lunes, 20 de febrero de 2023

En homenje a la gesta belgrananiana de la gloriosa Batalla de Salta



Por Ernesto Martinchuk

Consejero Académico electo


“Los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos…”

A 210 años de la Batalla de Salta


Febrero es una estación de copiosas lluvias en el norte argentino. Lo que aún queda del ejército realista, después de una fatigosa marcha, se atrinchera en Salta a la espera de refuerzos que debe enviarle el general en jefe del Alto Perú, José Manuel de Goyeneche.

Mientras tanto, el abogado porteño, Manuel Belgrano, convertido en general, ha enviado emisarios al Perú para extender la revolución por un lado y mantenerse en contacto con el jefe realista. A todo esto, el gobierno le envía como refuerzos a los regimientos de infantería 1 y 2, y la orden de iniciar una ofensiva hasta las proximidades del río Desaguadero, en el Alto Perú (actual Bolivia), desalojando al general Pío Tristán de Salta. Belgrano logra reunir una fuerza de 3.000 hombres, pertrechados con armas, uniformes y dinero, con lo cual se dispone a reiniciar la campaña. El 12 de enero, comienza su avance hacia el norte y a principios de febrero se une a la vanguardia a orillas del río Pasaje, que ha sido señalado como punto de concentración del ejército. Tres días le llevará el paso del río por las frecuentes lluvias de la estación y las crecidas que dificultan el traslado de todo el material y los animales. Una vez en la ribera, el 13 de febrero, forma a su ejército, enarbola por tercera vez la bandera bicolor que ha creado y hace jurar a los cuadros militares obediencia a la Asamblea General Constituyente, reunida en Buenos Aires. Después de tan emotiva ceremonia, manda a grabar sobre un tronco de árbol que se llamará en lo sucesivo “Río Juramento”.

Al día siguiente, rumbo a Salta, en Cobos, una patrulla sorprende a una partida realista. Algunos de los que pueden escapar informan lo sucedido a Tristán, pero éste considera que la estación lluviosa no es propicia para abrir la campaña, y desestima el hecho, considerándolo una escaramuza aislada.

Los servicios del baqueano José Apolinario Saravia, “Chocolate”, sirvieron de guía a Belgrano por la quebrada de Chachapoyas. Difícil, angosta y de noche, bajo una lluvia torrencial logra una magnífica posición el 18 de febrero. El general Belgrano ya tenía distintos problemas de salud, sin embargo llegó a la finca de Castañares abriendo caminos y dejando distintas enseñanzas, con una profunda humildad, a los habitantes del lugar. Está a menos de tres leguas de Salta, en condiciones de atacar al enemigo por la retaguardia. Con esa operación cierra las comunicaciones a Jujuy y le corta la retirada al ejército español. Además, para distraer al enemigo, hace que su vanguardia siga hacia el Portezuelo. Cuando Tristán advierte que tiene el grueso del ejército patriota a sus espaldas, traslada sus fuerzas hasta cubrir la ciudad, dando frente al norte, donde Belgrano ha destacado su ejército.

El 20 de febrero, a las once de la mañana, Belgrano comienza a mover sus tropas hacia la ciudad de Salta, donde el enemigo tiene mayores posibilidades de triunfo. Con mayor cantidad de hombres, jefes veteranos y mejor armados, los realistas esperan. Sin embargo, los efectivos patriotas logran quebrar la tenaz resistencia enemiga. Como último recurso Tristán intenta reunir sus fuerzas en el centro de la ciudad, donde preparó numerosas trincheras y empalizadas, pero todo es inútil. Por la tarde, se ajustan los términos de la capitulación.

La lucha fue encarnizada, perdieron la vida casi 600 hombres y otros tantos fueron heridos. Todos los muertos quedan sepultados en una fosa común en el campo de Castañares, bajo una cruz de madera con una sencilla leyenda: “Aquí yacen los vencedores y vencidos del 20 de febrero de 1813”.

Los vencidos dejan en el campo de batalla 481 muertos, 114 heridos, 2.776 rendidos, entre ellos 95 oficiales. Numerosas armas: 10 piezas de artillería, 2.188 fusiles, 200 espadas, pistolas, carabinas y pertrechos. Las filas de Belgrano suman 113 muertos y casi 500 heridos.

El enemigo entregará sus armas y pertrechos, obligado por juramento, desde el general en jefe hasta el último tambor, a no tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata, comprendiendo a Charcas, Potosí, Cochabamba y La Paz. Goyeneche dejará en libertad a los patriotas prisioneros que tiene en su poder y Belgrano hará lo mismo con los realistas y permitirá a la guarnición de Jujuy retirarse sin armas. Belgrano alienta la esperanza de inspirar en los vencidos el espíritu de la Revolución, aunque muchos de ellos no respetaran su juramento.

