viernes, 20 de marzo de 2026

Belgrano y la construcción de la Patria: política, ética y proyecto

 


Belgrano y la construcción de la Patria: política, ética y proyecto

 

Por el Lic. Roberto Arnaiz

Académico Belgraniano de Número

 

Introducción

La figura de Manuel Belgrano ocupa un lugar central en la tradición histórica argentina, no solo por su participación en los acontecimientos fundacionales del proceso independentista, sino también por la densidad intelectual de su pensamiento. Sin embargo, su presencia en la memoria colectiva ha sido frecuentemente simplificada, quedando asociada casi exclusivamente a la creación de la bandera nacional. Esta reducción simbólica, si bien significativa, resulta insuficiente para dar cuenta de la complejidad de su trayectoria y del alcance de su proyecto político.

Belgrano no puede ser comprendido únicamente como un líder militar o como un símbolo patrio, sino como un actor intelectual que reflexionó de manera sistemática sobre las condiciones necesarias para la constitución de una comunidad política autónoma. Su formación en el pensamiento ilustrado europeo, articulada con su experiencia en el contexto colonial rioplatense, le permitió elaborar una mirada original sobre los problemas de su tiempo. Su intervención histórica, por lo tanto, no se limitó a la acción, sino que incorporó una dimensión reflexiva orientada a definir los fundamentos de una nueva sociedad.

La independencia no aparece, en su concepción, como un hecho puntual ni como un mero acto de ruptura con el orden colonial, sino como el punto de partida de un proceso más amplio: la construcción de la Patria. Este proceso implicaba no solo la emancipación política, sino también la transformación de las estructuras sociales, económicas y culturales heredadas. La libertad debía sostenerse en instituciones, prácticas y valores capaces de garantizar su permanencia en el tiempo.

A partir de este enfoque, el presente trabajo se propone demostrar que Belgrano no solo fue un protagonista de la independencia, sino también uno de los primeros pensadores en formular una concepción integral de la Patria como proyecto político, social y moral. Su pensamiento se articula en torno a una serie de ejes fundamentales —la educación, la economía productiva, la moral pública y la inclusión social— que deben entenderse como dimensiones interdependientes de un mismo programa político.

La incorporación de citas textuales permite acceder de manera directa a la lógica interna de su pensamiento, restituyendo la voz del propio autor y evidenciando la coherencia entre discurso y acción que caracteriza su trayectoria. Este enfoque no busca únicamente reconstruir sus ideas, sino interpretarlas en diálogo con tradiciones teóricas más amplias.

Finalmente, abordar esta figura desde esta perspectiva implica reconocer la vigencia de sus planteos. Lejos de constituir un objeto exclusivamente histórico, su pensamiento ofrece herramientas conceptuales para reflexionar sobre problemas contemporáneos vinculados a la ciudadanía, la educación, la desigualdad y la ética pública. Más que una figura del pasado, Belgrano se presenta así como un pensador cuya obra continúa interpelando el presente.


1. La Patria como construcción histórica

A comienzos del siglo XIX, el espacio político del Virreinato del Río de la Plata se configuraba como una unidad administrativa antes que como una comunidad política. Su cohesión no derivaba de una identidad compartida, sino de su subordinación a la monarquía española. Las lealtades se articulaban en torno a vínculos corporativos, regionales o personales, y no a la pertenencia a un sujeto colectivo autónomo. La crisis de la monarquía a partir de 1808 no solo produjo un vacío de poder, sino que puso en evidencia la ausencia de un principio alternativo de legitimidad capaz de organizar ese espacio.

La revolución iniciada en 1810 debe comprenderse, por lo tanto, no solo como un proceso de ruptura, sino como la apertura de un problema mayor: la necesidad de constituir un nuevo sujeto político. Como ha señalado la historiografía contemporánea —particularmente José Carlos Chiaramonte—, los procesos independentistas en el Río de la Plata no partieron de naciones preexistentes, sino que implicaron la construcción progresiva de identidades políticas inicialmente inciertas, inestables y disputadas.

En este marco, el pensamiento de Belgrano adquiere una densidad singular. Su comprensión de la independencia no se agota en el reemplazo de autoridades ni en la afirmación de la soberanía formal, sino que se orienta hacia la creación de una comunidad política consciente de sí misma. La Patria no aparece como una esencia previa ni como un dato natural, sino como una realidad histórica que debe ser construida.

Este enfoque puede ponerse en diálogo con la noción de “comunidades imaginadas” desarrollada por Benedict Anderson, según la cual las naciones emergen a partir de la producción de sentidos compartidos que permiten a individuos que no se conocen entre sí reconocerse como parte de un mismo colectivo. En el caso rioplatense, ese proceso estaba lejos de haberse consolidado en los primeros años de la revolución.

Belgrano advierte, con notable lucidez, que la independencia política carece de sustento si no se acompaña de un proceso de construcción subjetiva y cultural. No basta con declarar la libertad: es necesario generar las condiciones para que esa libertad sea significativa y sostenible. De allí su insistencia en la formación de ciudadanos y en la construcción de una conciencia colectiva.

Cabe destacar que su pensamiento introduce una distinción fundamental entre territorio y comunidad. La liberación de un espacio geográfico puede lograrse mediante la acción militar; sin embargo, la constitución de una Patria exige la producción de vínculos simbólicos, valores compartidos y formas de identificación que excede el plano bélico. Se trata de un proceso de internalización mediante el cual los individuos comienzan a reconocerse como parte de un “nosotros” que los trasciende.

La centralidad otorgada a la educación se inscribe en esta lógica. La formación intelectual y moral no constituye un aspecto accesorio, sino el mecanismo a través del cual se configura esa subjetividad política. La Patria, en consecuencia, no solo se organiza institucionalmente, sino que se construye en las conciencias.

De este modo, la Patria debe entenderse como un proceso abierto, inacabado y conflictivo. No existe un momento fundacional que la clausure definitivamente; su existencia depende de prácticas constantes de reproducción y renovación. No es únicamente un origen, sino una tarea permanente.

Desde una perspectiva teórica, puede sostenerse que este pensamiento se sitúa en una posición intermedia entre una concepción voluntarista y una estructural de la comunidad política. Por un lado, reconoce la importancia de la decisión política y de la acción colectiva; por otro, comprende que dicha acción requiere apoyarse en condiciones materiales, culturales y morales que la hagan viable.

En síntesis, la noción de Patria remite a un proceso histórico de construcción de comunidad que articula dimensiones políticas, culturales y éticas. Su originalidad radica en haber comprendido que la independencia no era un punto de llegada, sino el inicio de un problema fundamental: cómo transformar una estructura colonial fragmentada en una comunidad política capaz de sostenerse en el tiempo.

 

2. La bandera como acto político y simbólico

La creación de la bandera en 1812 constituye uno de los actos más significativos del proceso revolucionario rioplatense, no tanto por su materialidad como por su densidad política y simbólica. Lejos de tratarse de un gesto meramente representativo o ceremonial, la adopción de un emblema propio debe entenderse como una intervención activa en la construcción de una nueva legitimidad.

En un contexto atravesado por la incertidumbre institucional y la inestabilidad del orden político, la necesidad de producir signos visibles de autoridad y pertenencia adquiría un carácter urgente. La ausencia de una identidad colectiva consolidada volvía imprescindible la creación de elementos capaces de articular un sentido de unidad entre actores dispersos. En este marco, la bandera operó como un dispositivo privilegiado de construcción simbólica.

Belgrano comprendía que los procesos políticos no se sostienen únicamente en estructuras jurídicas o decisiones militares, sino también en la producción de significados compartidos. Los símbolos no reflejan una realidad preexistente: la configuran. La bandera, por lo tanto, no debe interpretarse como la expresión de una nación ya constituida, sino como un acto que contribuye a su propia creación.

Este carácter performativo puede analizarse en términos cercanos a la teoría política contemporánea: al ser enarbolada, la bandera no solo representa una comunidad, sino que la convoca, la anticipa y la produce. Funciona como un punto de condensación de significados  libertad, igualdad, ruptura con el orden colonial— que permite a individuos que no se conocen entre sí reconocerse como parte de un mismo colectivo.

De este modo, la bandera cumple una doble función estructural. Por un lado, establece una diferenciación clara respecto del poder colonial, marcando una ruptura visible con la soberanía española. Por otro, actúa como elemento de cohesión interna, ofreciendo un signo común en un escenario atravesado por tensiones regionales y disputas de poder.

Cabe destacar que, desde una perspectiva semiótica, la bandera puede ser entendida como un signo de alta densidad simbólica, en el cual el significante — los colores y la forma— adquiere sentido en relación con un conjunto de valores y aspiraciones colectivas. Su eficacia no reside en su materialidad, sino en su capacidad de ser investida de significado por quienes la reconocen y la legitiman.

La creación de la bandera anticipa así la existencia de una comunidad política que aún no se encuentra plenamente constituida. No refleja una identidad consolidada: la hace posible. Se trata de un acto de imaginación política mediante el cual se proyecta un “nosotros” que debe ser construido.

