miércoles, 1 de julio de 2026

Disertación de ingreso del Académco correspondiente en General Belgrano Mtro. Claudio Acevedo

 


"El entorno humano social y afectivo de Manuel Belgrano

en torno a la creación de nuestra Enseña Nacional"

 

Por el maestro Claudio Acevedo

Académico correspondiente en General Belgrano

 

 Conferencia de ingreso

vía streaming

1 de julio de 2026


…Y Un DON alzó la mirada.


Escenas alrededor del entorno humano, social y afectivo que hizo que Manuel Belgrano fuera quien fue entonces para convertirse en quien es hoy.


«Cuanto más grande se vuelve un hombre o un hecho, más fácil es olvidar el universo de momentos que lo hizo posible.»


M° Claudio Acevedo


ESCENA 1

«…Y Un Don alzó la mirada»


Antes del símbolo hubo una casa.

Antes del uniforme hubo un escritorio.

Antes del prócer hubo un hijo.

Y antes del recuerdo hubo un presente que todavía no sabía que estaba entrando en la historia.


Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770.

Hijo de Domingo Belgrano y Peri —apellido que con el tiempo y por usos idiomáticos derivó muchas veces en formas castellanizadas— y de María Josefa González Casero, creció en una familia de posición económica acomodada dentro del mundo comercial del Virreinato del Río de la Plata.

Ese dato suele decirse rápido, pero tal vez convenga detenerse. Porque el contexto importa.

Belgrano no nació en el margen. No nació en el aislamiento.

Nació dentro de una estructura social que ofrecía oportunidades, vínculos, educación y cercanía con el funcionamiento administrativo de una colonia que todavía se pensaba parte de algo mucho más grande que sí misma.

Todavía no existía Argentina. Todavía no existía una idea compartida de patria. Todavía no existía un horizonte claro de independencia.

Existía otra cosa.

Existía pertenencia. Existía obediencia. Existía un orden. Un orden ajeno en su origen.

Y dentro de ese orden comenzaban lentamente a aparecer preguntas.

Como tantos hombres formados de su tiempo, estudió lejos del Río de la Plata.

Entró en contacto con ideas económicas, jurídicas y filosóficas que circulaban en Europa.

Pero hay algo interesante.


Cuando volvió, no volvió revolucionario. Volvió funcionario.

Volvió convencido de que la educación, el trabajo, la producción y el conocimiento podían mejorar la vida de las personas.

Volvió creyendo que transformar también podía significar administrar mejor.

Y quizá ahí haya una primera clave.

Porque muchas veces la historia parece enseñarnos que los grandes cambios nacen de grandes rebeldías.

Y quizá algunas veces nazcan de otra cosa.

De observar. De pensar. De detenerse. De hacerse preguntas.

Tal vez por eso el gesto más importante de esta escena no sea una decisión.

Sea una mirada.

Porque todavía faltaban años para la escarapela. Todavía faltaban años para la bandera.

Todavía faltaban años para que otros hombres dijeran su nombre mirando un mástil.


Pero ya estaba ocurriendo algo.

Un hombre empezaba a mirar más lejos que el presente inmediato.

Y quizá el destino no empiece cuando alguien avanza. Quizá empiece cuando alguien se detiene un instante… y alza la mirada.


ESCENA 2

«…Celeste y Blanca promesa»


La historia suele recordar respuestas. Pero antes existieron preguntas.

Y antes de las preguntas hubo miradas. Y antes de las miradas hubo costumbres tan antiguas que parecía imposible que pudieran cambiar.


Cuando Manuel Belgrano regresó al Río de la Plata después de sus años de formación europea, encontró una ciudad que no estaba quieta.

Aunque desde lejos pudiera parecerlo.

Buenos Aires todavía era ciudad virreinal. Todavía respondía a una autoridad lejana.

Todavía organizaba su vida entre instituciones coloniales, comercio regulado, privilegios, burocracias y jerarquías heredadas.


