Discurso pronunciado en ocasión de la celebración
del 256° aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano
Barrancas de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires
miércoles 3 de junio de 2026
En el día de hoy conmemoramos un nuevo aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano, en los tiempos que corren, volver los ojos hacia su cuna es, fundamentalmente, una necesidad urgente de buscar una brújula moral y un sentido de trascendencia que guíe nuestros propios pasos.
Plutarco, en sus Vidas paralelas, escribió que la contemplación de las grandes vidas mueve a los hombres no sólo a admirarlas, sino también a imitarlas.
El historiador griego se refería principalmente a los grandes conductores militares de la Antigüedad, cuyas virtudes bélicas, políticas y cívicas consideraba dignas de ser transmitidas a las generaciones futuras. Sin embargo, este concepto trascendió los siglos y los ámbitos.
Durante la Edad Media, la Iglesia elevó la hagiografía a una verdadera escuela de formación moral, donde la contemplación de la vida de los santos se fundaba en la premisa de que leer sobre sus ejemplos fortalecía espiritualmente a los fieles y los impulsaba a imitar sus virtudes.
En ese mismo sentido se atribuye a San Agustín la sentencia «Summa religio est imitari quem colis» [“La máxima religión consiste en imitar a quien veneras”], moraleja que bien podría extenderse a toda contemplación verdadera de la grandeza humana.
Ambas reflexiones encuentran una singular aplicación en la figura de Manuel Belgrano, el prócer que nos convoca en el día de la fecha.
Porque Belgrano fue militar, y como tal supo ejercer el valor, la abnegación y el sacrificio al servicio de la patria. Pero reducirlo a esa sola faceta sería, además de reduccionista, desconocer la verdadera dimensión de su legado. Fue jurista, economista, periodista, diplomático, educador y estadista; y aun esta larga enumeración resulta insuficiente para abarcar la riqueza de una vida enteramente consagrada al bien común. Belgrano pertenece a esa rara categoría de hombres cuya grandeza no puede explicarse por un único mérito, sino por la armoniosa conjunción de múltiples virtudes y talentos puestos al servicio de una causa superior.
Importa aquí recordar que esa formación extraordinaria nunca fue un accidente del destino, ya que cuando en 1786 partió hacia España para estudiar leyes, Belgrano, según sus propias palabras, no contrajo su aplicación tanto a la carrera jurídica como al estudio de la economía política, el derecho público y los idiomas modernos. En las aulas de Salamanca y Valladolid, junto a la Riqueza de las naciones de Adam Smith y al Espíritu de las leyes de Montesquieu, forjó ese espíritu reformador que traería de regreso al Río de la Plata. Hombre de su tiempo, fue sin embargo capaz de convertir las ideas en instituciones, los ideales en escuelas, y los principios en banderas, literal y figuradamente. Era, en síntesis del historiador Rafael Gagliano, «un criollo ilustrado y católico, revolucionario y fiel ciudadano», convencido de que la modernidad y la fe no se excluían, sino que se necesitaban.
Sin embargo, al observar el horizonte del mundo actual, podemos advertir una fractura en esa cadena de imitación de la virtud. Vivimos en una realidad profundamente distinta a la que conoció nuestro prócer. Los jóvenes de hoy atravesamos una era de vertiginosas transformaciones sociales, donde el espíritu y la voluntad parecen diluirse en un materialismo que pretende caminar al margen de toda trascendencia y sentido superior. Frente a esta desolación de sentido, la figura de Belgrano debe emerger como el arquetipo heroico, nacional y de profunda integridad moral que interpela directamente a nuestra juventud.
Mientras que en la sociedad contemporánea se exalta con frecuencia la autonomía del individuo sin raíces, conviene recordar una de las consignas que Belgrano nos dejó escrita en el Correo de Comercio: «El origen más serio y verdadero de la sabiduría es la ley evangélica». Su vida no fue nunca una búsqueda de glorias personales, sino una misión trascendente confiada a la
Divina Providencia. Él mismo lo expresó sin rodeos: «Que nos entristezcamos o nos alegremos, la mano que todo lo dirige, no por eso va a variar». Fue precisamente esa fidelidad inquebrantable a sus convicciones lo que dio unidad y sentido a toda su existencia. Belgrano no se limitó a proclamar principios, sino que los encarnó en cada una de sus acciones, aun cuando ello le implicó cuantiosos sacrificios personales. Su vida fue un testimonio coherente
de servicio al bien común, de amor a la patria y de adhesión a aquellos valores superiores que consideraba fundamento indispensable de toda sociedad justa y virtuosa.
