jueves, 3 de septiembre de 2026

Disertación del Académico correspondiente en la Provincia de Santa Fe

 



"Devocionario Belgraniano. Caminos de fe del General Manuel Belgrano"

 

Por el escritor Julio Daniel Rodríguez

Académico correspondiente en Santa Fe

 

 Conferencia de ingreso

vía streaming

2 de septiembre de 2026




Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús nació el domingo 3 de junio de 1770 en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres, hijo legítimo de Domingo Belgrano Pérez y María Josefa González.

Al día siguiente en el templo Nuestra Señora de la Merced, el padre Juan Baltazar Maciel, canónigo magistral de la Catedral, bautizó, puso óleo y crisma al recién nacido, actuando como padrino don Julián Gregorio de Espinosa, miembro de la Cofradía del Rosario de Santo Domingo.

Sus padres, Doménico nacido en Génova, Italia y arribado al Plata hacia 1753 para ejercer el comercio, y María Josefa González Casero, porteña descendiente de una distinguida familia. El 4 de noviembre de 1757, se unieron en sacramento matrimonial en la iglesia de la Merced, tuvieron 16 hijos, vivieron en un solar en la calle del Santo Domingo 430 e ingresaron a la orden terciaria dominica, ejerciendo el rol de prior y priora, respectivamente. Además, Doménico formó parte de la cofradía del Rosario de la iglesia Santo Domingo, como revisor de cuenta y mayordomo. Ambos padres fueron sepultados cerca del presbiterio de dicho templo.

La tradición familiar continuó con la pertenencia de sus hijos a la orden terciaria, como Manuel, los canónigos Bernardo José Félix y Domingo Estanislao, párrocos de la Catedral y en la Inmaculada Concepción, respectivamente, Joaquín y María Florencia. Manuel Belgrano realizó primeros estudios en la escuela del convento dominico, para graduarse en Filosofía, en el Real Colegio San Carlos. Durante su estadía española, el primer destino fue la Universidad de Salamanca, estableciéndose en el convento San Esteban, dependiente de la orden, formándose con los frailes.


Obediencia paternal

El 10 de febrero de 1790, en Madrid, Manuel se dirigió a su madre:

“Mi venerada Madre y Señora: no tengo más que decir sino someterme a su obediencia y que de VM. mis expresiones a mi Abuela, Tía, hermanos y Juliancito, con los demás de la Casa, que bastante me acuerdo de todos, y algunas veces me suele servir de sentimiento, ínterin ruego al Altísimo me la conserve y me dé auxilios para ayudarla en tantos trabajos”.


El mismo día también escribió a su padre con gran solemnidad:

“Mi venerado Padre y Señor: quisiera ya ser capaz de poder ayudar a VM., pero mi poca experiencia y mi poca habilidad no lo permiten, así me parece hago todo mi deber sometiéndome a su obediencia, ésta creo jamás se borrará en mi corazón, pues las pocas luces que me asisten hacen que conozca los deberes que tiene un hijo hacia su Padre; en esta inteligencia sólo espero me imponga VM. sus preceptos, siendo mi mayor gusto ponerlos en ejecución; le aseguro a VM. que nunca estoy más contento que cuando hago una cosa que contemplo merecerá la aprobación de mis Padres a quienes deseo guarde el Todopoderoso muchos años para bien de mis hermanos y de éste, su amante hijo que besa su mano”.


Inmaculada Concepción y el Consulado de Buenos Aires

El 2 de junio de 1794 se realizó la primera sesión del Consulado de Buenos Aires, en el Cabildo. Manuel Belgrano, regresado de la Península ibérica, donde se recibió de abogado, juró “defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas” y fue designado secretario. En dicha reunión se aprobó la Real Cédula, con el amparo de la Virgen, cuyos colores azules y blancos, fueron colocados en el escudo que presidió el edificio. “Su deseo era el de cumplir las Reales Intenciones con la más puntual exactitud imploraban para su efecto la protección del Poder Divino por la intercesión de Nuestra Señora la Virgen María en su Purísima e Inmaculada Concepción, patrona de los Reinos España y las Indias, para que inspirando a su limitada insuficiencia lograsen en mejor acierto en la dirección u justificación de todas sus operaciones actuales y sucesivas...”