En este escenario, la decisión de Belgrano adquiere una dimensión profundamente estratégica. En un momento en que la revolución carecía de formas institucionales estables y de una identidad unificada, la introducción de un símbolo común permitió dotar de visibilidad, coherencia y sentido a un proceso todavía en formación.

En síntesis, la bandera no puede ser comprendida únicamente como un emblema nacional, sino como un acto político en sentido pleno: una intervención que articula representación, identidad y poder. La nación no preexiste al símbolo; en gran medida, comienza a existir a través de él.

 

3. Educación y libertad: el núcleo del pensamiento belgraniano

Uno de los ejes estructurales del pensamiento belgraniano es la relación intrínseca entre educación y libertad. A diferencia de concepciones que reducen la libertad a una condición jurídica derivada de la independencia política, esta es entendida como una capacidad que debe construirse a través de procesos formativos.

Su afirmación: “Un pueblo ignorante jamás puede ser libre” expresa con claridad esta concepción. La libertad no aparece como un dato dado, sino como una práctica que exige conocimiento, discernimiento y formación. En este marco, este pensamiento se inscribe en el horizonte de la Ilustración, particularmente en la tradición inaugurada por Immanuel Kant, quien sostenía que la salida del hombre de su “minoría de edad” dependía del uso público de la razón.

Sin embargo, esta perspectiva no se limita a reproducir el paradigma europeo, sino que lo reconfigura en función de una problemática concreta: la construcción de una comunidad política en un espacio colonial en transición. La educación deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una herramienta de pedagogía política orientada a la formación de ciudadanos.

En sus escritos como secretario del Consulado se afirmaba: “La educación es uno de los objetos más importantes de que puede ocuparse el hombre.”

Esta formulación adquiere un sentido estratégico: la educación constituye el medio a través del cual se construye la base social de la libertad. No se trata únicamente de ilustrar individuos, sino de formar sujetos capaces de sostener un orden político autónomo.

Esta concepción no quedó en el plano teórico, sino que se tradujo en intervenciones concretas. En 1813, al destinar los recursos obtenidos por sus victorias militares a la creación de escuelas en el norte del territorio, se estableció un reglamento para su funcionamiento que constituye uno de los antecedentes más relevantes de la educación pública en el espacio rioplatense.

Dicho reglamento fijaba principios que revelan una visión integral del proceso educativo. Se promovía una enseñanza pública, gratuita y accesible, orientada a garantizar la formación de amplios sectores sociales. Los contenidos incluían lectura, escritura, aritmética, gramática castellana, doctrina cristiana y nociones sobre los derechos y deberes del ciudadano, evidenciando una clara articulación entre instrucción y formación cívica.

Asimismo, se establecían criterios de igualdad y disciplina, exigiendo que los alumnos se presentaran correctamente, sin distinciones basadas en la riqueza y evitando todo signo de lujo. La escuela se concebía como un espacio de homogeneización cívica, en el cual las diferencias sociales debían ser atenuadas.

Cabe destacar el enfoque pedagógico adoptado. Se promovía el uso del cariño por sobre el castigo, limitando las sanciones y prohibiendo prácticas humillantes, lo que indica una concepción educativa que, aun dentro de su contexto histórico, buscaba evitar formas de violencia simbólica excesiva.

El reglamento otorgaba también un lugar central a la formación moral, entendida como inseparable de la instrucción intelectual. La educación debía formar sujetos virtuosos, capaces de actuar en función del bien común, integrando valores religiosos, cívicos y sociales.

Otro aspecto relevante es la preocupación por la idoneidad docente, mediante mecanismos de selección que privilegiaban la capacidad y las costumbres de los maestros, lo que evidencia una valorización del rol educativo como función social estratégica.

A su vez, se incorporaba una dimensión productiva, promoviendo la enseñanza de oficios y saberes útiles, vinculando la formación con el desarrollo económico. Esta orientación revela una comprensión de la instrucción como herramienta no solo política, sino también material.

Resulta especialmente significativo, además, la inclusión de la educación femenina, al proponer espacios de formación para niñas, lo que implica una ampliación sustantiva de los límites tradicionales de la enseñanza en el contexto de la época.

Este enfoque puede ponerse en diálogo con la tradición del republicanismo clásico, en la cual la libertad no se define exclusivamente como ausencia de dominación, sino como la capacidad efectiva de participar en la vida pública. La educación aparece, así, como condición de posibilidad de una ciudadanía activa.

Al mismo tiempo, esta concepción dialoga con problemáticas contemporáneas vinculadas a la formación del sujeto. En términos cercanos a los desarrollos de Michel Foucault, la educación puede entenderse como un dispositivo que produce subjetividades. Sin embargo, aquí este proceso se orienta a la emancipación: no busca producir obediencia, sino autonomía.

De este modo, su carácter inclusivo refuerza su alcance político. La preocupación por la formación de sectores populares y de las mujeres indica que la construcción de la Patria no puede restringirse a una élite. La educación amplía los límites de la ciudadanía y fortalece la cohesión social.

En síntesis, la relación entre educación y libertad puede expresarse en una secuencia conceptual clara: sin educación no hay autonomía; sin autonomía no hay ciudadanía; y sin ciudadanía no hay Patria. La educación aparece así no como un complemento, sino como el fundamento mismo del proyecto político.

En consecuencia, la independencia no se agota en la emancipación del dominio colonial, sino que exige un proceso continuo de formación. La Patria no solo se conquista: se enseña, se aprende y se construye en las conciencias.

 

4. Economía y soberanía

Uno de los aspectos más notables —y a menudo subestimados— del pensamiento belgraniano es su concepción de la economía como fundamento material de la soberanía. Lejos de limitarse a una visión abstracta de la independencia, se advierte que la emancipación política carecería de sustento si no se apoyara en una estructura económica autónoma y productiva. La independencia, sin base material, corre el riesgo de convertirse en una ficción.

En el contexto del orden colonial, la economía del Virreinato del Río de la Plata se encontraba organizada en función de intereses externos. La producción local estaba subordinada a las necesidades de la metrópoli, y las posibilidades de desarrollo interno se veían restringidas por un sistema que privilegiaba la extracción y la dependencia. Frente a este modelo, se formula una crítica temprana que anticipa problemáticas que luego serían centrales en el pensamiento económico latinoamericano.

En sus memorias como secretario del Consulado se afirmaba: “Fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio son los tres importantes objetos que deben ocupar la atención del gobierno.”

Esta formulación revela una comprensión integral de la economía, en la que los distintos sectores productivos no aparecen de manera aislada, sino como partes de un sistema orientado al fortalecimiento de la comunidad política. La agricultura garantiza la base material, la industria agrega valor y el comercio articula los circuitos de intercambio. En conjunto, estos elementos configuran las condiciones de posibilidad de una economía autónoma.

La economía no constituye, en esta concepción, un ámbito técnico separado de la política, sino una dimensión constitutiva de la soberanía. La independencia formal, sin una base productiva propia, puede transformarse en una dependencia encubierta. Esto permite vincular este pensamiento con desarrollos posteriores del pensamiento latinoamericano —como los de Raúl Prebisch—, que señalaron las asimetrías estructurales entre centros y periferias en la economía mundial.

Cabe destacar el interés por diversificar los vínculos comerciales más allá del esquema colonial tradicional. Se advierte tempranamente la importancia estratégica de establecer relaciones con mercados no europeos, entre ellos

China. Esta intuición no solo revela una mirada pragmática, sino también una notable capacidad de anticipación: comprender que la inserción internacional de la futura nación debía evitar la dependencia exclusiva de un único polo de poder económico.

La referencia a China no constituye un detalle menor, sino un indicio de una concepción del comercio orientada a la autonomía y la diversificación. En un contexto de fuertes restricciones coloniales, esta propuesta implicaba abrir horizontes alternativos de inserción global y romper con la lógica de subordinación económica.

A su vez, el desarrollo económico es pensado en estrecha relación con la formación técnica y el trabajo. La promoción de oficios, la capacitación productiva y la valorización del trabajo reflejan una concepción en la cual el crecimiento no depende únicamente de recursos naturales, sino de la capacidad humana para transformarlos.

En este marco, resulta particularmente relevante el lugar asignado a la mujer dentro de los procesos económicos, especialmente en el ámbito de la producción doméstica y la transmisión de saberes. Lejos de ser considerada un sujeto marginal, se reconoce su papel en la formación de hábitos, en la organización del trabajo cotidiano y en la enseñanza de prácticas productivas como el hilado y el tejido, fundamentales en economías de base artesanal.

Este enfoque permite ampliar la comprensión de la economía más allá de la producción estrictamente mercantil, incorporando la dimensión de la reproducción social. La formación de las mujeres adquiere, en este sentido, un valor no solo moral o educativo, sino también económico: contribuye a la autosuficiencia de los hogares, a la transmisión de conocimientos útiles y al fortalecimiento del entramado productivo.

De este modo, la economía aparece como un proceso que articula producción, formación y reproducción social, en el cual distintos actores — incluidas las mujeres— desempeñan un papel central en la construcción de la autonomía material de la comunidad.