Militarmente, el ejército realista sufre un rudo golpe. Goyeneche, desde Potosí, repliega su poderoso ejército hacia Oruro.

El 3 de marzo de 1813, durante una tranquila tarde que se ve alterada por una salva de artillería y el repique de campanas, se anuncia a los vecinos de Buenos Aires, la victoria de Salta.

El gobierno no acepta con agrado la capitulación hecha por Tristán y estima que Belgrano debía haber avanzado sin dilación hasta Potosí, por lo que Belgrano le escribe a Chiclana:

“Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los que más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna dan conmigo que me río de ellos, y hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria”.

La Asamblea General Constituyente, decide premiar a los vencedores declarándolos “Beneméritos en Alto Grado” y entregándoles un escudo de oro, plata y paño respectivamente. El mismo está orlado de palma y laurel, encerrando la inscripción: “La Patria a los vencedores de Salta”.  Para el general Belgrano, un sable con guarnición de oro y en la hoja grabado: “La Asamblea Constituyente al Benemérito General Belgrano”, además “la donación en toda propiedad de la cantidad de cuarenta mil pesos señalados en valor de fincas pertenecientes al Estado”.

Al tomar conocimiento de esta actitud el general Belgrano escribe al gobierno el 31 de marzo, con el fin de que la suma otorgada, se destine a la creación de cuatro escuelas públicas de primeras letras, en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero, la última se inauguró 191 años después…  Si bien se siente honrado con aquella consideración, hace una serie de reflexiones, guiado, como siempre, por su interés por el bien público:

“… nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos en el manejo de los negocios públicos que el dinero o las riquezas, que éstas son un escollo de la virtud, y que adjudicadas en premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia de los demás, haciendo que por principal objeto de sus acciones subroguen bienestar particular al interés público, sino que también parecen dirigirse a lisonjear una pasión seguramente abominable en el agraciado…”

El gobierno acepta el generoso ofrecimiento y Belgrano remite como lo ha prometido, el reglamento que debe regir a las cuatro escuelas y en uno de sus artículos enaltece la misión del maestro diciendo:

“… procurará con su conducta… inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud y a las ciencias, despego del interés, desprecio a todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional, que les haga preferir el bien público al privado, y estimular en más la calidad de americano que la de extranjero”.

viernes, 17 de febrero de 2023

Senderos Históricos

Por Ernesto Martinchuk, 

Consejero Académico electo


Un breve recorrido virtual, -inspirado para docentes, estudiantes y turistas- por las calles de tierra de la colonia de principios del siglo XIX, descubriendo lugares, datos, actividades y algunos de los protagonistas de nuestra historia.

¿Dónde nació, vivió, trabajó y murió Manuel Belgrano? ¿Dónde se imprimieron los primeros periódicos? ¿Dónde estaban las tropas que defendieron a la colonia durante las invasiones inglesas? ¿Dónde están las banderas capturadas a los enemigos? ¿Dónde vivían Castelli, Liniers, Moreno o Rivadavia? ¿Cómo era la vida en la colonia? ¿Qué actividades se desarrollaban? ¿Cuál fue la primera librería del país? ¿Cómo se llamaban las calles en esa época y ahora? ¿Dónde se cantó el Himno Nacional Argentino por primera vez? ¿Cuántos nombres tuvo la actual Plaza de Mayo? ¿Dónde estudiaron y dónde se reunían los Patriotas que protagonizaron el 25 de mayo de 1810? ¿Cuáles son las iglesias más antiguas del casco histórico? ¿Dónde contrajo enlace José de San Martín?...

Todo, acompañado por los sonidos que hacían a la vida cotidiana en la colonia.

Ingrese en el siguiente enlace y descubra los Senderos Históricos, donde las historias dan sentido a nuestra historia...

https://view.genial.ly/63bc3a18add8c600108774c2/presentation-senderos-historicos




viernes, 10 de febrero de 2023

Belgrano traductor de Washington

 


Por Ernesto Martinchuk *

Pocos días antes de la Batalla de Salta (20-2-1813), Manuel Belgrano traduce la despedida del héroe norteamericano Jorge Washington, que nos dejaba lecciones sobre uno de los máximos peligros que acechaban a las naciones y tiene vigencia a pesar de los 210 años transcurridos:

 “El espíritu de partido trabaja constantemente en confundir los consejos públicos y debilitar la administración pública. Agita a la comunidad con celos infundados y alarmas falsas; excita la animosidad de unos contra otros y da motivos para los tumultos e insurrecciones. Abre el camino a la corrupción y al influjo extranjero, que hallan fácilmente su entrada hasta el mismo gobierno por los canales de las pasiones de los facciosos. Así es que la política y la voluntad de un país se ven sujetas a la política y a la voluntad de otros”.