San Pedro González Telmo

En 1799, el Consulado fundó la escuela Náutica, bajo el resguardo de San Pedro González Telmo, patrono del convento Santo Domingo. El reglamento, redactado por Belgrano, alumnos y maestros debían ir a Misa los días 8 de agosto, fiesta del santo, promulgando:

“Como los estudios humanos son nada, sin los auspicios de la Divinidad, el Consulado ha puesto por medianero para alcanzar aquellos en favor de este establecimiento a San Pedro González Telmo, y lo ha nombrado por su Patrono; en consecuencia quiere que en el día de este Santo que se celebra misa solemne en el convento de los Religiosos Dominicos, concurran los maestros primero, y segundo con todos los discípulos a oírla, con toda la decencia posible, y verdadera devoción, para que recaigan las bendiciones del Señor, en este útil establecimiento, dirigido en beneficio universal del Estado”.


En la junta de gobierno del 25 de mayo de 1810

La revolución se llevó a cabo irredentamente en los batallones militares de Buenos Aires, tal como describieron las actas capitulares. Sin dudas, principió el regimiento de Patricios, sumándose entre los 225 vecinos que votaron el 22 de mayo en el Cabildo Abierto, 24 fueron sacerdotes. Cornelio Saavedra, comandante en jefe de Patricios, fue ungido presidente de la Junta Provisoria de Gobierno, el 25 de mayo, y de inmediato, los vocales, secretarios y, naturalmente, el jefe, juraron de rodillas ante la imagen del Crucifijo y los Santos Evangelios.

Guillermo Furlong, sacerdote jesuita y cofundador de vuestra Academia, afirmó que “los hombres de la Revolución de Mayo eran religioso y creyentes fervorosos aferrándose a la tradición religiosa”, explicando el Tratado de las obligaciones del hombre, ápice de la política educativa impulsada por la junta:

1) Para con Dios.

2) Para consigo mismo.

3) Para con los demás hombres, y en el primer capítulo destaca la obligación que tienen los hombres de “adorar a Dios con la más profundad humildad” y de “amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y sobre todas las cosas”.

Belgrano, apuntó en su Autobiografía que, “apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde...Era preciso corresponder a la confianza del pueblo y todo me contraje al desempeño de esta obligación...El bien público estaba a todos instantes a mi vista”.

La junta emitió bando, al día siguiente de su asunción, referente al solemne tedeum eligiendo el día del Soberano en honor al Rey Fernando VII.

“Que todas las corporaciones Jefes y Vecindario asistan a la Misa Solemne que se celebrará en la Santa Iglesia Catedral el miércoles 30 del corriente en acción de gracias por la Instalación de la Junta, y terminación feliz que han tenido las agitaciones de este Pueblo causadas por los desgraciados sucesos de la Península”.

El templo catedralicio lució “adornando el Altar Mayor con lo mejor de la Iglesia, poniéndose la cera precisa, para descubrir el Sacramento en el alto Tabernáculo al tiempo del tedeum”. Los integrantes de gobierno ocuparon los primeros lugares, pontificando su Ilustrísima monseñor Benito Lué y Riega y el sermón lo predicó el doctor Diego de Zavaleta.

Finalizando en la Autobiografía, nuestro hombre razonó: “Sólo me consuela el convencimiento en que estoy, de que siendo nuestra revolución obra de Dios, Él es quien la ha de llevar hasta su fin; manifestándonos que toda nuestra gratitud la debemos convertir a su Divina Majestad y de ningún modo a hombre alguno".