En síntesis, la concepción económica se organiza en torno a una idea fundamental: no hay soberanía política sin autonomía económica. La Patria no puede sostenerse únicamente en símbolos o instituciones, sino que requiere una base material que garantice su independencia real.

La economía deja así de ser un aspecto secundario para convertirse en un componente estructural del proyecto político. La independencia, en última instancia, no se define solo por la ruptura con el dominio colonial, sino por la capacidad de construir un modelo propio de desarrollo.

 

5. Moral pública y vida republicana

Otro aspecto central del pensamiento de Manuel Belgrano es la dimensión moral de la vida política. A diferencia de enfoques que reducen la organización de la república a un conjunto de leyes e instituciones, sostiene que el orden político solo puede sostenerse en la medida en que exista un sustrato ético que lo fundamente. La estabilidad de la vida pública depende, en última instancia, de la calidad moral de quienes la integran.

Su afirmación: “Nada importa tanto como el tener hombres honrados” condensa una preocupación fundamental: la república no se garantiza únicamente a través de normas, sino a través de conductas. La existencia de instituciones formales resulta insuficiente si no está acompañada por virtudes cívicas que orienten la acción de los individuos hacia el bien común.

Este planteo puede ponerse en diálogo con la tradición clásica, particularmente con el pensamiento de Aristóteles, quien sostenía que la vida política no puede separarse de la ética. En la Política, afirma que la finalidad de la comunidad no es simplemente vivir, sino vivir bien, lo cual implica la formación de ciudadanos virtuosos. Belgrano, en un contexto histórico distinto, recupera esta intuición fundamental: sin virtud, la república se vacía de contenido.

De este modo, su reflexión se inscribe dentro de la tradición del republicanismo, que entiende la libertad como una práctica colectiva sostenida por ciudadanos comprometidos con el bien público. La corrupción, el egoísmo y la subordinación del interés común a intereses privados no constituyen meros defectos individuales, sino amenazas estructurales al orden republicano. La corrupción no es solo un problema moral: es, ante todo, un problema político.

Esto permite observar la notable actualidad de su pensamiento. La exigencia de “hombres honrados” no remite únicamente a una cualidad individual, sino a una condición de posibilidad del sistema político. La república requiere sujetos capaces de auto limitarse, de actuar con responsabilidad y de reconocer que el ejercicio del poder implica una obligación hacia la comunidad.

Esta problemática puede analizarse también a la luz de las reflexiones de Max Weber sobre la ética de la responsabilidad. Weber distingue entre una ética de la convicción —basada en principios— y una ética de la responsabilidad — orientada a las consecuencias de la acción política—. En Belgrano, ambas dimensiones se articulan: su acción se guía por principios firmes, pero también por una conciencia de sus efectos en la vida colectiva.

La moral pública no aparece, entonces, como un elemento accesorio, sino como un componente estructural del orden político. No se trata únicamente de la virtud en el ámbito privado, sino de su proyección en el espacio público, donde se traduce en confianza, legitimidad y cohesión social.

La Patria, en consecuencia, no puede sostenerse exclusivamente en estructuras institucionales. Requiere prácticas concretas, comportamientos orientados por valores y una ética compartida que haga posible la vida en común.

En síntesis, la vida republicana depende tanto de sus instituciones como de las virtudes de sus ciudadanos. La libertad no es solo una conquista política, sino una responsabilidad moral. Sin virtud cívica, la república pierde sustento; sin ética pública, la Patria se vuelve inviable.

 

6. Inclusión y justicia social

El pensamiento belgraniano se distingue por su carácter inclusivo, particularmente si se lo sitúa en el contexto de las estructuras sociales heredadas del orden colonial. Frente a un sistema profundamente jerárquico, basado en distinciones étnicas, económicas y culturales, se elaboró una concepción de la Patria orientada a ampliar los límites de la comunidad política.

Lejos de restringir la ciudadanía a una élite ilustrada, se reconoce la necesidad de integrar a sectores históricamente marginados en el proyecto político emergente. Esta orientación no solo acompaña el proceso revolucionario, sino que lo profundiza al plantear la inclusión como condición de legitimidad de la nueva comunidad. Una independencia que no integra reproduce, bajo nuevas formas, las lógicas de exclusión del orden colonial.

Uno de los ejemplos más significativos de esta política es el denominado Reglamento para el régimen político y administrativo y reforma de los 30 pueblos de las Misiones, dictado en 1810. Este documento constituye una de las expresiones más avanzadas en materia de justicia social y organización política.

En él se reconoce a los pueblos originarios como ciudadanos libres e iguales, se promueve la restitución de la tierra a las comunidades, se impulsa el comercio libre, se fomenta la educación obligatoria junto con la enseñanza de oficios y se establecen formas de autogobierno local mediante la elección de autoridades propias.

Estas disposiciones no solo buscaban mejorar las condiciones materiales de vida, sino también integrar plenamente a los pueblos originarios en el nuevo orden político. El Reglamento puede interpretarse, así, como un intento temprano de articular igualdad jurídica, inclusión social y participación política en un mismo proyecto.

Este planteo implica una ruptura con la lógica colonial de exclusión y jerarquización. Los pueblos originarios dejan de ser concebidos como sujetos subordinados para ser entendidos como actores constitutivos de la Patria. La inclusión no aparece como concesión, sino como principio fundante.

A esto se suma la defensa del rol de la mujer en la educación y en la vida social, que refuerza esta concepción ampliada de la ciudadanía. En un contexto en el que las mujeres eran sistemáticamente excluidas del espacio público, se sostiene que su formación resulta indispensable para el progreso colectivo. Son reconocidas como primeras educadoras y como agentes fundamentales en la transmisión de valores.

Esta doble preocupación —por los pueblos originarios y por la educación femenina— revela una lógica común: ampliar la base social de la ciudadanía. La Patria no puede sostenerse sobre la exclusión, sino sobre la integración de la diversidad en un marco de igualdad.

Estas ideas pueden leerse, además, en clave anticipatoria respecto de debates contemporáneos sobre inclusión, ciudadanía y reconocimiento. La construcción de la comunidad política no implica homogeneizar, sino articular diferencias en un proyecto común.

En síntesis, la noción de Patria se configura como una comunidad abierta, en la cual la justicia social y la inclusión no son elementos accesorios, sino componentes estructurales. Sin inclusión, no hay comunidad política posible; sin integración, la Patria pierde su fundamento.

De este modo, la independencia deja de ser únicamente un proceso de emancipación externa para convertirse también en una transformación interna: la construcción de una sociedad más igualitaria, participativa y justa.

 

7. El sacrificio como principio político

La trayectoria personal de este actor central del proceso revolucionario rioplatense constituye uno de los ejemplos más elocuentes de coherencia entre pensamiento y acción. Lejos de buscar beneficios personales, destinó recursos propios —incluidos premios obtenidos en campañas militares— a la creación de escuelas, rechazó honores y ejerció sus funciones con una marcada austeridad.

Su vida no solo expresa un compromiso con la causa independentista, sino también una concepción específica del ejercicio de la política.

El sacrificio no aparece aquí como un gesto excepcional, sino como un principio que orienta la acción pública. La política deja de ser un ámbito de privilegio para convertirse en una responsabilidad que exige la subordinación del interés individual al bien común.

Esta dimensión ética adquiere mayor profundidad al considerar las condiciones físicas en las que desarrolló gran parte de su actuación. A lo largo de su vida padeció diversas enfermedades que deterioraron progresivamente su salud, en un contexto sanitario precario y exigente. Aunque el diagnóstico preciso de algunas afecciones ha sido objeto de debate historiográfico, lo relevante no radica en la enumeración clínica, sino en el hecho de que ejerció sus responsabilidades en condiciones físicas adversas.

Este dato adquiere significado político. La acción no se desarrolla desde la comodidad ni desde la plenitud de recursos, sino en medio del desgaste, el dolor y la enfermedad. A pesar de ello, continuó al frente de sus funciones, conduciendo ejércitos, participando en campañas y asumiendo responsabilidades de gobierno en escenarios de extrema fragilidad.

De este modo, su trayectoria puede ser interpretada como una expresión de una ética del deber. La legitimidad de su liderazgo no se funda en la acumulación de poder o riqueza, sino en la coherencia entre principios y conducta. Se configura así una concepción del servicio público como entrega, en la cual el ejercicio del poder implica, necesariamente, una forma de renuncia.

Esta lógica se refuerza en el tramo final de su vida. Su muerte en la pobreza —tras haber pertenecido a una familia acomodada— no constituye un dato anecdótico, sino la confirmación de una trayectoria en la que no hay búsqueda de compensación material por la acción política.

Cabe destacar, entonces, que el sacrificio no debe ser entendido como un rasgo individual aislado, sino como un componente estructural de su concepción de la política. No se trata solo de haber pensado la Patria, sino de haberla encarnado en la propia experiencia.

