jueves, 4 de junio de 2026

Discurso del señor Lucas Virasoro Presidente del Círculo de Jóvenes Belgranianos pronunciado el 3 de junio de 2026


 Discurso pronunciado en ocasión de la celebración 

del 256° aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano


Barrancas de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires

miércoles 3 de junio de 2026


En el día de hoy conmemoramos un nuevo aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano, en los tiempos que corren, volver los ojos hacia su cuna es, fundamentalmente, una necesidad urgente de buscar una brújula moral y un sentido de trascendencia que guíe nuestros propios pasos.

Plutarco, en sus Vidas paralelas, escribió que la contemplación de las grandes vidas mueve a los hombres no sólo a admirarlas, sino también a imitarlas.

El historiador griego se refería principalmente a los grandes conductores militares de la Antigüedad, cuyas virtudes bélicas, políticas y cívicas consideraba dignas de ser transmitidas a las generaciones futuras. Sin embargo, este concepto trascendió los siglos y los ámbitos.

Durante la Edad Media, la Iglesia elevó la hagiografía a una verdadera escuela de formación moral, donde la contemplación de la vida de los santos se fundaba en la premisa de que leer sobre sus ejemplos fortalecía espiritualmente a los fieles y los impulsaba a imitar sus virtudes.

En ese mismo sentido se atribuye a San Agustín la sentencia «Summa religio est imitari quem colis» [“La máxima religión consiste en imitar a quien veneras”], moraleja que bien podría extenderse a toda contemplación verdadera de la grandeza humana.

Ambas reflexiones encuentran una singular aplicación en la figura de Manuel Belgrano, el prócer que nos convoca en el día de la fecha.

Porque Belgrano fue militar, y como tal supo ejercer el valor, la abnegación y el sacrificio al servicio de la patria. Pero reducirlo a esa sola faceta sería, además de reduccionista, desconocer la verdadera dimensión de su legado. Fue jurista, economista, periodista, diplomático, educador y estadista; y aun esta larga enumeración resulta insuficiente para abarcar la riqueza de una vida enteramente consagrada al bien común. Belgrano pertenece a esa rara categoría de hombres cuya grandeza no puede explicarse por un único mérito, sino por la armoniosa conjunción de múltiples virtudes y talentos puestos al servicio de una causa superior.

Importa aquí recordar que esa formación extraordinaria nunca fue un accidente del destino, ya que cuando en 1786 partió hacia España para estudiar leyes, Belgrano, según sus propias palabras, no contrajo su aplicación tanto a la carrera jurídica como al estudio de la economía política, el derecho público y los idiomas modernos. En las aulas de Salamanca y Valladolid, junto a la Riqueza de las naciones de Adam Smith y al Espíritu de las leyes de Montesquieu, forjó ese espíritu reformador que traería de regreso al Río de la Plata. Hombre de su tiempo, fue sin embargo capaz de convertir las ideas en instituciones, los ideales en escuelas, y los principios en banderas, literal y figuradamente. Era, en síntesis del historiador Rafael Gagliano, «un criollo ilustrado y católico, revolucionario y fiel ciudadano», convencido de que la modernidad y la fe no se excluían, sino que se necesitaban.

Sin embargo, al observar el horizonte del mundo actual, podemos advertir una fractura en esa cadena de imitación de la virtud. Vivimos en una realidad profundamente distinta a la que conoció nuestro prócer. Los jóvenes de hoy atravesamos una era de vertiginosas transformaciones sociales, donde el espíritu y la voluntad parecen diluirse en un materialismo que pretende caminar al margen de toda trascendencia y sentido superior. Frente a esta desolación de sentido, la figura de Belgrano debe emerger como el arquetipo heroico, nacional y de profunda integridad moral que interpela directamente a nuestra juventud.

Mientras que en la sociedad contemporánea se exalta con frecuencia la autonomía del individuo sin raíces, conviene recordar una de las consignas que Belgrano nos dejó escrita en el Correo de Comercio: «El origen más serio y verdadero de la sabiduría es la ley evangélica». Su vida no fue nunca una búsqueda de glorias personales, sino una misión trascendente confiada a la

Divina Providencia. Él mismo lo expresó sin rodeos: «Que nos entristezcamos o nos alegremos, la mano que todo lo dirige, no por eso va a variar». Fue precisamente esa fidelidad inquebrantable a sus convicciones lo que dio unidad y sentido a toda su existencia. Belgrano no se limitó a proclamar principios, sino que los encarnó en cada una de sus acciones, aun cuando ello le implicó cuantiosos sacrificios personales. Su vida fue un testimonio coherente

de servicio al bien común, de amor a la patria y de adhesión a aquellos valores superiores que consideraba fundamento indispensable de toda sociedad justa y virtuosa.