Expedición a Paraguay

Belgrano contó con la presencia de Juan José García de Arboleya y Juan Valle, capellanes castrenses y el coronel Blas Pico ilustró sus actos:

“Era de la obligación de los capellanes, por mandato expreso, asistir por la mañana y tarde a los hospitales, que diariamente hiciesen a sus regimientos una plática doctrinal a la hora de la lista, sin perjuicio de la que había los días de festividad en la misa del regimiento, que celasen de rezar el Rosario para todos los soldados diariamente, y que cumpliesen con el precepto anual, a cuyo fin ordenaba a los jefes, para que concediesen a la tropa franco tiempo para disponerse debidamente”

El 1º de octubre de 1810, Manuel arribó a Santa Fe de la Veracruz, hospedándose en el convento dominico, construido en 1670, en una celda preparada especialmente con ventana hacia la calle principal. Durante la semana que permaneció allí, oyó Misa, recorrió claustros antiguos, el cementerio, el presbiterio y el crucero de la iglesia.

“A pesar de ser la noche oscura y del mucho barro que había en las calles, oí vivas y aclamaciones del pueblo que descubren claramente los sentimientos de que está animado y el respeto y obediencia que prestan a

Vuestra Excelencia... yo no puedo decir a Vuestra Excelencia bastante sobre las demostraciones de júbilo de estos vecinos y el respeto y obediencia a sus órdenes; por lo tanto le he dado el título de Noble al ayuntamiento que no dudo sea de la aprobación de Vuestra Excelencia... estoy alojado en el Convento de Santo Domingo, determinación que tomé para no causar gastos a ningún particular, el presbítero provincial Isidro Guerra y el prior José Grela como todos los demás religiosos de esta comunidad me hacen todo el honor y servicio posible”.


Nuestra Señora del Pilar y el nacimiento de Curuzú Cuatiá

El 14 de noviembre de 1810, Belgrano fundó la ciudad Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá (en guaraní Cruz de Papel), poniendo al poblado bajo el amparo mariano, que desde el año 1790, veneraba a la patrona hispánica en la capilla. Inmediatamente, el general encargó la espiritualidad del vecindario:

“El abandono en que se halla el vecindario del nominado pueblo de Curuzúcuatiá por lo que respecta al pasto Espiritual; ya iban a contarse dos años que ni aún Misa oían, y es de necesidad que V.E. oiga los clamores que por mí le dirigen para que el Reverendo Obispo provea a esa falta y se les ponga un sacerdote; sobre iguales necesidades hablaré a V.E. en otra ocasión, es muy urgente Señor Excelentísimo, un arreglo de los distritos de los curatos, pues tenemos mucha población que si sabemos dividirla muy pronto nos proporcionará grandes ventajas”.


Oratorio de San Francisco de Asís

Yaguareté Corá era un pueblo con escasa población, afincada en pequeñas casas cercanas a la plaza. La noche del 25 de noviembre, una lluvia torrencial recibió al ejército y al día siguiente, Belgrano y sus oficiales, se dirigieron al oratorio, rezando de rodillas ante la imagen de San Francisco de Asís. Dicha capilla, dependiente de la parroquia San Roque, se transformó el 21 de julio de 2013, en el museo histórico General Belgrano.


En las ruinas de Santa María de la Candelaria

El 19 de diciembre de 1810 tuvo lugar un primer combate situado en el Campichuelo de la Candelaria, sobre el margen del río Paraná, a 16 kilómetros de Encarnación. La vanguardia del ejército logró ocupar el pueblo, capturando armas, municiones y pertrechos al enemigo y establecieron cuartel en la Candelaria. Petrona, vecina del lugar, aportó estos datos:

“Don Maneco –por Belgrano– era muy piadoso y de las Ruinas, trajeron una imagen de la Virgen y, al caer la tarde, soldados y vecinos rezábamos el Rosario”.