Pero por debajo comenzaban a circular otras cosas.

Ideas. Lecturas. Conversaciones… Dudas.


No siempre llegaban como libros. A veces llegaban como noticias. A veces como cartas. A veces como relatos deformados por el viaje. A veces simplemente como alguien contando algo que otro había escuchado en un puerto.


Hay una pobreza que suele confundirse.

No siempre era pobreza material. Muchas veces era pobreza de horizonte. Pobreza de experiencia política.

Pobreza de herramientas para imaginar otra organización posible.

Pobreza de costumbre de pensar futuro.

No porque faltaran hombres. No porque faltara inteligencia. Tal vez porque todavía faltaban palabras.


Belgrano empezó a escribir. Y eso no es un detalle.

Desde el Consulado escribió memorias sobre agricultura, comercio, educación, industria y desarrollo.

Le preocupaba la producción. Le preocupaba el trabajo. Le preocupaba la formación.

No hablaba todavía de independencia.

Hablaba de mejorar.

Y quizá ahí exista una diferencia importante.

Porque muchas veces imaginamos a los revolucionarios como hombres que nacen queriendo romper.

Y tal vez algunos empiezan queriendo reparar.


Mientras tanto, la ciudad seguía respirando. Había tertulias. Había reuniones. Había música. Había conversaciones familiares. Había espacios donde las ideas empezaban a mezclarse con la vida cotidiana.

Todavía nadie levantaba banderas. Pero empezaban lentamente a aparecer preguntas nuevas.

Y cuando aparecen preguntas nuevas… es que algo ya empezó a cambiar.

Quizá toda promesa nazca así.

No como una declaración. No como una victoria. No como un acto.

Tal vez nazca primero como una incomodidad… Como una idea pequeña, como una conversación.

Como una pregunta que empieza a quedarse a vivir dentro de una época.


Y quizá por eso esta escena no habla todavía de una bandera.

Habla de una promesa.

Celeste y blanca.

Todavía sin tela.

Todavía sin mástil.


Todavía sin nombre.


ESCENA 3

«…Que fue cinta y fue enseña»


Antes de ser símbolo, casi todo fue señal.

Antes de ser patria, casi todo fue reconocimiento.

Antes de ser bandera, casi todo fue apenas una manera de decir: estamos juntos.


Hay una costumbre muy humana: Mirar el pasado sabiendo cómo termina. Y quizá eso sea injusto, porque quienes vivieron aquellos años no sabían lo que nosotros ya sabemos.

No caminaban hacia una nación. Caminaban hacia un día más. Tomaban decisiones dentro de un presente incierto, y casi con seguridad diría que muchas veces sin imaginar las consecuencias.


Las invasiones inglesas dejaron algo que suele contarse poco.

No solamente hubo defensa. No solamente hubo combate.

Hubo descubrimiento.

Por un instante —corto, incómodo y profundamente transformador— muchos habitantes del Río de la Plata descubrieron algo inesperado: que podían organizarse. Que podían sostener. Que podían responder.

Que podían actuar incluso cuando las órdenes tardaban o no llegaban.

Y cuando eso sucede, algo cambia.

Todavía no cambia el gobierno. Todavía no cambia el mapa. Todavía no cambia la ley.

Pero cambia una pregunta.

Y cuando cambia una pregunta… empieza lentamente a cambiar una época.

Comenzaron entonces a aparecer pequeños gestos: Cuerpos militares. Insignias. Distinciones. Colores. Escarapelas.

No todavía como símbolos nacionales.

Sí como formas prácticas y humanas de reconocerse.

Porque en medio del polvo, del ruido, del movimiento y del miedo… una señal deja de ser un detalle.

Empieza a convertirse en orientación.


Tal vez por eso la historia de los colores merezca una pausa.

Belgrano impulsó el uso de escarapelas para distinguir cuerpos y ordenar pertenencias. La tradición posterior vinculó esos colores con el blanco y el celeste.