En síntesis, esta figura permite pensar la política no como un espacio de acumulación, sino como un ámbito de responsabilidad ética. La Patria no aparece como un recurso del cual obtener beneficios, sino como una causa que exige entrega. Sin esa disposición al sacrificio, los principios pierden consistencia y el proyecto político se debilita.

 

8. Guerra y responsabilidad ética

La participación de Belgrano en el ámbito militar constituye una de las dimensiones más complejas —y a la vez más simplificadas— de su trayectoria. La caracterización tradicional como “militar improvisado”, derivada de su formación como abogado y economista, resulta insuficiente para comprender la densidad de su desempeño y el proceso mediante el cual construyó su capacidad de conducción.

Aunque no provenía de una carrera militar profesional, asumió sus responsabilidades en un contexto en el que la guerra formaba parte constitutiva del proceso revolucionario. Su actuación no se limitó a la intuición: se estructuró como una práctica de aprendizaje progresivo, en la que el estudio, la observación y la experiencia se articulaban de manera sistemática. Testimonios contemporáneos —como los de Gregorio Aráoz de Lamadrid— permiten reconstruir la figura de un conductor que se formaba constantemente, integrando reflexión y acción en una misma lógica.

Esta formación no fue exclusivamente técnica, sino también cultural. Su contacto con la literatura del Siglo de Oro, particularmente con la obra de Calderón de la Barca, permite comprender la presencia de una concepción ética de la milicia, en la cual el honor, la lealtad y la disciplina constituyen principios estructurantes. La guerra no aparece como un ámbito de arbitrariedad, sino como una práctica regulada por valores.

Esta concepción se traduce en decisiones concretas. El Éxodo Jujeño (1812) puede interpretarse como una operación estratégica de gran escala basada en la negación de recursos al enemigo, que implicó planificación, control territorial y subordinación del espacio a un objetivo político. Del mismo modo, la Batalla de Salta (1813) evidencia una conducción basada en la maniobra, el conocimiento del terreno y la capacidad de alterar las expectativas del adversario.

Estas acciones permiten identificar una lógica de conducción que combina estudio, adaptación y lectura estratégica del contexto, alejándose de cualquier idea de improvisación. La eficacia militar no se presenta como producto del azar, sino como resultado de un proceso reflexivo orientado a la toma de decisiones.

A esta dimensión se suma un elemento central: la concepción ética de la guerra. La violencia no es entendida como un fin en sí mismo, sino como un recurso subordinado a la defensa de la libertad y al sostenimiento del proyecto político. La idea de que el ejército debía constituirse como una “escuela de virtudes” expresa con claridad esta orientación.

En este marco, la guerra no se configura como un ámbito autónomo, sino  como una dimensión subordinada a la política. La legitimidad de la acción militar no reside en su eficacia, sino en los fines que persigue.

En síntesis, la figura de Belgrano permite superar la imagen del “militar improvisado” para comprender a un conductor que, aun sin formación formal, desarrolló una práctica estratégica compleja, en la que convergen formación cultural, experiencia, reflexión y principios éticos. La guerra deja así de ser un espacio meramente técnico para convertirse en un ámbito de responsabilidad política, en el que se define no solo la victoria, sino el sentido mismo de la Patria en construcción.

 

9. Estado, poder y organización política

La construcción de la Patria en el pensamiento belgraniano exige considerar el problema del poder y de las formas de organización política. La constitución de una comunidad no puede sostenerse únicamente en la formación de ciudadanos ni en la afirmación de valores compartidos, sino que requiere un orden institucional capaz de articular, regular y proyectar la vida colectiva.

En este marco, la cuestión del Estado adquiere un lugar central. La ruptura con el orden colonial no implicaba solamente la disolución de una autoridad previa, sino también la necesidad de construir una nueva forma de legitimidad.

El vacío de poder generado por la crisis de la monarquía debía ser reorganizado sobre bases capaces de sostener el nuevo orden político.

La preocupación por el rol del gobierno se expresa con claridad en sus escritos económicos y políticos. La insistencia en fomentar la agricultura, proteger la industria y regular el comercio revela una concepción activa de la autoridad. El gobierno no es concebido como una instancia pasiva, sino como un agente orientador del desarrollo social, capaz de intervenir en las condiciones materiales y en la organización general de la comunidad.

De este modo, este pensamiento se inscribe en una tradición que entiende al Estado no solo como garante del orden, sino como instrumento de transformación. La legitimidad de la autoridad política no se define únicamente por su origen, sino por su capacidad de promover el bien común y de generar condiciones que hagan posible la vida colectiva.

Al mismo tiempo, esta concepción introduce una tensión constitutiva entre autoridad y libertad. La construcción de un orden político requiere normas, instituciones y formas de coerción; sin embargo, estas no pueden contradecir el principio de libertad que da sentido al proceso independentista. El problema no radica en la existencia del poder, sino en su legitimidad y en sus límites.

Cabe destacar, en este punto, la afirmación según la cual “el modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente”. Esta formulación permite advertir una concepción del poder orientada por la justicia, en la que la autoridad se ejerce como garantía del orden moral y social, y no como expresión de arbitrariedad.

Esto permite observar que el poder no aparece como una fuerza externa impuesta sobre la sociedad, sino como una función regulada por principios éticos. La legitimidad del Estado depende de su capacidad para equilibrar coerción y justicia, orden y libertad, evitando tanto el despotismo como la disolución del vínculo político.

A su vez, la preocupación por la educación, la moral pública y la inclusión puede leerse como una reflexión sobre las condiciones de posibilidad del orden político. El Estado no se sostiene únicamente en su estructura institucional, sino en la calidad de la sociedad que lo compone. No hay organización política estable sin ciudadanos formados, sin valores compartidos y sin una base material que la sustente.

En este marco, la relación entre Estado y sociedad adquiere un carácter dinámico. El poder político no se impone de manera unilateral, sino que se construye en interacción con la comunidad. La autoridad requiere reconocimiento, legitimidad y participación, incorporando una dimensión relacional en la comprensión del poder.

La experiencia revolucionaria introduce, además, un elemento decisivo: la inestabilidad. La construcción del nuevo orden político se desarrolla en un contexto de conflicto, incertidumbre y disputas internas. En ese escenario, la consolidación de una autoridad legítima se vuelve indispensable, ya que sin un mínimo de organización el proyecto político corre el riesgo de fragmentarse.

De este modo, el Estado no puede entenderse como una estructura acabada, sino como un proceso en construcción, atravesado por tensiones entre centralización y autonomía, entre orden y libertad, entre autoridad y participación. Estas tensiones no constituyen anomalías, sino rasgos propios de la formación de una comunidad política.

Finalmente, la cuestión del poder se vincula con la idea de responsabilidad. El ejercicio de la autoridad no es concebido como un privilegio, sino como una carga que implica decisiones que afectan al conjunto de la sociedad. La legitimidad del poder no reside en su fuerza, sino en su orientación hacia el bien común y en su capacidad de sostener un orden justo.

En síntesis, la construcción de la Patria exige no solo la formación de ciudadanos y la afirmación de valores, sino también la creación de un orden institucional capaz de organizar, sostener y proyectar la vida colectiva. La Patria no es únicamente una comunidad imaginada: es también una estructura política que debe ser construida, legitimada y sostenida en el tiempo.

 

10. El pueblo como sujeto político

La construcción de la Patria en el pensamiento belgraniano no puede comprenderse plenamente sin atender al lugar que ocupa el pueblo como sujeto político. La independencia no implica únicamente la sustitución de autoridades ni la reorganización institucional del poder, sino la emergencia de un actor colectivo capaz de sostener, legitimar y proyectar el nuevo orden político.

En este marco, el pueblo no aparece como una realidad preexistente ni como una entidad homogénea, sino como una construcción histórica que se produce en el propio proceso revolucionario. La ruptura con el orden colonial no solo desarticula una estructura de dominación, sino que abre la posibilidad —y la necesidad— de constituir un sujeto colectivo que se reconozca como portador de soberanía.

Esta concepción puede ser iluminada a partir de expresiones del propio Belgrano, como cuando afirma: “Yo no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria.”

La afirmación permite advertir que el horizonte político no se orienta hacia la acción individual, sino hacia la construcción de una comunidad integrada. La centralidad no reside en el liderazgo personal, sino en la constitución de un sujeto colectivo capaz de sostener el proyecto político en el tiempo. La Patria no es obra de individuos aislados, sino de un pueblo que se reconoce como tal.

En este punto, la insistencia en la educación adquiere una dimensión decisiva. No se trata únicamente de formar individuos instruidos, sino de generar las condiciones para la existencia de un sujeto político. La educación permite transformar una población fragmentada en un cuerpo consciente, capaz de participar, deliberar y actuar en función del bien común.

Cabe destacar que las políticas orientadas a la inclusión de sectores históricamente marginados —como los pueblos originarios o las mujeres en el ámbito educativo— pueden leerse como estrategias de ampliación del sujeto político. La construcción del pueblo implica necesariamente su expansión. Una comunidad que excluye no solo resulta injusta, sino también débil en términos de legitimidad.