En febrero de 1811, el general paraguayo Manuel Cabañas lo intimó a rendición, recibiendo la respuesta de Belgrano:

“Soy verdaderamente católico, Apostólico, Romano, también fiel vasallo de su Majestad Fernando VII y he traído las armas para sostener tan santa y sagrada causa, no para agredir al Paraguay, sino para auxiliar a todos. Y doy gracias a María Santísima que usa de piedad con nosotros dando a Ud. tiempo para que reconozca su error y a mí la constancia necesaria para soportar los trabajos y las penalidades que hasta ahora hemos sufrido aquí”.

Luego de la batalla de Tacuarí, 9 de marzo de 1811, el clero de Corrientes dirigió a Belgrano una epístola, felicitándolo por el accionar de la tropa:

“Me obliga saludar a V.E. a nombre mío y de este clero que suscribe conmigo, con la sumisión más respetuosa, tributándole las más felices enhorabuenas por éxito tan feliz y portentoso, en que ha permitido el cielo, para alentar nuestra fe. Queda este humilde clero ofreciendo sacrificios a Dios de los ejércitos, para que continúe en dispensar a V.E. los auxilios necesarios de su gracia, y un espíritu impertérrito a sus tropas para la total pacificación de estas provincias, con prolongados años de vida y salud”.

La respuesta la dirigió al gobernador Elías Galván:

“Corrientes me ha ensalzado a donde yo no merezco; mi agradecimiento será eterno, y mucho más por sus oraciones al Todo Poderoso, que, sin duda, las necesitamos para salir bien de la gran empresa en que estamos.

No hay que perder instante de que los paisanos se instruyan en sus derechos, y los de la patria; exhorte usted a los curas a que les expliquen; así conseguiremos que se entusiasmen con razón y justicia, y no haya quien sea capaz de desviarlos de sus obligaciones”

En mayo de 1811, Belgrano arribó a Buenos Aires donde fue juzgado por una junta de guerra por su actuación en Paraguay. Sin embargo, fue respaldado por sus subordinados, cuyo nombre “es pronunciado con respeto hasta por nuestros contrarios” y “no hay ni un oficial ni un soldado que tenga la menor queja contra él” y finalmente levantada la pena.


Nuestra Señora del Rosario

Leyendo el diario del ejército Auxiliador del Perú, el General consignó los movimientos realizados desde la salida. El viernes 24 de enero de 1812, se detuvo en la iglesia San José de Flores, para orar y pasar la noche. Dos días después, a la vera del Camino Real, hubo Misa de campaña, más luego, en la cañada de Rocha, rezaron el Rosario, previo al descanso de la noche. Por último, en Cañada de Giles, a la oración, se volvió a rezar el Rosario.

El 7 de febrero, el ejército llegó a Rosario, formando cuadro en la plaza e ingresando a la capilla Nuestra Señora del Rosario. En aquella estadía, asistieron a Misa diariamente y a la oración se rezó el Ángelus. El día 27, en la batería Libertad, situada en las barrancas del río Paraná, fue bendecida la Bandera Nacional por el párroco Julián Navarro, cuya confección estuvo a cargo de doña María Catalina Echeverría de Vidal.

“Al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria, los colores blancos y azul celeste, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente"

Carlos José Belgrano, comandante militar de Luján, reforzó la tesis sobre el amor mariano de su hermano.

“Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján de quien era ferviente devoto. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos”

Llegado el ejército a Catamarca, Belgrano mandó celebrar Misa en la capilla Nuestra del Rosario, construida en 1715. El 6 de septiembre de 1812 comenzó la novena en honor a Nuestra Señora del Valle y, en un escrito fechado el 28 de octubre, Belgrano pidió al Cabildo, su influencia para que “los señores Curas Párrocos prediquen e ilustren a sus feligreses inspirándoles las mejores ideas de nuestra Justa Causa”, respondiéndoles éstos con Misa y tedeum en la Iglesia Matriz.


Aniversario del 25 de mayo en San Salvador

El segundo año de la asunción de la junta se festejó en Jujuy donde hubo Misa de acción de gracias y posterior bendición de la Bandera a cargo del canónigo Juan Ignacio Gorriti.