Por ello, su figura ha trascendido el tiempo y las circunstancias de su época. No estamos hoy aquí para recordar a Manuel Belgrano únicamente por su nacimiento, o por la creación de nuestra bandera, ni por los altos cargos que desempeñó. Lo recordamos porque supo vivir conforme a un ideal moral que otorgó nobleza a cada una de sus empresas. Si nos reunimos en esta fecha para honrar su memoria, es porque reconocemos en él a un auténtico padre de la

Patria, un hombre a imitar, cuya grandeza nació de la coherencia entre sus principios y sus actos.

Pero ¿qué significa, en concreto, imitar a Belgrano? No se trata, claro está, de reproducir sus circunstancias, distintas son las batallas que hoy nos convocan, sino de apropiarnos de su método vital. Y ese método puede resumirse en tres virtudes que hoy escasean pero que se necesitan más que nunca.

La primera es la coherencia. Belgrano fue, ante todo, un hombre íntegro, es decir que lo que pensaba, lo decía; lo que decía, lo hacía. Cuando en 1810 juró como vocal de la Primera Junta, renunció voluntariamente a su sueldo, acto que no era obligatorio, pero que sus convicciones así lo exigían. 

Cuando las victorias de Tucumán y Salta llenaron de júbilo a la patria, cedió el premio de cuarenta mil pesos fuertes que le otorgó la Asamblea del Año XIII para fundar cuatro escuelas en las provincias del norte. Era, en sus propias palabras, un hombre que no buscaba «las glorias, ni los honores, ni los empleos, ni los intereses», sino únicamente ver a la patria constituida.

La segunda virtud es la vocación de servicio. Belgrano comprendió tempranamente que los talentos se administran. Su extraordinaria formación intelectual, adquirida en Salamanca y Valladolid, jamás fue convertida en capital personal. Al regresar al Río de la Plata, la puso al servicio de la comunidad, fundó el periódico Correo de Comercio, impulsó la creación de escuelas, propuso academias de náutica, de matemáticas y de dibujo, y redactó memorias económicas que anticipaban debates que hoy seguimos sin resolver. Su célebre frase «Fundar escuelas es sembrar en las almas», al margen de las discusiones académicas en torno a su autenticidad, era intrínsicamente un programa de gobierno.

La tercera virtud, quizá la más necesaria para nuestra generación, es la esperanza activa. Belgrano jamás cedió al pesimismo, aun en las horas más oscuras. Derrotado en el Paraguay, en las costas del Paraná, en Vilcapugio y en Ayohuma, regresaba al combate. Enfermo, empobrecido, olvidado por buena parte de sus contemporáneos, escribió en los últimos meses de su vida cartas que destilan una serenidad inquebrantable. Sabía que la historia no la escriben los que ganan todas las batallas, sino los que no abandonan nunca la causa. «No hallo medio entre salvar a la patria o morir con honor», dijo. Y esa frase, lejos de sonar a fatalismo, suena a libertad, la libertad del hombre que sabe exactamente para qué vive.

Hay una escena que condensa todo esto con una elocuencia que ningún discurso podría superar.

El 27 de febrero de 1812, a orillas del Paraná, Belgrano izó por primera vez la bandera celeste y blanca frente a sus tropas y pronunció estas palabras: «Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional; ya tenéis vuestra divisa; ya tenéis vuestra empresa grande». Era un símbolo, una promesa, un acto de fe en el porvenir de una nación que todavía no existía como tal. Belgrano creó la bandera argentina antes de que hubiera una Argentina que izar. Eso se llama visión. Eso se llama intrepidez. Y eso, es lo que nos exige el presente.

Permítanme entonces concluir volviendo al punto de partida, cuando hablé de la imitación de las grandes vidas. Plutarco tenía razón, y la historia argentina lo confirma. Belgrano no nos convoca desde el pasado para que lo veneremos desde la distancia cómoda del bronce y el mármol. Nos convoca para que lo sigamos. Nos convoca para que seamos coherentes cuando es incómodo serlo, para que sirvamos cuando nadie nos lo exige, para que esperemos activamente cuando todo invita al desánimo.

Y a los jóvenes, decirles que esta es nuestra mayor ventaja. Tenemos por delante la vida entera para demostrar, con hechos, que el ejemplo de Belgrano no fue una anomalía de la historia, sino una posibilidad permanente del alma humana. Tenemos tiempo para construir las escuelas que él soñó, para defender los principios que él encarnó, para amar a la patria con esa misma mezcla indisoluble de razón y fe que lo guio desde Salamanca hasta Buenos Aires, donde dejó como único legado visible unas pocas monedas y una patria que todavía aprendía a caminar.