La experiencia militar introduce, además, una dimensión relevante en este proceso. La conformación de ejércitos no profesionales, integrados por milicias y sectores populares, contribuye a establecer un vínculo directo entre el pueblo y la defensa de la Patria. La guerra deja de ser un asunto exclusivo de especialistas para convertirse en un espacio en el que la comunidad se reconoce y se constituye como tal.

Esto permite observar que la participación en la guerra no solo cumple una función defensiva, sino también formativa. En ella se consolidan identidades colectivas, se refuerzan lazos de pertenencia y se configura un sentido de destino común. El pueblo no solo es protegido: se construye en el acto mismo de defender la comunidad política.

Sin embargo, esta concepción no supone una idealización del pueblo como entidad espontánea. Por el contrario, reconoce que el sujeto político requiere formación, organización y articulación. No existe un pueblo plenamente constituido al margen de instituciones, prácticas educativas y estructuras políticas.

De este modo, la relación entre pueblo y Estado debe pensarse en términos de interdependencia. El Estado organiza, canaliza y da forma a la acción colectiva, mientras que el pueblo otorga legitimidad, sentido y fundamento al orden político. Sin pueblo, el Estado carece de sustento; sin organización política, el pueblo no logra constituirse como actor efectivo.

Esta articulación introduce una tensión constitutiva que atraviesa toda la experiencia revolucionaria: la necesidad de equilibrar participación y orden, espontaneidad y organización, pluralidad y unidad. Estas tensiones no son anomalías, sino rasgos propios de la construcción de una comunidad política.

En términos más amplios, esta concepción puede ponerse en diálogo con problemáticas contemporáneas vinculadas a la representación, la legitimidad y la participación democrática. La dificultad de constituir un sujeto colectivo capaz de sostener proyectos políticos en el tiempo continúa siendo uno de los desafíos centrales de las sociedades actuales.

En síntesis, la noción de pueblo no remite a una entidad dada, sino a un proceso de construcción política. La Patria no se limita a un territorio ni a un conjunto de instituciones: exige la existencia de un sujeto colectivo que la haga posible. La independencia no solo inaugura un nuevo orden político, sino también la tarea permanente de construir el pueblo que habrá de sostenerlo.

 

11. Belgrano y la proyección del futuro

El pensamiento belgraniano no se limita a la interpretación del presente ni a la resolución inmediata de los problemas derivados del proceso revolucionario, sino que se proyecta hacia el futuro como horizonte constitutivo de la acción política. La construcción de la Patria no aparece como un objetivo inmediato ni como una realidad consumada, sino como un proceso de largo alcance que exige planificación, continuidad y proyección intergeneracional.

De este modo, su reflexión introduce una dimensión temporal clave para comprender la profundidad de su pensamiento. La independencia no es concebida como un punto de llegada, sino como el inicio de una tarea cuyo desarrollo excede a la generación que la impulsa. La política deja de orientarse exclusivamente a la urgencia para asumir la responsabilidad de sentar las bases de una sociedad futura.

Esta concepción se expresa con claridad en su constante preocupación por la educación. La formación de las nuevas generaciones no responde únicamente a necesidades presentes, sino a la construcción de una comunidad capaz de sostenerse en el tiempo. Educar no es solo instruir: es proyectar. En este marco, la afirmación de que “la educación es uno de los objetos más importantes de que puede ocuparse el hombre” adquiere un sentido que trasciende lo inmediato y se vincula con la continuidad histórica.

Algo similar ocurre en el plano económico. La promoción de la agricultura, la industria y el comercio no se orienta únicamente a resolver problemas coyunturales, sino a construir una base material duradera que permita sostener la independencia a largo plazo. La economía aparece así como una estructura de futuro, no como una respuesta circunstancial.

Esto permite observar que su pensamiento adopta una lógica estratégica. La acción política no se define únicamente por su eficacia inmediata, sino por su capacidad de generar condiciones de estabilidad, desarrollo y continuidad. La construcción de la Patria implica, en este sentido, una responsabilidad que excede el presente y se inscribe en una temporalidad extendida.

Al mismo tiempo, esta perspectiva introduce una dimensión ética específica: la responsabilidad hacia las generaciones futuras. El ejercicio del poder no se legitima solo por sus efectos inmediatos, sino por su capacidad de contribuir a una sociedad más justa, más libre y más estable en el tiempo. La política deja así de ser mera gestión del presente para convertirse en un compromiso con el porvenir.

En términos más amplios, esta idea puede ponerse en diálogo con concepciones modernas del tiempo político, en las cuales el futuro no es una simple prolongación del presente, sino un espacio de construcción. La Patria no es solo memoria: es proyecto.

Cabe destacar que esta proyección adquiere mayor relevancia si se la sitúa en el contexto de crisis en el que se desarrolla. Pensar en el largo plazo en medio de la inestabilidad, la guerra y la incertidumbre revela una notable capacidad de anticipación. No se trata únicamente de responder a una coyuntura crítica, sino de imaginar y preparar las condiciones de una sociedad futura.

En este sentido, su figura puede ser comprendida no solo como la de un actor del proceso independentista, sino como la de un pensador que anticipa problemas y desafíos que exceden su propio tiempo. La insistencia en la educación, en la economía productiva, en la moral pública y en la inclusión revela una comprensión profunda de que la estabilidad de una comunidad política depende de procesos que se desarrollan a lo largo de generaciones.

En síntesis, la proyección del futuro ocupa un lugar central en esta concepción de la Patria. La independencia no clausura el problema político, sino que lo inaugura en una nueva escala temporal. La Patria no es únicamente una herencia del pasado ni una construcción del presente: es, ante todo, una tarea orientada hacia el futuro.

 

12. Vigencia del pensamiento belgraniano

Las ideas de Belgrano mantienen una notable vigencia para el análisis de los problemas contemporáneos. Su actualidad no reside en la aplicación directa de sus propuestas, sino en la capacidad de formular problemas que continúan estructurando la vida política y en la articulación de dimensiones que aún hoy resultan indisociables.

La relación entre educación y ciudadanía sigue siendo un eje central. La formación de sujetos capaces de participar en la vida pública, ejercer sus derechos con responsabilidad y sostener un orden democrático depende, en gran medida, de los sistemas educativos, especialmente en contextos atravesados por desigualdades y crisis de formación cívica.

De manera análoga, la articulación entre economía y soberanía remite a tensiones persistentes en un mundo globalizado. La relación entre autonomía productiva e inserción internacional, así como las formas contemporáneas de dependencia, reactualizan problemáticas ya presentes en la crítica al orden colonial. El énfasis en el desarrollo productivo, la diversificación y la formación técnica conserva, en este marco, una notable actualidad.

La cuestión del Estado y del poder político adquiere igualmente relevancia en escenarios marcados por crisis de gobernabilidad y cuestionamientos a la legitimidad institucional. La idea de que el poder debe orientarse al bien común permite repensar el rol del Estado como instancia de organización, regulación y garantía del orden colectivo.

El problema del pueblo como sujeto político continúa siendo uno de los desafíos centrales de las democracias contemporáneas. La fragmentación social, la crisis de representación y la dificultad de sostener proyectos colectivos en el tiempo evidencian la persistencia de esta tensión.

La preocupación por la moral pública refuerza esta lectura. La erosión de la confianza institucional pone de manifiesto que las instituciones no pueden sostenerse sin un sustrato ético compartido, lo que convierte a la dimensión moral en un componente estructural de la vida política.

A esto se suma la cuestión de la inclusión, que dialoga directamente con debates actuales sobre igualdad y reconocimiento. La construcción de una comunidad política que integre la diversidad sin perder cohesión continúa siendo un problema abierto.

Finalmente, la proyección del futuro como dimensión de la acción política adquiere una relevancia particular en contextos dominados por la inmediatez.

Pensar la política en términos de largo plazo implica asumir una responsabilidad hacia las generaciones futuras que excede la lógica de la urgencia.

En conjunto, este pensamiento puede entenderse como una propuesta de articulación entre dimensiones que en el debate contemporáneo suelen aparecer fragmentadas: economía y ética, educación y política, Estado y sociedad, presente y futuro.

No ofrece soluciones cerradas ni recetas aplicables de manera inmediata. Su valor reside, precisamente, en la capacidad de establecer criterios exigentes desde los cuales pensar la acción política.

En síntesis, su vigencia radica en su potencia para interpelar el presente.

La Patria no aparece como una realidad concluida, sino como una construcción permanente que exige ser pensada, sostenida y recreada en cada momento histórico.

 

Conclusión

Manuel Belgrano fue mucho más que el creador de la bandera. Su figura encarna una concepción profunda de la Patria, entendida no como un dato dado ni como una entidad estática, sino como una construcción histórica, un proyecto político y un compromiso moral.

A lo largo de su pensamiento y su acción se advierte una coherencia poco frecuente: la articulación entre ideas y práctica. La educación como base de la libertad, la economía como sustento de la soberanía, la moral pública como condición de la vida republicana, la inclusión como fundamento de la comunidad política, el Estado como estructura organizadora, el pueblo como sujeto de la acción colectiva y el sacrificio como principio del ejercicio del poder no constituyen dimensiones aisladas, sino partes de un mismo programa.