Y aunque existan discusiones historiográficas sobre detalles, formatos y sentidos precisos, hay algo que parece mantenerse: antes de convertirse en identidad nacional… fueron una forma de reconocerse.


Y quizá aquí aparezca una pregunta que todavía sigue viva. Quizá la pregunta no sea por qué necesitaban existir. Quizá sea porque necesitaban existir.

Porque en tiempos de incertidumbre una señal puede convertirse en refugio.


Y entonces… ¿Por qué en tiempos de incertidumbre una señal se vuelve refugio?

Porque cuando todavía no existe una respuesta compartida, una señal permite empezar a reconocerse.

Y cuando un grupo empieza a reconocerse… quizá empieza también a imaginarse.


Tal vez por eso una cinta nunca fue solamente una cinta.

Nunca fue solamente color.

Nunca fue solamente tela.

Porque una tela puede dejar de ser tela. Y aquello que todavía no tenía nombre… empezaba lentamente a tener colores.


Porque antes de convertirse en bandera… también fue cinta. Y también fue enseña.


ESCENA 4

«…Paso a paso fue la tropa»


Las revoluciones rara vez tienen una sola voz. Y rara vez empiezan en una plaza. Empiezan mucho antes.

En conversaciones. En sobremesas. En amistades. En discusiones. En silencios. En habitaciones donde todavía nadie sospecha que está entrando en la historia.


Tal vez por eso, para mirar a Manuel Belgrano, haga falta levantar un poco la vista y mirar alrededor.

Porque nadie piensa completamente solo. Y nadie transforma completamente solo.

En ese mundo aparece una relación que ayuda a entender algo del clima de época.

La de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Juan José Castelli.

Primos. Formados dentro de una misma trama familiar.

Cercanos en tiempo.


Distintos en carácter.

Y probablemente complementarios en aquello que cada época necesita.


La historia suele recordar más fácilmente los discursos que las conversaciones...

Más los hechos que las relaciones.


Pero entre aquellos hombres circulaban ideas. No siempre coincidencias. No siempre estrategias iguales.

Sí preguntas parecidas: “Qué…”; “Cómo…”; “Cuándo…” “Por qué…”; “Para quién…”

Qué hacer. Cómo hacerlo. Hasta dónde avanzar. Qué conservar. Qué transformar.


Castelli aparece acaso más bien asociado a una voz más frontal. Más impaciente frente a ciertas estructuras.

Belgrano dejó, en cartas y escritos, una preocupación constante por la educación, el orden, el trabajo, la producción y una idea muy fuerte del deber público.


No eran opuestos. Tal vez eran expresiones distintas de una misma tensión histórica. Y quizá ahí aparezca algo interesante…

Porque tendemos a imaginar los procesos históricos como una fila de héroes… Y quizá muchas veces sean más parecidos a una ronda de personas que todavía no terminan de ponerse de acuerdo.


Mientras tanto, alrededor seguía ocurriendo la vida.

Las casas. Las tertulias. Los encuentros. Las noticias llegadas por barcos. Las lecturas compartidas. Los comentarios repetidos. Las ideas que cambiaban de idioma antes de cambiar de patria.

Y también estaban quienes rara vez quedan escritos.


Las madres. Las hermanas. Las esposas. Las hijas. Las anfitrionas.

Las mujeres que sostenían espacios donde circulaban vínculos, dudas, recelos, impulsos, conversaciones y mundo.

Mucho antes de que el Himno tuviera casa, mucho antes de que una generación encontrara voz, ya existían mesas donde una época empezaba lentamente a escucharse a sí misma.


Y quizá por eso después aparecerán nombres como el de Mariquita Sánchez de Thompson.

No como anécdota. No como postal. Sino como recordatorio de algo más profundo:

La historia también se piensa. También se conversa. También se hospeda, se sostiene con silencios que aceptan y acompañan apretando dientes, espigas, pañuelos, con el corazón mustio y la mirada en un regreso incierto…


Y entonces aparece una pregunta que no conviene responder demasiado rápido: ¿Hay diferencia entre participar de un tiempo y sentirse parte de él? ¿Hay diferencia entre estar involucrado en los avatares de un símbolo y sentirse comprometido con los avatares de una enseña? ¿Hay diferencia entre acompañar una causa y sentirse parte de aquello que la causa intenta construir?