Antecedentes

 

Uno de los documentos fundamentales de la historia de los Estados Unidos de Norte América es el Farewel Address, el mensaje o discurso de despedida, el adiós, dirigido por Jorge Washington al hacer entrega del poder a su sucesor John Adams. Washington acaba de cumplir su segundo período presidencial después de haber encabezado los ejércitos libertadores de su Patria y haber sido uno de sus organizadores constitucionales.

 

Fatigado de la vida pública y sintiendo que sus fuerzas comenzaban a flaquear, había resuelto retirarse a la vida privada, pero antes de hacerlo tuvo la necesidad de hablar a su pueblo, dejar un documento de despedida, una especie de testamento político, las conclusiones de su experiencia y el mensaje de sus convicciones democráticas.

 

El Farewell Address fue publicado en los Estados Unidos el 17 de septiembre de 1796. Recién en el año 1805 el Dr. Manuel Belgrano lo conoció. El norteamericano David Curtis de Forest, pintoresco amigo suyo que luego de la Revolución de Mayo habría de hacerse argentino, se lo hizo conocer.

 

La lectura del adiós entusiasmó a Belgrano, y desde el primer momento pensó que ese documento debía ser conocido por todos los americanos. ¿Pero cómo difundirlo, cómo hacerlo llegar a los pueblos? No bastaba con traducirlo era necesario imprimirlo en gran cantidad de ejemplares para poder distribuirlos, pero la falta de fondos y la carencia de imprenta como también la severísima vigilancia ejercida por las autoridades españolas en torno a cualquier clase de publicaciones y muy especialmente a la literatura política era considerada subversiva. La sola lectura de la constitución de los Estados Unidos estaba prohibida en todas las colonias españolas.

 

Estas dificultades desanimaron a Belgrano y se limitó a hablar del documento con sus amigos para hacerlo conocer a los pocos que sabían inglés. Los acontecimientos vividos en el país lo distrajeron momentáneamente del asunto.

 

Producida la Revolución de Mayo, el Dr. Manuel Belgrano, por imperiosas necesidades del momento, es convertido de la noche a la mañana en militar para conducir las menguadas y desorganizadas unidades para marchar hacia el Paraguay.

 

Durante el desarrollo de la campaña vuelve a su pensamiento el viejo proyecto de hacer conocer a los pueblos el adiós de Washington. Él lo juzga un excelente instrumento para la preparación política de las gentes y sin pérdida de tiempo inicia la tarea de su traducción. Está a punto de darle fin en su tienda de campaña la noche antes de la Batalla de Tacuarí. Pero al día siguiente, cercado por el enemigo, temeroso de una derrota que hiciera caer en mano de los realistas algunas cartas comprometedoras de sus agentes patriotas en Asunción, ordena a su edecán que queme todos sus papeles antes de entrar en batalla.

 

La traducción del Address, la primera, se perdió así en aquel prudente auto de fe. Pero Belgrano no era hombre de abandonar un proyecto. Ahora que el poder estaba en manos de los patriotas, y no había tiranía que impidiera la difusión en América de la literatura política necesaria a los intereses de la Revolución, no iba a dejar de realizar su viejo sueño. Cuando de vuelta en Buenos Aires, se le ordena partir de nuevo para hacerse cargo de la jefatura del Ejército del Norte, el proyecto vuelve a bullir en su cabeza.

 

El 2 de febrero de 1813 a orillas del Río Pasaje, da término a la segunda traducción del adiós. El gobierno de la Revolución autorizó su publicación y bajo sus auspicios se hicieron miles de ejemplares para ser distribuidos en toda América.

 

Uno de esos ejemplares –el único del que hay noticias- se halla en la biblioteca del Parlamento en Washington. Es la única traducción al español del documento dado como testamento político del primer presidente de los Estados Unidos.

 

Existe  una fascinación especial en especular en los pasajes que Belgrano sintió tan hondamente que escribió “paisanos míos… a cuantos piensen en la felicidad de la América…”, exhortándolos a que leyeran  y reflexionaran en el consejo de “ese gran hombre… que se había dedicado de todo corazón a la libertad y felicidad de su patria… para que transmitiera esas ideas a sus hijos… si les tocaba la suerte de trabajar  por la libertad de América”.