Su intervención no se limitó a la ruptura con el orden colonial, sino que contribuyó a definir las condiciones de posibilidad de una nueva sociedad. Su legado trasciende los símbolos que ayudó a crear y se proyecta en una concepción integral de la vida política, en la que la Patria se sostiene simultáneamente en instituciones y valores, en estructuras y conductas, y en el presente y su proyección hacia el futuro.

Sus propias palabras permiten acceder a la lógica interna de ese pensamiento, marcada por una preocupación constante por la formación de ciudadanos, la justicia social, la organización del poder y la responsabilidad en su ejercicio. Esta dimensión ética atraviesa todas las esferas de su acción — desde la educación hasta la conducción militar— y le otorga unidad a su trayectoria.

La vigencia de estas ideas reside en su capacidad para interpelar problemas que aún estructuran la vida política contemporánea: las tensiones entre libertad y desigualdad, entre autonomía y dependencia, entre institucionalidad y legitimidad, entre representación y construcción del pueblo, y entre inmediatez y proyección futura. No ofrece respuestas cerradas, pero sí criterios exigentes desde los cuales pensar la acción política.

En última instancia, no se fundó una Patria terminada, sino que se inauguró una tarea. La Patria no es una herencia pasiva, sino una construcción permanente que exige compromiso, responsabilidad y acción sostenida.

Por ello, más que una figura del pasado, Belgrano constituye una referencia activa para el presente: no como objeto de conmemoración, sino como un principio de orientación. Pensar la Patria hoy implica, en este sentido, asumir esa exigencia y traducirla en práctica política concreta.

 


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martes, 10 de marzo de 2026

¿Quién fue Joseph Redhead?



¿Quién fue Joseph Redhead?

El médico del General Manuel Belgrano, físico, naturalista, geólogo...


Por Ernesto Martinchuk

Académico de Número

 

El general Manuel Belgrano, en un pequeño paraje de Tucumán llamado Alurralde, aprovecha el lapso de su estadía y luego de una última lectura, firma el 2 de febrero de 1813, el prólogo a su traducción de la Despedida al pueblo de los Estados Unidos de George Washington. El texto enfatiza la importancia de la unión nacional, la advertencia contra las facciones políticas divisivas y la necesidad de mantener la moral y la religión como pilares del gobierno. El folleto se imprimió en la famosa Real Imprenta de los Niños Expósitos, el corazón editorial de la Revolución. Mientras reorganizaba el Ejército del Norte tras la victoria en Tucumán y se preparaba para la batalla de Salta, Belgrano se hacía tiempo para escribir, y dejaba en claro que la libertad política es estéril si no va acompañada de la virtud civil. Belgrano era un políglota brillante. 

Además del castellano, dominaba el francés, el italiano, el inglés y el latín, lo que le permitió acceder de primera mano a las mentes más brillantes de la Ilustración para aplicarlas en nuestro suelo. Para llevar adelante esta traducción contaba con la asistencia de su médico personal el Dr. Joseph Redhead, quien lo acompaño, asistió, compartió con él triunfos y derrotas en el campo de batalla, puso el cuerpo por él en situaciones límites y fue su asistente en ese viaje penoso y miserable que tuvo que realizar para morir en Buenos Aires. Hoy pocos recuerdan ese amigo entrañable de Manuel Belgrano.

 

El Dr. Joseph James Thomas Redhead es quien elige compartir la pobreza y el hambre con su amigo, para poder, como médico, aliviar la agonía. El 19 de junio de 1820, un día antes de morir, Belgrano le solicita a su hermana Juana que descuelgue de la cabecera de su cama un reloj de oro y esmalte que le había regalado el Rey Jorge III de Inglaterra: “Es todo cuanto tengo que dar a este hombre bueno y generoso”, cuenta Bartolomé Mitre, que dice el general mirando a Redhead. En las poco más de cuatro décadas que Redhead vivió en estas tierras, también fue médico de campaña del general Güemes y su activa participación en la vida pública permitió que quedaran muchos testimonios. Pero al mismo tiempo abundan las disidencias y los enigmas.

 

Pero: ¿Quién fue Joseph Redhead? ¿Por qué motivos arribó a nuestras tierras y por qué permaneció en ellas 43 años? Al principio los biógrafos del Dr. Redhead no estuvieron de acuerdo sobre su lugar de nacimiento. Para unos era de EEUU y, para otros era inglés. La confusión nace cuando al arribar al puerto de Buenos Aires, en 1803, declaró ser estadounidense para no ser sospechado de espía británico, algo que no pudo ser comprobado. De todos modos, los españoles descubrieron la falsa declaración y por eso Pío Tristán lo persiguió. 


Una versión indica que Joseph Redhead fue un británico nacido en Saint John, Antigua, en las Antillas Menores del mar Caribe, donde su padre tenía una plantación de caña de azúcar. Fueron sus padres Samuel Redhead y Sarah Bullock, quienes lo enviaron de niño a estudiar en Escocia. Cursó medicina en la Universidad de Edimburgo donde se doctoró en junio de 1789. Luego pasó por Cambridge, Alemania, Italia, Rusia y Francia donde cayó preso en La Bastilla, antes de llegar a Buenos Aires en los primeros años del siglo XIX.


La vida y obra de Redhead ha sido ampliamente documentada en el libro de Ricardo N. Alonso, -2023- “Historia de la ciencia. Joseph Redhead, un sabio británico en la Salta del siglo XIX”. Asimismo, un valioso trabajo sobre Redhead y la ciencia humboldtiana fue publicado en 2023 por el Dr. Miguel de Asúa. Se lo supone hijo de padres irlandeses, católicos, que se radicaron en Escocia. Cursó entonces los estudios primarios y secundarios en el Real Colegio de Edimburgo. De acuerdo con los datos aportados por su amigo personal, el viajero y médico Juan Scrivener, siguió allí los cursos de medicina bajo la tutoría del afamado científico William Cullen (1710-1790), el fundador de la hematología, discípulo a la vez, del hipocrático Herman Voerhaave.

Ratificando la información de Scrivener, consta que el joven universitario se graduó de médico en Edimburgo en 1789, con una tesis titulada Dissertatis physiológico-médico inauguralis de adipe. Ese tiempo de Redhead en Edimburgo corresponde con lo que se dio en llamar la Ilustración Escocesa, una de las explosiones de talento que se dieron a lo largo de la historia de la humanidad.


Otras fuentes indican que está probado que nació en Connecticut, cerca de Canadá (hoy Estados Unidos de América), hacia 1767, es decir, nueve años antes de haberse declarado la independencia de aquella nación. Sin embargo, arbitrariamente ha sido casi siempre tenido como británico (escocés, inglés e inclusive irlandés), pese a la circunstancia especial de que él mismo dejó aclarada su antedicha condición de americano en un documento datado en la ciudad de Buenos Aires con fecha 17 de octubre de 1804, existente en el Archivo General de la Nación, y publicado por el historiador Emilio Ravignani en 1919. Los investigadores indican que en razón de haberse omitido registrar esa fuente, la historiografía mostró falencia al respecto, no obstante existir, además, claras menciones indicadas primero por el propio general Belgrano en 1813, y posteriormente, en la obra de los historiadores Guillermo Furlong y Mario Belgrano, con la salvedad de que este último, siguiendo la información tradicional consignada por Bartolomé Mitre, lo considera escocés en la primera edición de su obra sobre Belgrano, impresa en 1927. Así lo dicen también Bernardo Frías y otros autores. Juan Canter, a su vez, sin conocer el documento publicado por Ravignani, acertó en considerarlo anglo-americano basándose en el testimonio de Belgrano. Con anterioridad, los viajeros ingleses Andrew y Temple lo consideraron connacional suyo. En medio de esa anarquía y confusión de datos fue, en 1943, cuando Romero Sosa, ahondó la investigación analizando los distintos materiales al respecto, dando a conocer sus conclusiones en un trabajo aclaratorio, y reproduciendo el documento dado por Ravignani.


Esplendor científico y cultural

Dentro de ese marco, la realidad es que el momento que le tocó vivir a Redhead en Edimburgo se caracterizaba por pasar por un esplendor científico y cultural donde se destacaban figuras como las del filósofo David Hume (1711-1776), el economista Adam Smith (1723-1790), el padre de la geología moderna James Hutton (1726-1787), el químico Joseph Black (1728-1799), el matemático John Playfair (1748-1819), el geólogo James Hall (1761-1832) y el ingeniero James Watt (1736–1819). A ellos se les sumaba Benjamín Franklin (1706-1790), gran amigo de Hume, quien lo visitaba con frecuencia.


A todo esto, la Ilustración Escocesa que iluminó a la humanidad en las ciencias y las humanidades, fue parte de una enorme transferencia de conocimientos prácticos a los Estados Unidos. Redhead fue alumno de William Cullen, considerado como uno de los grandes médicos de Inglaterra y primer médico del rey en Escocia. Cullen, Black y Hutton eran además íntimos amigos, lo que demuestra que Redhead vivió en esa pequeña ciudad de Escocia, en un tiempo en que florecieron grandes mentes. Edimburgo, una ciudad que en ese entonces contaba con poco más de 50.000 habitantes, sería conocida informalmente como la "Atenas del Norte".

