
tanto como hacerlo inglés o francés. Fue, ante todo, un argentino ilustrado, un
cristiano moralista, y un patriota de razón y fe. Su religión fue el deber”.
Sabiendo que la
investigación y las rectificaciones, tienen por fin encontrar la veracidad y
evidencia, expresamos también que la verdad nunca es absoluta y que la historia
se basa y se sustenta en la documentación de las afirmaciones, aunque ésta
nunca es del todo imparcial.
Haciendo nuestras las
palabras de Enrique de Gandía “No defendemos la masonería, ni la atacamos.
No hemos sido ni seremos masones, como no pertenecemos a otras sociedades que
no sean históricas”.
Así
mismo esta corporación académica afirma que el sofisma de que en tiempos de Manuel
Belgrano había una coexistencia de dos masonerías -una masónica y la otra no
masónica- es impropio y falso. Jamás, en toda la historia de la masonería, se
ha encontrado un documento que demuestre esta doble existencia de una masonería que era masonería
y otra masonería que no lo era.
Propio
de la Academia Belgraniana de la República Argentina y de sus Académicos integrantes
es buscar lo nuevo en lo viejo, para crear lo nuevo de mañana en esto viejo de hoy.
Es hora de cuestionar. Es decir, es hora de comenzar a intentar hacer Historia;
por ello:
Por
todo ello
Visto,
1.
Que la cuestión relativa a la eventual
pertenencia de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano a la masonería
ha sido objeto de reiteradas afirmaciones en distintos ámbitos, muchas de las
cuales carecen de respaldo documental verificable;
2.
Que el análisis historiográfico exige
que toda atribución de pertenencia institucional se funde en evidencia
documental fehaciente, conforme a los principios metodológicos propios de la
disciplina histórica;
3. Que
no existe, hasta el presente, ningún documento probatorio que certifique y
compruebe que Manuel Belgrano era masón; y
Considerando,
a. Que, en el estado actual de
la investigación, no se han hallado actas de admisión, registros de logias,
correspondencia específica, testimonios contemporáneos directos ni documento
alguno que acredite la iniciación o pertenencia de Manuel Belgrano a
organización masónica alguna;
b. Que
la revisión de archivos nacionales e internacionales, así como de fondos
documentales vinculados a obediencias masónicas, no ha permitido identificar
constancia probatoria en tal sentido;
c. Que
las interpretaciones que sostienen dicha pertenencia se basan, en su mayoría,
en inferencias, analogías o tradiciones historiográficas no corroboradas
mediante fuentes primarias;
d. Que
la afinidad de Belgrano con ideas ilustradas o su eventual participación en
ámbitos de sociabilidad política no constituye prueba suficiente de afiliación
institucional a la masonería;
e. Que
su reconocida religiosidad y su trayectoria pública se encuentran ampliamente
documentadas, sin que de ellas se desprenda evidencia directa de pertenencia
masónica;
f. Que
corresponde, en consecuencia, distinguir con claridad entre hipótesis
interpretativas y hechos históricamente comprobados;
g. Que,
conforme al estado actual del conocimiento histórico y al análisis riguroso de
las fuentes disponibles, no existe
evidencia documental alguna —en archivos nacionales o extranjeros, ni en
registros institucionales de la masonería— que permita afirmar que Manuel
Belgrano haya sido miembro de logia masónica alguna.
h. Que,
en virtud de lo expuesto, la atribución de pertenencia masónica a Manuel
Belgrano debe ser considerada una
hipótesis no demostrada, carente de sustento documental suficiente;
i. Que
la figura de Manuel Belgrano debe ser comprendida y valorada en el marco de su
trayectoria histórica, sus ideas y su acción pública, sin recurrir a
atribuciones institucionales que no se encuentren debidamente acreditadas;
j. Que
lo actualmente conocido y difundido por diversas fuentes, tiempos y medios, son
una serie de relatos carentes de fundamentos escritos, papeles, registros,
expedientes o certificados que pretenden afirmar lo que no puede ser demostrado
objetiva y documentalmente; y que fruto de un riguroso criterio de
interpretación, sistematización de los principios belgranianos, profundización
de las enseñanzas del Prócer y tenidas en cuenta las rigurosas reglas
fundamentales dentro del sistema de análisis históricos; basada en el estudio y en la opinión del
Cuerpo Académicos y de expertos consultados;“nihil
obstat”:
Resolvemos,
Solicitar al Senado Académico de la Academia Belgraniana de la República Argentina, se declare doctrinariamente sobre MANUEL JOSÉ JOAQUÍN DEL CORAZÓN DE JESÚS
BELGRANO, y su posible ADHESIÓN A LA
MASONERÍA.
“Affirmantis est probare”
Prof. PhD Rubén Alberto Gavaldá y Castro
Académico Presidente
Academia Belgraniana de la República Argentina
Biografía y repositorio consultados:
ACADEMIA
BELGRANIANA. Archivo y biblioteca institucional.
CAILLET-BOIS,
Ricardo. Belgrano y el pensamiento político del Río de la Plata. Ed. Plus
Ultra, 1970
CONGREGACIÓN
PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Acta Apostolicae Sedis: Decretos contra la Masonería
(1738–1983) . Tipografía Vaticana. 1985
CORBIERE,
Emilo J. La Masonería. Política y Sociedades Secretas. Ed. Sudamericana. 1998
DE
GANDÍA, Enrique. La Independencia de América y las sociedades secretas. Ed.
Sudamérica Santa Fe. 1994.
DE
GANDÍA, Enrique. Historia de la Masonería en América. Editorial Freeland. 1956
FRAU
ABRINES, Lorenzo y ARIÚS ARDERIU, Diccionario Enciclopédico de la masonería.
Ed. Kier.1947
LAS
HERAS, Antonio. Belgrano y la Masonería. Ed. Argentinidad. 2020
LAZCANO,
Martín V. Las Sociedades Secretas, Políticas y Masónicas en Buenos Aires. Pedro
García Editor. 1927.
LEVENE,
Ricardo. Belgrano y su época. 1953
LOS
SUCESOS DE MAYO, Contado por sus autores. Prólogo del Dr. Ricardo Levene. 1953
MITRE,
Bartolomé- Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. 1947
SÁNCHEZ
DE LORIA, Horacio M. “Belgrano: ejemplo de ética y compromiso patriótico”.
“Aproximación
a la espiritualidad de Manuel Belgrano” Academia de Ciencias Morales y
Políticas de la República
ZAPIOLA,
José Matías. Memorias y Documentos sobre la Independencia. 1888