“El vicario, revestido, y volviendo la cara hacia el pueblo, trazó en el aire la señal de la cruz; y como si todos fuesen ritos de un mismo culto, bendijo, en el nombre de Dios, aquella enseña de la patria naciente”.

Belgrano, recibió el estandarte y luego de invocar a Dios Omnipotente, arengó a su tropa.

“Soldados de la Patria, no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios; que él nos ha concedido esta Bandera, que nos manda que la sostengamos, y que no hay una sola cosa que nos empeñe a mantenerla con el honor y el decoro que le corresponde ¡Viva la Patria!”.




Madre de victorias

El 23 de septiembre, previo al encuentro con los realistas, el General se dirigió a la iglesia de la Merced, que hervía de fieles pidiendo a la Virgen que los libere de los dominios invasores. Luego, tomó la pluma y escribió a Buenos Aires: 

“Acá trabajamos lo que se pueda, y espero que sea con buen éxito. Mediante Dios y nuestra Generala, María Santísima de las Mercedes. Vista V.E. a las tropas el escapulario de esta Señora. Mandé que recen con devoción el rosario. Que los capellanes expliquen, después de él, la doctrina cristiana, siquiera un cuarto de hora. No importa que lo ridiculicen los despreocupados. V.E. verá felices resultas, hablo por experiencia”.

Al día siguiente, la lucha se libró en el campo de las Carreras. El testimonio del soldado don Juan Pablo Pardo de Zela trajo el auxilio celestial aquella tarde:

“La batalla comenzó con un horizonte despejado y limpio de nubes...Una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal sostenido por una base que parecía sostener una efigie de Nuestra Señora. Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; daba más fuerza a nuestra pequeña línea, ya enfrentada con la del enemigo, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería”.

Manuel ingresó a la ciudad y emitió bando al gobierno notificando su primer triunfo bajo el amparo de María: “La patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas, el día veinte y cuatro del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”.

La celebración de la Virgen se postergó para el 28 de octubre, día de San Judas y San Simón. Los fieles peregrinaron junto a María por la tarde sumándose la vanguardia del ejército. El general Belgrano, de gran uniforme, se mantuvo bien cerca a la imagen y, al ingresar al campo de las Carreras, la Virgen fue saludada por una salva de 21 cañonazos, para luego dirigirse a la imagen, entregándole su bastón, que acomodó en el cordón, rezando:

“A Ti sola, oh Reina de los cielos y Madre de mi Señor Jesucristo, te debemos el triunfo que ha obtenido el ejército de la patria, y hoy te nombro Generala del ejército”

En Salta, el 20 de febrero de 1813 y tras la Misa en la iglesia de la Merced, desde su altar, Belgrano distribuyó el escapulario de Nuestra Señora de las Mercedes a la tropa, que habían confeccionado las monjas capuchinas del convento Santa Catalina, en Buenos Aires. El general José María Paz contó en sus Memorias:

“Estos escapularios se conservaron intactos después de cien leguas de marcha en la estación lluviosa. En la acción de Salta vinieron a ser una divisa de guerra; si alguno los había perdido, tuvo buen cuidado de procurarse otros, porque hubiera sido peligroso andar sin ellos”.

Luego del triunfo, leemos dos partes enviamos por Belgrano a Buenos Aires:

“El Todo Poderoso ha coronado con una completa victoria nuestros trabajos: arrollado, con las bayonetas y los sables, el Ejército, al mando de Don Pio Tristán, se ha rendido del modo que aparece de la adjunta capitulación…No cesaría, Excmo. Señor, de hablar de una acción tan gloriosa para las armas de la Patria y cuyas consecuencias es fácil prever, sino temiese molestar a V.E.; diré solamente que el Dios de los ejércitos nos ha echado su bendición y que la causa justa de nuestra libertad e independencia se ha asegurado a esfuerzos de mis bravos compañeros de armas”.