También en base a la información de Scrivener se sabe qué especializado Redhead en ciencias físico-naturales pasó a perfeccionarse en Alemania en la célebre Universidad de Göttingen donde fue compañero de Guillermo IV, duque de Clarence. Por otra parte, también lo fue del propio Alejandro Humboldt. De todos modos, no resulta casual que Humboldt ingresara precisamente a dicha Universidad alemana en 1790, en época contemporánea a la permanencia de Redhead en Göttingen.


Fue Alexander von Humboldt quien le habría dado a Redhead “un itinerario para explorar especialmente las hoy provincias del norte argentino”.  De Alemania, Redhead pasó a Italia donde se relaciona con quienes rechazaban la “generación espontánea”.

Se vinculó especialmente con los trabajos del abate Lazzaro Spallanzani, biólogo, precursor de Pasteur y profesor de historia natural, matemática, latín, griego y metafísica en las universidades de Reggio y Modena. En Italia dominaba por entonces la enseñanza clínica sobre la base de comprobaciones en mesas de autopsias.

Más tarde, Redhead de Italia pasa a Francia. En París asiste a las prácticas del Dr. Jean Louis Baudelocque, obstetra que estudió y practicó medicina en esa ciudad. También asiste a las clases de Jean Nicolás Corvisart, quien además de ser médico de Napoleón le transmitió el interés por la técnica de la percusión del tórax para diagnosticar enfermedades. Finalmente, en su rodar por el mundo, Joseph Redhead se instala en Rusia a fines del siglo XVIII donde permanece un breve período antes regresar a Escocia.


Debe señalarse que, Woodbine Parish, en su enciclopédico trabajo “Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata”, publicado en Londres en 1852, cita reiteradamente a su “inteligente corresponsal” Joseph James Thomas Redhead, a quien le agradece por los valiosos informes con datos geológicos y barométricos que le suministró. Entre ellos figura información sobre el meteorito del Chaco. A propósito, la expedición de Rubín de Celis en búsqueda del hierro nativo del Chaco -que algunos pensaban era la saliente de una veta de plata pura- contó con la presencia del salteño Francisco Gavino Arias (1732-1808). Por su parte, Gabriel de Güemes Montero, enviado por la corona en 1778 como Tesorero Principal de la Real Hacienda en la Gobernación del Tucumán, padre de Martín Miguel de Güemes, los proveyó de las herramientas necesarias, con lo cual la provincia de Salta participó con hombres y bienes de aquella importante expedición según ha quedado plasmado en diversos documentos.


Dentro de este orden de ideas, Parish relata que Redhead le remitió un informe sobre sus ideas acerca del debatido origen de ese hierro del cual se discutía si era volcánico, cósmico o criado en la propia tierra, y se inclina equivocadamente la tercera posibilidad cuando dice: “Ni tampoco alcanzó por qué razón negaremos a la naturaleza el poder de reducir en su laboratorio un metal que tan fácilmente se separa de sus combinaciones por medio de los esfuerzos del hombre”. En esta discusión también participa el propio Humboldt, quien avala la opinión de Redhead. Algunos comentarios indican que Redhead tenía un bastón cuyo puño estaba hecho del hierro meteorítico y, como tal, en largos años no se había alterado.


Desde la perspectiva más general, Parish también menciona la idea que tenía Redhead sobre una antigua costa marina en Santiago del Estero, y usó los datos barométricos de Redhead para los cálculos de altura de las ciudades y montañas del norte argentino y sur de Bolivia. Entre ellos, calcula la altura de la ciudad de Salta en 3.973 pies (1.144 m), además de varios puntos de la quebrada de Humahuaca, La Quiaca, Tupiza, Potosí y la montaña de Chorolque, esta última en 16.530 pies. Se convierte así en el primer andinista científico en tomar alturas de cumbres en esta región del cono sur y estudiar su geología tal como lo menciona el inglés Juan H. Scrivener en sus memorias.

Es interesante destacar la publicación en 1819, de su pequeño libro: “Memoria sobre la dilatación del aire atmosférico”, más que por su valor intrínseco, por el tema elegido y por los datos concretos que el autor proporciona acerca de su realización experimental. También se tiene conocimiento de unos apuntes en inglés, titulados

“Algunas observaciones generales acerca de la influencia del sol y de la atmósfera sobre los animales y los vegetales”, que formaban parte de la biblioteca de Luis Güemes.


Un poco de historia

Según la documentación publicada en la Historia del Protomedicato, por Juan Ramón Beltrán, fue en 1803 cuando el Real Protomedicato de Buenos Aires habilitó a Redhead para ejercer su profesión en todo el territorio del virreinato. Encabezaba la nómina de profesionales médicos habilitados al efecto, los doctores Miguel O´Gorman, Cosme Argerich, Agustín Eusebio Fabre y Joseph Redhead entre los 27 médicos y cirujanos autorizados en el área de influencia de la capital. 


La mayoría de los cirujanos de Buenos Aires poseían cargos fijos. Y estaban exentos, por esa razón, de ser incorporados a las filas del Ejército. Otros sufrían enfermedades, o se trataba de septuagenarios, o eran simplemente ineptos para cuidar la apreciable vida de los beneméritos defensores de la patria. Quizá por esto, ese año el Directorio solicitó a Argerich y éste al protomédico Justo García Valdés una lista de cirujanos extranjeros presentes en la ciudad que pudiesen servir en los ejércitos nacionales.

El temor a ser reclutado como cirujano militar muestra que el Ejército no parecía ser el destino más deseado por los jóvenes médicos, pues los sometía a la brutalidad y barbarie del conflicto y a la permanente experiencia de la muerte, la posibilidad de causar o padecerla. Los diplomados, los estudiantes y los antiguos cirujanos de los hospitales betlemitas evitaban por todos los medios prestar servicios en la guerra, incluso movilizando influencias o presentando excusas ficticias. Las solicitudes de licencia y pedidos de excepción invocando motivos de salud abundan en los legajos del Archivo General de la Nación. En esto, como testimonian los trabajos reunidos por Eduardo Míguez, los médicos no diferían demasiado de los campesinos o de los hombres de la ciudad arrastrados al campo de batalla. La única diferencia radicaba en que podían simular con precisión los síntomas de las enfermedades aducidas.


En 1804 en el Cuartel Nº 13 de Buenos Aires, con fecha 10 de octubre, y en virtud de un bando dictado por el virrey Sobremonte, Redhead declaró ante el respectivo Alcalde de Barrio, ser estadounidense para no ser sospechado -tampoco pudo ser comprobado- de agente británico. En esa declaración informa además ser soltero, profesar la religión católica apostólica romana, ejercer la medicina y no tener más bienes “que los cortos muebles de su arte y decencia de persona”.


Desde Buenos Aires partió hasta Potosí en 1806, acompañando a Francisco Muñoz y San Clemente, a quien el rey de España había promovido a la presidencia de Cuzco. Mitre asegura, sin embargo, que en ese viaje Redhead acompañó al doctor Moro quien había sido promovido a la presidencia de Charcas; pero es el propio Redhead quien dio testimonio en contrario a esta última afirmación en una Memoria que le pertenece y que corre impresa.


De las investigaciones del Dr. Aníbal Ruiz Moreno acerca de la vacunación antivariólica en el Río de la Plata, puede deducirse que ese viaje de Redhead hacia Cuzco, se pudo llevar a cabo como modo de lograr la experimentación de los resultados del valioso y hoy bien conocido descubrimiento de Jenner. Por su parte, Osvaldo Loudet informa que fue nada menos que Humboldt quien dio a Redhead “un itinerario para explorar especialmente las hoy provincias del norte argentino”. De todas maneras, fue entonces cuando Redhead logró conocer por primera vez el dilatado ámbito de la Intendencia de Salta, ámbito que mucho le interesó y en el cual estaba llamado a cumplir observaciones sobre la flora y fauna argentinas, sobre todo en la puna jujeña; para estudiar allí sus cactáceas, -conocidas como cactus- y tomar anotaciones de carácter geográfico y geológico, llegando incluso a medir la altura del Cerro de Potosí.


El doctor Redhead se estableció en la capital de la Intendencia de Salta dedicándose al estudio intensivo y sistemático de la botánica y de las costumbres locales, principalmente en lo referente a las hierbas, plantas medicinales y la dinámica de la terapéutica popular. Fue partidario de la terapéutica familiar, y enseñaba la preparación de los medicamentos.