Quizá por eso la canción no dice destino.

Dice tropa.

Porque una tropa no es una persona.

Es una decisión compartida que todavía no conoce del todo hacia dónde camina.

Paso a paso.

Como fue la tropa. Sin saber todavía lo que sería.


ESCENA 5

«…Huella abierta en tierra pobre»


La historia suele recordar las grandes decisiones. En la escuela, se nos pregunta muchas veces acerca de “quién” y “cuándo”…

Menos veces se pregunta con qué herramientas interiores fueron tomadas. Menos veces se pregunta qué clase de mundo tuvo que existir para que alguien pudiera pensar aquello que todavía no existía.


Hay una palabra que en este ensayo se pronuncia, se intuye, se deja entrever como ese actor que no siempre aparece en escena pero siempre está ahí nomás, entre bambalinas, y pide una aclaración, una reflexión:

Pobreza.

Cuando aquí aparezca la palabra pobreza no deberá leerse solamente como carencia material.

Porque muchas veces el problema de una época no es lo poco que tiene sino lo poco que alcanza a imaginar.

Había pobreza de caminos. Pobreza de tiempo compartido. Pobreza de noticias. Pobreza de educación extendida. Pobreza de experiencia política. Pobreza de costumbre de imaginar futuro. Pobreza de herramientas para pensar el bien común. Pobreza de posibilidad de sentirse parte de algo que todavía no tenía nombre.

No porque faltaran hombres.

No porque faltara coraje.

No porque faltara inteligencia…

Tal vez porque todavía faltaban palabras.


El Río de la Plata de comienzos del siglo XIX no era solamente una geografía lejana. También era una periferia del tiempo. Las noticias cruzaban océanos. Las cartas llegaban tarde. Los relatos cambiaban mientras viajaban.

Una conversación en Europa podía tardar meses en convertirse en idea.

Y una idea podía tardar años en convertirse en decisión.

Lo que alguien había visto, lo que otro había escuchado, lo que otro creyó entender, lo que otro volvió a contar…

Así viajaba gran parte del mundo.

Y quizá por eso resulte tan extraordinario algo que hoy damos por hecho.

Que algunas personas empezaran a pensar una patria.


No una administración mejor. No una provincia más eficiente. No una corrección.

Una patria.

Todavía no existía experiencia de libertad compartida. Todavía no existía tradición nacional. Todavía no existía memoria argentina.

Existían personas. Existían pagos. Existían regiones. Existían pertenencias pequeñas.

Y algunas personas empezaron a imaginar algo más grande que ellas mismas.

No porque supieran lo que iba a pasar.

No porque vieran el final.

No porque fueran profetas.

Quizá porque aceptaron caminar sin verlo.


Y entonces aparecen nuevas preguntas: ¿Hace falta tener certeza para avanzar? ¿O muchas veces avanzar es precisamente caminar sin garantías?


Quizá por eso algunos hechos posteriores parecen tan enormes. Porque cuando uno mira hacia atrás olvida algo: ellos no caminaban sabiendo que serían próceres. Caminaban intentando entender.


Y quizá ahí haya una forma distinta de mirar aquel valor: No en haber llegado. Sino en haber empezado. Huella abierta en tierra pobre… pero rica en valentía.

Y quizá entonces la valentía aquella no haya sido vencer. Tal vez haya sido imaginar.



EPÍGRAFE INTERMEDIO

«Rescatar el entorno que hizo que ese hombre o ese hecho fueran lo que fueron para ser lo que son.»


M° Claudio Acevedo


ESCENA 6

«…No era un trozo de tela»

Tal vez una bandera no aparece cuando un país ya existe. Tal vez aparece cuando empieza a imaginarse.