 

Él compartía el anhelo, apasionado de Washington por la unidad. Comprendían ambos que las rencillas entre los estados, o provincias, debían evitarse a fin de que sus países pudieran ser suficientemente fuertes para mantenerse por sí libres e independientes. “También os es apreciable en el día de la unidad de gobierno, que os constituye una nación”, escribió Washington (para seguir haciendo uso de la versión de Belgrano). “y á la verdad justamente la apreciáis; pues es la columna principal del edificio de vuestra verdadera independencia, el apoyo de vuestra tranquilidad interior, de vuestra seguridad, de vuestra prosperidad y de esa misma Libertad que tanto amáis”. Añadió luego: “Pero como es fácil prever, que por diferentes motivos… se trabaje con mucho empeño… para debilitar, en vuestro concepto, el convencimiento de esta verdad: siendo este el punto de vuestro baluarte político contra el cual se han de dirigir con más constancia y actividad las baterías de los enemigos interiores y exteriores (aunque muchas veces oculta e insidiosamente…”

 

Tanto Belgrano como Washington percibieron el ominoso augurio de disensiones internas y su peligro inminente. Su propio país, no liberado todavía, estaba dividido en facciones en las distintas provincias. Felizmente para él, no vivió lo suficiente para experimentar en carne propia los años de las luchas intestinas. Washington también, se libro del horror de la guerra civil.

 

En su “Introducción” Belgrano dice de Washington: “Hablo con cuantos tenemos, y con cuantos puedan tener la gloria de llamarse americanos, ahora, y mientras el globo no tuviese otra variación”. En las palabras de Washington: “El nombre de los americanos que nos pertenece… siempre debe excitar un justo orgullo patriótico, más que cualquier otro nombre, que derive de los lugares en que habéis nacido”. No meramente virginianos, ni neoyorquinos, ni nombres de Pensilvania. Juntos habéis peleado y triunfado por una causa común: la independencia y la libertad que peséis”, recuerda Washington, “es la hora de vuestros consejos, de los peligros, de los sufrimientos y de las ventajas comunes, que en Unión habéis conseguido”.

 

El documento es extenso. Abarca el prodigioso campo de la defensa, el comercio, las finanzas y los problemas internos, sin dejar de analizar su política exterior. Es importante destacar el complicado escenario internacional de fines del siglo XVIII y la indigencia económica de las débiles Trece Colonias. Europa se debatía en el tumulto mientras Francia e Inglaterra estaban en guerra y en el continente norteamericano restaban las posesiones de las potencias europeas, como Francia, Inglaterra y España. “No puede haber error mayor –decía Washington- que esperar o contar con favores verdaderos de nación a nación. Es una ilusión, que la experiencia de curar, que justo orgullo debe arrojar”.

 

Consciente de la generosidad de Belgrano hacia la instrucción pública y su honda fe religiosa este pasaje debe haber toda una fibra íntima en el corazón de este patriota: “Promoved, pues, como un objeto de gran importancia, las instituciones para que se difundan los conocimientos. Es esencial –escribió Washington- que la opinión pública se ilustre en proporción de la fuerza que adquiere por la forma de gobierno” y “la religión y la moral son apoyos indispensables de todas las disposiciones y hábitos que conducen á la prosperidad pública. En vano reclamaría el título de patriota el que intentase derribar estas grandes columnas de la felicidad humana…”

 

“Cuando os ofrezco paisanos míos –expresó en su mensaje- estos consejos de un viejo y apasionado amigo, no me atrevo á esperar que hagan una impresión tan duradera como quisiera, ni que tengan el curso común de las pasiones, ó impidan que nuestra nación experimente el destino que han tenido hasta aquí las demás naciones, pero sí puedo solamente lisonjearme… que alguna vez contribuyan á moderar la furia del espíritu del partido, á cautelaros contra los males de la intriga extranjera, y preservaros de las imposturas del patriotismo fingido…”

 

Decía Belgrano en la Introducción del documento: “Un conjunto de sucesos que no estaban al alcance nuestro, pues vivíamos sabiendo únicamente lo que nuestros tiranos querían que supiésemos, nos trajo la época deseada, y por una confianza que no merecía, mis conciudadanos me llamaron a ser uno de los individuos del gobierno de Buenos Aires, que sucedió a la tiranía”.

 

Hubiera sido interesante compararlo con el proyecto corregido, del que Belgrano escribe: “Para executarla con más prontitud me he valido del americano Dr. Joseph Redhead, -su médico personal- que se ha tomado la molestia de traducirla literalmente y explicarme algunos conceptos…”

 

No debemos olvidar jamás “La gloria de llamarse americanos”, hoy resuena con renovada promesa por encima del clamor de un mundo angustiado.


* encargado de las comunicaciones institucionales de la Academia Belgraniana, Consejero Académico electo.

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