Según Juan María Gutiérrez en sus apuntes autógrafos que se conservan en su colección de la Biblioteca del Congreso de la Nación, pasaba largas temporadas en Rosario de Lerma, en la campaña salteña. Desde allí, era oculto propagandista de los principios que nutrieron la Revolución de Mayo, gozando de notorio predicamento en el medio local. Al conocerse las noticias del pronunciamiento de Mayo, el gobernador Nicolás Severo de Isasmendi le encomendó informar acerca del estado físico de los cabildantes patriotas reunidos “en el propio Cabildo”. Poco después el gobernador Chiclana le pidió también certificar la salud del depuesto mandatario Isasmendi.


Hostilizado por el elemento adverso a la revolución que lo consideraba un espía, cuando el general Pío Tristán ocupó Salta después de la batalla del 20 de febrero de 1813, Redhead logró huir a tiempo a Tucumán amparándose en las filas del ejército patriota, donde por intermedio del Dr. José Ignacio de Gorriti se vinculó muy estrechamente con el general Manuel Belgrano. Erróneamente se ha consignado en otras noticias biográficas que, Redhead con anterioridad había participado en la batalla de Tucumán, desempeñándose como médico, lo cual es inexacto. Redhead acompañó la marcha del ejército patriota hasta la ciudad de Salta donde se encontró en la batalla, y prestó atención a los heridos de ambos bandos en lucha. Osvaldo Loudet ha destacado que incluso colaboró con los doctores Castellanos y Navarro para aliviar al propio Belgrano de sus graves dolencias. Llevado de su lealtad hacia Belgrano, cuya resentida salud requería continuos servicios profesionales, lo siguió en su campaña del Norte regresando con él hasta Tucumán tras la derrota de Vilcapugio y Ayohuma.


Desde mediados de 1815, fue uno de los confidentes y hombre de confianza del gobernador de Salta, Martín Miguel de Güemes acerca de cuya persona y acción, redactó una interesante semblanza, dirigida al comerciante inglés radicado en Buenos Aires, G. Bowles, fechada en Salta a 16 de marzo de 1817. En ese gobierno fue miembro de la asamblea electoral, votando para que los diputados Moldes, Gorriti y Boedo, fueran incorporados al Congreso General que debía sancionar en Tucumán la independencia.


A través de la amistad mantenida con Belgrano y Güemes, hizo también fraterna relación con el militar de la región francesa de Alsacia al servicio de la causa americana Jorge Enrique Vidt, amistad que se continuó hasta mucho después de 1821, cuando éste se trasladó nuevamente a Europa desde donde escribía a Redhead cartas llenas de recuerdos y remembranzas argentinas.


No deja de ser importante destacar también que, en marzo de 1819, desde Salta el gobernador Güemes envió a Tucumán al doctor Redhead con expresas recomendaciones a fin de que éste se preocupase por atender la quebrantada salud del común amigo Belgrano. Desde entonces fue su médico de cabecera, y cuya vida salvó cuando el motín del capitán Abraham González, evitando que se le remachara una barra de grillos en la pierna de Manuel Belgrano. Mitre ha destacado la energía con la que actuó este médico en la emergencia, y pidiendo un acto de deshonor para las armas argentinas y de humillación para el vencedor de Tucumán y Salta.  Fue testigo privilegiado del encuentro entre Belgrano y San Martín en la posta de Los Algarrobos el 30 de enero de 1814. Lo trató de su paludismo con un medicamento elaborado en base a la corteza del árbol de quina y estuvo a su lado en las circunstancias más difíciles, cuando su salud empeoró notoriamente.


Tras ese suceso, acompañó a Belgrano hasta Buenos Aires atendiendo con toda solicitud en su viaje de enfermo y dispensando cuidados hasta el momento de su muerte. Redhead convocó a John Sullivan, un colega para asistir a su ilustre paciente. Sullivan era un irlandés de 23 años nacido en Dublín cuando llegó a Buenos Aires en 1817. Se había formado como médico cirujano en el Colegio Real de Cirujanos de Londres. El 10 de abril de 1820 comenzó a atender al ilustre paciente y participó de todas las consultas. Como aficionado a la música, Sullivan solía ejecutar el clavicordio, instrumento que Belgrano también dominaba.


Según refiere Mitre, el enfermo poco antes de morir le entregó su reloj de oro de bolsillo, diciéndole: “Esto es todo cuanto tengo para entregar a este hombre bueno y generoso”. El doctor Sullivan fue quien le practicó la autopsia.


Redhead estuvo un año ejerciendo en el Hospital de la Residencia y volvió a Salta en el carruaje que le regaló Belgrano, el mismo con el que los dos viajaron, desde Tucumán a Buenos Aires.


El doctor Redhead fue un colaborador de la política de Güemes, amigo y médico de la familia en especial de la hermana del prócer “Macacha” Güemes de Tejada. Por su amistad con Güemes lo califica el general Tomás Iriarte como “primer confidente de aquél”. Lo considera un espía al servicio de Güemes, y lo trata con dureza y desagrado.

Sucesivamente, fue médico particular del coronel Manuel Puch, cuñado de Güemes, y del general Juan Álvarez de Arenales, de los doctores José I. de Gorriti y Facundo Zuviría, de la mística Javiera Molina y Gallo de Dávalos, y de otras figuras conocidas de la vida nacional, colaborando en el orden local, en forma directa con el gobernador unitario de Salta, general Arenales, a cuyo servicio redactó a su pedido, un Informe sobre sanidad de Salta, destinado a Rivadavia. Se vinculó también con el diplomático norteamericano acreditado en nuestro país César Augusto Rodney.


Miembro de la Sala de Representantes se opuso entonces, a la concesión de privilegio del monopolio de la explotación minera de la provincia solicitada por Manuel Dorrego. Además, fueron notorias sus gestiones para apoyar la propuesta inglesa del capitán Andrew al respecto. En esa misma época estuvo relacionado con la Sociedad Literaria de Buenos Aires y con el periódico “El Argos”.


En 1825, en oportunidad de la visita a Salta del general William Miller, asistente del General San Martín durante la Campaña del Perú, Redhead elogió a San Martín y se mostró partidario de haber apoyado sus planes políticos en Lima.


En 1829, redactó un informe técnico relativo al cementerio de Jujuy. La investigación de historia médica lo coloca también entre los precursores de la asepsia. Coleccionó los primeros documentos para elaborar la historia de Güemes por encargo de su amigo Manuel Puch, cuñado del prócer. Publicó pequeños ensayos biográficos sobre Belgrano y Arenales.


En las diversas revoluciones que enlutaron a la provincia de Salta, el historiador Bernardo Frías refiere que se lo vio junto a Francisco de Gurruchaga atender humanitariamente a los heridos entre los años 1825 a 1840.


Con el grado de coronel que le había otorgado el gobernador general Gorriti actuó a comienzos de la época de Juan Manuel de Rosas como partidario del gobernador Miguel Otero en 1841. Al componer su Memoria descriptiva de Tucumán, en 1834, y refiriéndose al carácter de sus comprovincianos -los tucumanos- Alberdi escribió el siguiente comentario “Yo he tenido el gusto de ver confirmadas mis conclusiones especulativas por el testimonio verbal del doctor Redeac (sic), cuya autoridad -agrega- no desdeñó respetar el célebre Humboldt”. En efecto, como ya se mencionó, Redhead fue un asiduo corresponsal de dicho hombre de ciencia, quien tuvo el honor de aprobarle un nuevo sistema de calcular las tablas barométricas, además de un informe de la altura de los principales picos de los Andes. Fruto de sus investigaciones y estudios, Redhead dejó varios escritos, entre ellos los de la quina y sus aplicaciones en el paludismo; sobre la carqueja y las cáscaras de granadas. Redactó la primera biografía de Belgrano y en 1824, a pedido del general Arenales, escribió el único informe sobre la sanidad de Salta.


Redhead murió octogenario y en la indigencia, en la Quinta Grande, un predio donde hoy se levanta la iglesia de los Carmelitas de Salta, el 28 de junio de 1847, Le asistieron sus amigos, el médico salteño Vicente Arias y Arias y el presbítero Toribio Tedín y fue enterrado según su voluntad en un panteón construido en su propia quinta. Su valiosa biblioteca, los instrumentos de matemática y de física, fue heredada por Luciano Tejada, el esposo de “Macacha” Güemes.

 

Fuentes de consulta:

Archivo General de la Nación

Biblioteca del Congreso de la Nación

Biblioteca Pública Esteban Echeverría

Alonso, R. N. y Sorich, A. D. 2001 - Joseph Redhead y la ciencia colonial.

Ricardo N. Alonso, 2023 - Historia de la ciencia. Joseph Redhead, un sabio británico en

la Salta del siglo XIX. Mundo Gráfico Editorial – Salta.

Juan Ramón Beltrán, 1937 - Historia del protomedicato de Buenos Aires - El Ateneo.

Irina Podgorny, 2010 - La Revolución de Mayo y la medicina - CIENCIA HOY - Volumen

20 Número 118.

Cutolo, Vicente Osvaldo - 1988 - Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos

Aires.

Portal www.revisionistas.com.ar

Yaben, Jacinto R. - 1939 - Biografías argentinas y sudamericanas - Buenos Aires.

Disertación de ingreso del Académco correspondiente en General Belgrano Mtro. Claudio Acevedo

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