Pero ese legado invisible, el de una vida vivida con integridad, con servicio y con esperanza, es el más duradero de todos. Y está, hoy, enteramente a nuestra disposición.

Gloria a Manuel Belgrano!.

Lucas Virasoro

Presidente del Círculo de Jóvenes Belgranianos

Academia Belgraniana de la República Argentina

lunes, 18 de mayo de 2026

La Escarapela: Primer Símbolo de la Independencia

 


LA ESCARAPELA:

PRIMER SÍMBOLO DE LA INDEPENDENCIA


Por el Dr. Javier Garín
Académico honorario
 
18 de mayo de 2026




Cuando el 27 de febrero de 1812 el general Manuel Belgrano enarboló la Bandera Nacional en la villa del Rosario, lo comunicó al Gobierno indicando que la había mandado hacer con los colores de la Escarapela. 

Es claro, pues, que la bandera toma colores ya existentes en los distintivos oficiales utilizados por las tropas patriotas. La escarapela había sido adoptada como emblema el 18 de febrero  de 1812 a propuesta,  tambien, de Manuel Belgrano, pero todo parece indicar que no fue Belgrano quien eligió los colores. Los mismos ya se utilizaban. 

La version que los remite al 25 de mayo de 1810 es mas bien mítica. Entre los estudiosos, se indican dos posibles fuentes: las cintas que utilizaba la morenista Sociedad Patriótica, y las que inventó Jose Moldes en Cuyo a fines de 1810.

Moldes fue un notable patriota, asistente de Manuel Belgrano y encendido independentista, un hombre de caracter rígido y enemigo acerrimo de la dominacion española.  

En agosto de 1810 llegó a Mendoza nombrado como teniente gobernador por la Junta de Gobierno. Formó dos compañías de alabarderos veteranos a los que distinguió con esa escarapela. Pidió la aprobación del gobierno el 31 de diciembre de 1810, pero la Junta Grande no llegó a tratar el oficio, en el que había escrito:

"A estas dos compañías he puesto escarapela nacional, que he formado con alusión al sur, celeste, y las puntas blancas por las manchas que tiene este celaje que ya vemos despejado."

Este distintivo se habría luego popularizado, de manera que al pedir su aprobación como escarapela el general Belgrano,  no hubo dificultades en adoptarlo. 

La adopción de la Bandera Nacional fue mucho mas difícil y sangrienta y solo fue posible después de haber sido expuesta al fragor de las batallas. 

sábado, 9 de mayo de 2026

Belgrano y Moreno: la tensión fundante de la revolución

 


BELGRANO Y MORENO:

LA TENSIÓN FUNDANTE DE LA REVOLUCIÓN


Por el Lic. Roberto Arnaiz
Académico Belgraniano de Número
 
9 de mayo de 2026


Pensar la Revolución de Mayo como un proceso homogéneo no solo es una simplificación: es un error de lectura.

Lejos de ser un momento de consenso, fue un escenario atravesado por tensiones profundas, en el que no solo se discutía la ruptura con España, sino —de manera más decisiva— qué tipo de orden político, económico y social debía surgir de esa ruptura.

La revolución no constituyó una respuesta acabada, sino la apertura de un problema. Ese problema no se resolvía únicamente en declaraciones, sino en decisiones concretas, disputas de poder y conflictos al interior del propio proceso revolucionario, visibles desde los primeros días de la Primera Junta.

En este escenario emergen dos figuras centrales: Manuel Belgrano y Mariano Moreno. No como polos absolutos, sino como expresiones distintas —y en muchos aspectos difíciles de conciliar— de una misma pregunta fundante: cómo construir una Patria donde antes no existía.

Este trabajo sostiene que la relación entre Belgrano y Moreno no expresa una oposición simple, sino una tensión constitutiva sin la cual el proceso revolucionario no puede ser comprendido en toda su complejidad.

Ambos encarnan, en ese sentido, un problema central de la política moderna: la relación entre el tiempo de la construcción y la urgencia de la acción, entre la legitimidad del poder y su eficacia, entre el proyecto de largo plazo y la necesidad inmediata de sostener el nuevo orden en un contexto de inestabilidad.

Comprender esa tensión permite no solo interpretar con mayor precisión el origen político argentino, sino también advertir que muchos de los dilemas que allí se abrieron —lejos de resolverse— continúan presentes en la historia posterior.