Por ello, su figura ha trascendido el tiempo y las circunstancias de su época. No estamos hoy aquí para recordar a Manuel Belgrano únicamente por su nacimiento, o por la creación de nuestra bandera, ni por los altos cargos que desempeñó. Lo recordamos porque supo vivir conforme a un ideal moral que otorgó nobleza a cada una de sus empresas. Si nos reunimos en esta fecha para honrar su memoria, es porque reconocemos en él a un auténtico padre de la
Patria, un hombre a imitar, cuya grandeza nació de la coherencia entre sus principios y sus actos.
Pero ¿qué significa, en concreto, imitar a Belgrano? No se trata, claro está, de reproducir sus circunstancias, distintas son las batallas que hoy nos convocan, sino de apropiarnos de su método vital. Y ese método puede resumirse en tres virtudes que hoy escasean pero que se necesitan más que nunca.
La primera es la coherencia. Belgrano fue, ante todo, un hombre íntegro, es decir que lo que pensaba, lo decía; lo que decía, lo hacía. Cuando en 1810 juró como vocal de la Primera Junta, renunció voluntariamente a su sueldo, acto que no era obligatorio, pero que sus convicciones así lo exigían.
Cuando las victorias de Tucumán y Salta llenaron de júbilo a la patria, cedió el premio de cuarenta mil pesos fuertes que le otorgó la Asamblea del Año XIII para fundar cuatro escuelas en las provincias del norte. Era, en sus propias palabras, un hombre que no buscaba «las glorias, ni los honores, ni los empleos, ni los intereses», sino únicamente ver a la patria constituida.
La segunda virtud es la vocación de servicio. Belgrano comprendió tempranamente que los talentos se administran. Su extraordinaria formación intelectual, adquirida en Salamanca y Valladolid, jamás fue convertida en capital personal. Al regresar al Río de la Plata, la puso al servicio de la comunidad, fundó el periódico Correo de Comercio, impulsó la creación de escuelas, propuso academias de náutica, de matemáticas y de dibujo, y redactó memorias económicas que anticipaban debates que hoy seguimos sin resolver. Su célebre frase «Fundar escuelas es sembrar en las almas», al margen de las discusiones académicas en torno a su autenticidad, era intrínsicamente un programa de gobierno.
La tercera virtud, quizá la más necesaria para nuestra generación, es la esperanza activa. Belgrano jamás cedió al pesimismo, aun en las horas más oscuras. Derrotado en el Paraguay, en las costas del Paraná, en Vilcapugio y en Ayohuma, regresaba al combate. Enfermo, empobrecido, olvidado por buena parte de sus contemporáneos, escribió en los últimos meses de su vida cartas que destilan una serenidad inquebrantable. Sabía que la historia no la escriben los que ganan todas las batallas, sino los que no abandonan nunca la causa. «No hallo medio entre salvar a la patria o morir con honor», dijo. Y esa frase, lejos de sonar a fatalismo, suena a libertad, la libertad del hombre que sabe exactamente para qué vive.
Hay una escena que condensa todo esto con una elocuencia que ningún discurso podría superar.
El 27 de febrero de 1812, a orillas del Paraná, Belgrano izó por primera vez la bandera celeste y blanca frente a sus tropas y pronunció estas palabras: «Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional; ya tenéis vuestra divisa; ya tenéis vuestra empresa grande». Era un símbolo, una promesa, un acto de fe en el porvenir de una nación que todavía no existía como tal. Belgrano creó la bandera argentina antes de que hubiera una Argentina que izar. Eso se llama visión. Eso se llama intrepidez. Y eso, es lo que nos exige el presente.
Permítanme entonces concluir volviendo al punto de partida, cuando hablé de la imitación de las grandes vidas. Plutarco tenía razón, y la historia argentina lo confirma. Belgrano no nos convoca desde el pasado para que lo veneremos desde la distancia cómoda del bronce y el mármol. Nos convoca para que lo sigamos. Nos convoca para que seamos coherentes cuando es incómodo serlo, para que sirvamos cuando nadie nos lo exige, para que esperemos activamente cuando todo invita al desánimo.
Y a los jóvenes, decirles que esta es nuestra mayor ventaja. Tenemos por delante la vida entera para demostrar, con hechos, que el ejemplo de Belgrano no fue una anomalía de la historia, sino una posibilidad permanente del alma humana. Tenemos tiempo para construir las escuelas que él soñó, para defender los principios que él encarnó, para amar a la patria con esa misma mezcla indisoluble de razón y fe que lo guio desde Salamanca hasta Buenos Aires, donde dejó como único legado visible unas pocas monedas y una patria que todavía aprendía a caminar.
Pero ese legado invisible, el de una vida vivida con integridad, con servicio y con esperanza, es el más duradero de todos. Y está, hoy, enteramente a nuestra disposición.
Gloria a Manuel Belgrano!.
Lucas Virasoro
Presidente del Círculo de Jóvenes Belgranianos
lAcademia Belgraniana de la República Argentina