Y quizá por eso convenga detenerse un momento. Porque esta escena no intenta hablar de la bandera.

Intenta hablar del instante anterior.

Ese momento extraño en que una idea todavía no tiene forma… pero empieza a necesitarla.


La historia conserva preguntas abiertas sobre las primeras formas materiales de la bandera creada por Manuel Belgrano.

Existen registros. Existen referencias. Existen interpretaciones. Existen reconstrucciones. Y como suele suceder con las cosas que nacen en movimiento, no todo quedó fijado de manera absoluta.

Pero quizá eso también diga algo.

Porque antes del símbolo definitivo hubo búsqueda. Hubo prueba. Hubo necesidad. Hubo contexto.

Y quizá sea importante decir algo que muchas veces se simplifica:

Los colores no aparecieron de la nada. Las señales no aparecieron de la nada. Las insignias no aparecieron de la nada.

Existía una tradición militar. Existía necesidad de reconocimiento. Existía necesidad de distinguir. Existía necesidad de pertenecer.


Belgrano había impulsado ya el uso de escarapelas para distinguir cuerpos y ordenar identidades.

No era solamente una cuestión estética. Era una decisión práctica. Y también humana.

Porque en medio del movimiento… las personas necesitan reconocerse. Levantar la vista y saber hacia dónde volver… saber dónde están los propios. Saber dónde sostenerse.

Y quizá por eso una señal deja de ser un detalle.

Empieza lentamente a convertirse en refugio.

Quizá la pregunta no sea si necesitaba existir una señal… -hoy está claro que debía existir-… Quizá la pregunta sea “por qué”.

Porque en tiempos de incertidumbre una señal fue refugio. Y entonces…

¿Por qué en tiempos de incertidumbre una señal se vuelve refugio?


Porque cuando todavía no existe una respuesta compartida, una señal permite empezar a reconocerse.

Y cuando un grupo empieza a reconocerse… quizá empieza también a imaginarse más que un grupo.

Años después aparecerán otras banderas.


Entre ellas la del Ejército de los Andes. No para reemplazar aquella. No para corregirla. No para discutirla.

Sino para cumplir otra misión. Otro camino. Otro cuerpo. Otra geografía.

Otra forma de llevar adelante una misma pregunta.

Y quizá ahí exista algo hermoso: Que las diferencias no siempre significan ruptura.

A veces significan continuidad.


No era un trozo de tela.

Era una necesidad. Era orientación. Era una pregunta que empezaba a tener colores.

Acaso la bandera no haya aparecido para mostrar un país.

Tal vez apareció para empezar a existir.


ESCENA 7

«…Como quien mira su pago»


Hay diferencia entre reconocer un símbolo y sentirse parte de él. Seguramente no sea esta una diferencia pequeña. Porque reconocer puede ser un acto de memoria.

Pero pertenecer… pertenecer es otra cosa.


Y entonces aparecen -otra vez- más preguntas:

¿Hay diferencia entre estar involucrado en los avatares de un símbolo y sentirse comprometido con los avatares de una enseña?

¿Hay diferencia entre acompañar una causa y sentirse parte de aquello que la causa intenta construir?


Tal vez esta escena exista para intentar caminar alrededor de esas preguntas.

No para responderlas.

Porque quizá ahí haya una parte importante del mundo que hizo posible a Belgrano.


Hay algo que suele pasar con los símbolos.

Con el tiempo dejan de pertenecer a las personas que los crearon. Empiezan a pertenecer a quienes los heredan.


Y en ese camino muchas veces olvidamos que primero existieron personas comunes atravesando días comunes.

Belgrano conoció reconocimientos. Pero también conoció silencios.

Conoció entusiasmos. Pero también derrotas.

Conoció obediencias. Y conoció decepciones.

Conoció el peso de sostener ideas cuando todavía no parecían inevitables.