Cómo se dispensaba, tres banderas capturas a los realistas fueron enviadas a la capilla del Sagrario de la Catedral de Buenos Aires y dos al santuario de Luján:

“Presentándolas a los pies de Nuestra Señora a nombre del Ejército de mi mando...para que se haga notorio el reconocimiento...estamos a los beneficios que el Todopoderoso nos ha dispensado por su mediación y exciten con su vista la devoción de los fieles para que siga concediéndonos sus gracias".


Educación belgraniana

La Asamblea del Año XIII otorgó al General un premio de 40 mil pesos oro por sus triunfos en Tucumán y Salta, los cuales fueron destinados para la construcción de cuatro escuelas en San Salvador, Santiago del Estero, Tarija y Tucumán, para los cuales el beneficiado redactó un reglamento, cuyo punto quinto, sumaba “la enseñanza de nuestra sagrada Religión y Doctrina Cristiana, mediante el catecismo de autores como Gaspar Astete, el Abad Claudio Fleury, más El Compendio de la Fe. Ordinario de la Santa Misa, del Padre Francisco Amado Pouget”. Por su parte, también era obligatoria la asistencia a Misa, por parte de autoridades y alumnos, como demostró el artículo 7º.

“En los Domingos de renovación, y en los días de rogaciones públicas, asistirán todos los Jóvenes a la Iglesia presididos de su Maestro: oirán la misa Parroquial, tomarán asiento en la banca que se les destine, y acompañarán en la procesión de Nuestro amo, Todos los Domingos de Cuaresma concurrirán en la misma forma a oír la Misa Parroquial y las exhortaciones o platicas doctrinales de su Pastor”.

Asimismo, “todos los días asistirán los Jóvenes a Misa conducidos por su Maestro; al concluirse la Escuela por la tarde rezarán las letanías a la Virgen, teniendo por Patrona a nuestra Señora de Mercedes. El sábado a la tarde le rezaran un tercio del Rosario”. Más, el artículo 13º, insistía sobre la organización de catecismo: “Las mañanas de los jueves y tarde de los sábados se destinarán al estudio de memoria del Catecismo de Astete que se usa en nuestras Escuelas y a explicarles la doctrina por el Pouget”.

Un último articulado, mencionó que, “el Maestro procurará con su conducta y en toda sus expresiones y modos inspirar a sus Alumnos, amor al orden, respeto a la Religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la verdad y a las Ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga a profusión, y luxo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional, que les haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la calidad de Americano, que la de Extranjero”.


Ahoyuma y Vilcapugio

La derrota en Vilcapugio, fue asumida por el jefe del Ejército, como una disminución de fe, en la tropa: “El ruido del ligero contraste del ejército de Vuestra Señoría ha sabido prevenir sin duda a los que, fijando la esperanza de la gloria en sólo el valor y esfuerzo de los hombres, adormecieron sus cristianos sentimientos y olvidaron los votos al Dios de los ejércitos; sin advertir que, sin los auxilios del Eterno, y el influjo poderoso de su Santísima Madre Generala de las armas de la patria, no hay ejércitos por numerosos que sean ni victorias por bravos y esforzados”

El 14 de noviembre de 1813, en el llano de Ayohúma, Belgrano razonó: “Estoy creído que Dios mismo ha querido presentarnos en Vilcapugio y Ayohúma victorioso a Pezuela, para que acabéis de conocer los males que os esperan si llegasen a subyugarnos, y os convenzáis de cuanto os importa uniros y vestiros de virtudes cristianas, únicas que pueden hacernos felices. En esta inteligencia sosteneos si queréis ser libres, mientras que el ejército auxiliador os da la mano y os arranca de la cruel dominación en que estáis, mediante el favor de Dios y la intercesión de nuestra Generala María Santísima de Mercedes".