Y también tuvo vida. Tuvo afectos. Tuvo vínculos. Tuvo espacios sociales. Tuvo conversaciones. Tuvo gustos.


Como muchos hombres formados de su época, participó de ambientes donde convivían músicas, danzas y formas sociales europeas que llegaban lentamente al Río de la Plata.


El minué, la contradanza, el vals, la tirana… y otras formas de salón convivían con una tierra que todavía buscaba su propia voz.

Pero quizá lo más interesante no sea preguntarse qué bailaba.

Tal vez sea preguntarse qué estaba cambiando mientras sonaba la música. Qué ideas llegaban junto con quienes traían esos ritmos y estilos -y las razones de sus orígenes y raíces-... Qué noticias se repetían.

Qué palabras empezaban a cambiar de sentido.

Qué cosas dejaban lentamente de sentirse ajenas.


Y mientras tanto seguían existiendo las casas. Las familias. Los pagos. Los barrios. Los amigos…

Los que esperaban. Los que se quedaban. Los que nunca aparecerían en los cuadros.

Los que jamás aparecieron en los libros de historia, y sin embargo allí estuvieron. Y fueron. E hicieron.


Porque quizá la historia no se construye solamente con quienes marchan.

También se construye con quienes esperan.

Por eso esta escena habla de pago y no de territorio.

Porque el pago se mira distinto. No se mira como un mapa. No se mira como una posesión. No se mira como una frontera.

Se mira con memoria. Con pertenencia. Con afecto.


Con algo que todavía no tiene nombre… pero ya tiene raíz.


Quizá por eso esos hombres podían mirar una tela y empezar a reconocer algo más.

No porque representara una nación terminada.

Sino porque empezaba a representar aquello que querían dejar de perder.


Y entonces tal vez pertenecer nunca haya sido mirar hacia atrás. Tal vez pertenecer haya sido entonces decidir hacia dónde caminar.


Como quien mira su pago.


EPÍLOGO

«…En la piedra y en el hielo…»

No busco acercar la linterna al prócer. Intento encender luces alrededor del hombre.

No para disminuir el símbolo. Tal vez para devolverle escala.

No para preguntarnos si Manuel Belgrano habría sido menos, sino tal vez para preguntarnos si nosotros, al resumirlo, no terminamos viendo menos.


Porque hay algo extraño que sucede con el tiempo:

Cuanto más grande se vuelve un hombre… más fácil se vuelve olvidar el mundo que lo hizo posible.

Y cuanto más monumental se vuelve un hecho… más fácil se vuelve olvidar que alguna vez fue una conversación. Una duda. Un cansancio. Un error. Una mesa. Una carta. Una caminata. Un miedo. Un entusiasmo.

Una persona.


Por eso este trabajo no quiso acercarse al mármol.

Intentó detenerse alrededor.

Mirar los bordes.

Escuchar el ruido.

Entrar por las puertas laterales.

Volver a poner personas donde después quedaron símbolos.


No para explicar a Belgrano.

No para traducirlo.

No para apropiarlo.


Tal vez apenas para devolverle algo que el tiempo suele llevarse.

Escala humana.


Porque antes de cada bandera hubo conversaciones.

Antes de cada símbolo hubo personas.

Antes de cada recuerdo hubo un presente que todavía no sabía en qué se convertiría.

Hubo madres.

Hubo hijos.

Hubo pagos.

Hubo esperas.

Hubo errores.

Hubo incertidumbre.

Hubo noticias que llegaron tarde.

Hubo decisiones tomadas sin garantías.

Hubo personas caminando sin saber que siglos después alguien iba a nombrarlas.


Y quizá ahí exista una forma distinta de mirar la historia.

No como un museo terminado.

No como una colección de respuestas.

No como un desfile de héroes que ya sabían lo que hacían.

Tal vez la historia sea otra cosa:

Tal vez sea un gran patio al amanecer al que nosotros nos asomamos tibiamente ya de tarde… Intentando escuchar todavía lo que quedó resonando.


Y entonces aparece una pregunta final: Si rescatamos el entorno… ¿el hombre se vuelve más pequeño? ¿O se vuelve más grande?

Porque quizá el verdadero homenaje no sea repetir nombres.

Quizá sea intentar comprender el universo que los volvió posibles.


Y entonces:

¿estamos en deuda?

¿Nos quedamos con la bandera… o todavía nos falta mirar alrededor?


Porque rescatar el entorno que hizo que ese hombre o ese hecho fueran lo que fueron para ser lo que son…no disminuye la historia.


La vuelve más humana.

Y quizá una historia más humana… sea una historia más verdadera.


EPÍGRAFE FINAL


«No busco acercar una linterna al prócer. Intento encender luces alrededor del hombre.»


Y entonces, por eso, al menos para mí,


EL EPÍLOGO ES EL PRÓLOGO.


M° Claudio Acevedo


NOTA FINAL PREVIA AL APARTADO DOCUMENTAL

El presente ensayo toma su título general y los títulos de cada una de sus escenas de la obra musical «Y Un DON alzó

la mirada…», composición creada en homenaje al proceso histórico asociado al nacimiento de la Bandera Argentina.

La obra pertenece al repertorio de ESTIRPE, Historia y Legado — Ópera Criolla, proyecto artístico concebido como recorrido musical, narrativo y visual alrededor de procesos, entornos y dimensiones humanas que acompañaron distintos hechos históricos argentinos.

La composición «Y Un DON alzó la mirada…» fue concebida musicalmente dentro de un lenguaje de raíz tradicional argentina con estructura de estilo pampeano / triunfo / aire de milonga.

Por esa razón, los títulos y subtítulos presentes en este ensayo no deben interpretarse únicamente como recursos literarios o capítulos temáticos.


Funcionan como versos, imágenes y puertas de entrada hacia un universo narrativo más amplio que continúa en la obra musical completa.

Este trabajo no pretende explicar la canción. Ni utilizar la historia para ilustrar una obra artística. Busca permitir que ambas dialoguen.

Y quizá por eso el recorrido de estas páginas no se detiene solamente en los hechos. Intenta mirar también aquello que ocurrió alrededor de ellos.


APARTADO DOCUMENTAL

Fuentes de referencia y líneas generales de investigación

El presente ensayo fue elaborado a partir de la consulta y contraste de material histórico, documental y bibliográfico de carácter general, priorizando el contexto social, político, humano y simbólico de la época por sobre el tratamiento exclusivamente cronológico de los acontecimientos.

Se tomaron como referencia general:

— Escritos, memorias y correspondencia atribuidos a Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.

— Documentación histórica relativa al Consulado de Comercio del Virreinato del Río de la Plata.

— Material histórico vinculado a las Invasiones Inglesas, el período virreinal y el proceso revolucionario rioplatense.

— Estudios generales sobre la Revolución de Mayo, el pensamiento ilustrado hispanoamericano y el contexto político de fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX.

— Antecedentes históricos vinculados a la escarapela, las primeras banderas asociadas al Ejército del Norte y la posterior tradición simbólica argentina.

— Material histórico relativo al Ejército de los Andes, su organización y contexto de campaña.

— Bibliografía general sobre la vida pública y privada de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, sus vínculos familiares,

sociales y políticos.

— Fuentes complementarias de divulgación histórica, archivos públicos, publicaciones institucionales y recopilaciones históricas de acceso general.


Este trabajo no pretende constituir una investigación historiográfica cerrada ni una tesis académica.

Tampoco intenta establecer interpretaciones definitivas.

Se presenta como una aproximación narrativa y documental destinada a recuperar entornos, relaciones, preguntas y contextos que acompañaron a los hechos y a quienes los protagonizaron.-

Disertación de ingreso del Académco correspondiente en General Belgrano Mtro. Claudio Acevedo

  "El entorno humano social y afectivo de Manuel Belgrano en torno a la creación de nuestra Enseña Nacional"   Por el maestro Clau...