La patria al encuentro de sus padres

Luego de las derrotas, el Triunvirato nombra al coronel José de San Martín, jefe de la expedición que debe auxiliar al ejército de Belgrano. El 17 de enero de 1814, ambos se encontraron en la posta de Algarrobos, cinco leguas al sur del río Juramento. En misiva, fechada el 1º de abril, en Santiago del Estero, leeemos:

“Señor Don José de San Martín. Tucumán. Son muy respetables las precauciones de los pueblos y mucho más aquellas que se apoyan, por poco que sea, en cosa que huela a religión. Creo muy bien que usted tendrá esto presente y que arbitrará el medio de que no cunda en disposición y particularmente de que no llegue a noticia de los pueblos del interior.

La guerra, allí, no sólo la ha de hacer usted con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos la religión, por este medio conseguirá usted tener al ejército bien subordinado, pues él, al fin se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden.

He dicho a usted lo bastante; quisiera hablarle más, pero temo quitará usted su precioso tiempo y mis males tampoco me dejan añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé y que la enarbole cuando todo el ejército se forme; que no deje de implorar a nuestra señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra generala y no olvide los escapularios a la tropa; deje usted que se rían, los efectos le resarcirán a usted de la risa de los mentecatos que ven las cosas por encima.

Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico, romano; cele usted de que, en nada, ni a Ud. en las conversaciones más triviales se falte el respeto de cuanto diga, a nuestra santa religión, tenga presente no sólo a los generales del pueblo de Israel, sino a de los gentiles y al gran Julio César que jamás dejó de invocará los dioses inmortales y por sus victorias en Roma se decretaban rogativas. Se lo dice a usted su verdadero y fiel amigo. Belgrano. Santiago del Estero, 1º de abril de 1814”.


Postrimerías

El 12 de junio de 1814, Belgrano quedó arrestado en Luján. Luego pasó a San Isidro y redactó su Autobiografía. Entre diciembre a febrero de 1816, permaneció en viaje diplomático en Europa junto a Sarratea y Rivadavia. A su regreso, marzo de 1816, Álvarez Thomas lo designó jefe de línea de Buenos Aires para sofocar un levantamiento en Santa Fe a cargo de sus caudillos Estanislao López y Mariano Vera, de cuyas resultas, se firmó el pacto de Santo Tomé. Más de su proclama a los soldados, extraemos:

“No os olvidéis que el Patrono del Ejército es la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y Nuestra Generala, Nuestra Señora de las Mercedes. Seguid respetando la Religión Santa que profesamos y a los ministros del Señor y os aseguro la victoria mereciendo las bendiciones del Cielo”.

Un nuevo armisticio con los santafesinos, rubricado el 12 de abril de 1819, lo hizo recabar en Córdoba y hacia septiembre, achacado por su salud, entregó el mando del ejército Auxiliar al coronel Francisco Fernández de la Cruz en la capilla del Pilar, diciéndole:

“Si muero aquí entiérrenme en este suelo, pues si hay soldados sepultados también puede estar un general, y siempre habrá un paisano que elevará una plegaria por nuestras almas”.

El 12 de noviembre de ese año, en Tucumán, estalló una revolución capitaneada por el uruguayo Abraham González. Belgrano estando allí y postrado en su lecho, fue hecho preso y, al ser engrillado, su médico José Readhead lo impidió por el estado de salud.


Último don de Dios

En febrero de 1820 inició el regreso a Buenos Aires. Fray Cayetano Rodríguez escribió al obispo José Agustín Molina, que “el 4 de abril ha llegado Belgrano.

Está bastante malo; dudan todos de su salud y aún de su vida”. José Celedonio Balbín, comerciante tucumano y amigo suyo, recordó que lo halló mal.

“Al día siguiente de mi llegada a Buenos Aires pasé a visitar al general Belgrano, a quien encontré sentado en un sillón poltrona en un estado lamentable”.

El doctor Redhead, sus hermanos y algunos frailes dominicos, lo tuvieron a cuidado. El 25 de mayo, a diez años del surgimiento de la junta, redactó su testamento, el cual encabezó “En el nombre de Dios y con su santa gracia amén”, hallándose:

“…enfermo de la que Dios Nuestro Señor se ha servido darme, pero por su infinita misericordia en mi sano juicio, temeroso de la infalible muerte a toda criatura e incertidumbre de su hora, para que no me asalte sin tener arregladas las cosas concernientes al descargo de mi conciencia y bien de mi alma, he dispuesto ordenar este mi testamento, creyendo ante todas las cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy, tomando por mi intercesora y abogada a la Serenísima Reina de los Ángeles María Santísima, madre de Dios y Señora nuestra y devoción y demás de la corte celestial, bajo de cuya protección y divino auxilio otorgo mi testamento".

El 20 de junio de 1820, a las 7, pasó a la inmortalidad Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González, Brigadier General y Padre de la Patria. Rodeado de sus hermanos y en la más absoluta pobreza, recibió los sagrados sacramentos suministrados por su capellán, el padre Villegas.

El primer funeral, solicitado por su hermano Domingo, se llevó a cabo una semana después en la iglesia Santo Domingo, con la sola asistencia de familiares más íntimos. La noticia del deceso sólo fue publicada por Fray Francisco de Paula Castañeda en el Despertador Teofilantrópico:

“Porque es un deshonor a nuestro suelo; / Es una ingratitud que clama al cielo, / El triste funeral, pobre y sombrío, / Que se hizo en una iglesia junto al río. / En esta ciudad, al ciudadano, / Ilustre general Manuel Belgrano”.

El 29 de julio de 1821 se realizaron nuevas honras fúnebres, ahora sí, con la presencia de autoridades civiles, militares y políticas, encabezadas por el gobernador Martín Rodríguez, en la Catedral. Fray Cayetano Rodríguez tuvo a cargo el elogio fúnebre, mencionando:

“Los pasos de este hombre religioso vienen marcados todos con el sello de la moralidad cristiana…La muerte hizo presa de su vida, y arrebató a la patria este importante ciudadano, dejándola envuelta en lágrimas y luto: a esta patria que él tantas veces supo vestir de gloria…En esta lúgubres silenciosa descansa aquel ciudadano que la honró con su conducta, aquel magistrado que la gobernó con rectitud, aquel militar que la defendió con firmeza, aquel patriota que perdió la vida por dársela a la patria, aquel hombre de bien que jamás le hizo traición, aquel americano honrado, modelo de virtud y de valor” .


Legado

“La religiosidad alta y noble del general Manuel Belgrano, nos ha legado un nombre sin mancha, aureolado por los suaves resplandores del más puro civismo. Y nos ha transmitido, pruebas y argumentos fehacientes de la protección, clara y patente de la Virgen María, dispensada a las armas y destinos de nuestra patria” (Fray Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar O.P.)

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, ya su nombre resalta virtudes cristianas, nació y fue criado en familia pertenecientes a la orden dominica, de cuyo templo, secundó en 1806, a don Santiago Liniers en la Reconquista y, al año siguiente, la defendió del invasor británico. Electo vocal de la junta de mayo, obedeció al mandato de liderar un ejército desecho, impartiéndole disciplina, rezo del Rosario y devoción por la Santísima Virgen. Sus tropas mantuvieron una conducta intachable en cada villorrio, pueblo, capillas, oratorios, iglesias, que les cupo visitar. Falleció como buen cristiano en su hogar, amortajado con el hábito dominico y con los Santos Sacramentos.


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Esta ponencia es un homenaje y gratitud hacia a los padres Cayetano Bruno, v Guillermo Furlong (integrantes de vuestra ilustre Academia), Francisco de Paula Castañeda, Rubén González, Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar y Alberto Ezcurra Uriburu, quienes asistieron con formación y piedad al autor.




Disertación del Académico correspondiente en la Provincia de Santa Fe

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