 

La revolución como problema, no como solución

Tanto Manuel Belgrano como Mariano Moreno comprendieron algo que con frecuencia se pierde en la narrativa escolar: la independencia no resolvía los problemas existentes, sino que los abría.

Lejos de clausurar un ciclo, la ruptura con el orden colonial inauguraba un contexto de incertidumbre en el que todo debía ser redefinido. La crisis de la monarquía española y la caída de las autoridades virreinales no dieron lugar automáticamente a un nuevo orden, sino a un vacío de poder que obligó a replantear quién mandaba, en nombre de quién y con qué legitimidad. Esto se hizo evidente en las discusiones del Cabildo Abierto y en la posterior conformación de la Primera Junta.

El sistema colonial no solo organizaba el poder político; también estructuraba la economía, las jerarquías sociales y las formas de obediencia. Su caída no implicaba la aparición inmediata de un nuevo orden, sino la irrupción de un vacío que no podía ser llenado mediante declaraciones ni principios abstractos.

Ante ese vacío, ambos actores elaboraron diagnósticos distintos.

Belgrano lo concibe como un problema estructural. Para él, la revolución abre una tarea de largo alcance: la construcción de una comunidad política desde sus bases. La Patria no preexiste ni surge de manera espontánea; debe ser producida históricamente en las instituciones, en la organización económica y, de manera decisiva, en la formación de las conciencias.

Moreno, en cambio, interpreta ese mismo vacío como una amenaza inmediata. La ausencia de un orden consolidado no habilita únicamente un proceso de construcción, sino que expone a la revolución a un riesgo constante de reversión. Sin una acción rápida y eficaz, el nuevo orden puede ser neutralizado por enemigos internos o sofocado por presiones externas, como lo evidenciaron tempranamente los movimientos contrarrevolucionarios en el interior.

De esta diferencia surge una primera distinción fundamental. Para Belgrano, la revolución marca el inicio de una construcción histórica que requiere tiempo, profundidad y consistencia. Para Moreno, constituye una situación de emergencia que exige decisiones inmediatas, concentración del poder y capacidad de acción.

Este contraste no expresa una oposición superficial, sino dos modos de comprender un mismo problema: cómo actuar cuando un orden ha desaparecido y aún no existe otro capaz de reemplazarlo.

 

Dos temporalidades: la paciencia y la urgencia

Manuel Belgrano piensa la política en términos de duración histórica. Su programa —educación pública, desarrollo productivo, moral republicana e inclusión social— no responde a una lógica de resultados inmediatos, sino a la construcción progresiva de las condiciones que hacen posible una comunidad política autónoma.

Esta perspectiva no surge con la revolución, sino que ya estaba presente en su actuación en el Consulado de Buenos Aires, donde impulsó proyectos de educación, fomento de la agricultura y desarrollo productivo como base de un orden económico más sólido.

Para Belgrano, la independencia no es un punto de llegada, sino de partida. Sin una base material sólida, sin ciudadanía formada y sin instituciones estables, la libertad corre el riesgo de convertirse en una formalidad vacía.

Su insistencia en la educación no responde a un ideal ilustrado abstracto, sino a una concepción estructural de la política: la autonomía solo puede sostenerse si existe un sujeto colectivo capaz de ejercerla. La Patria, entonces, no se declara; se construye.

Mariano Moreno se sitúa en una temporalidad distinta, marcada por la urgencia del momento revolucionario. La prioridad no es el desarrollo gradual de un proyecto, sino la supervivencia inmediata del proceso.

En ese escenario, el tiempo deja de ser un recurso y se convierte en un riesgo. Cada demora fortalece a los adversarios; cada indecisión debilita el nuevo orden. La política se define, así, por la capacidad de actuar con rapidez en un contexto inestable, donde el poder debe afirmarse antes de consolidarse.

Esta lógica se expresa con claridad en su accionar dentro de la Primera Junta y en su intervención a través de la Gazeta de Buenos Ayres, desde donde buscó consolidar el proceso revolucionario mediante decisiones rápidas y la construcción de legitimidad en el presente.

La diferencia entre ambos no remite a estilos personales, sino a dos formas de entender la relación entre tiempo y política.

Belgrano se orienta a la construcción de condiciones que hagan posible la estabilidad. Moreno, en cambio, privilegia la decisión como instrumento para sostener el presente.

Uno apuesta al tiempo como condición de posibilidad. El otro actúa bajo la presión de su ausencia.

Este contraste expresa uno de los problemas centrales de todo proceso revolucionario: cómo articular la construcción de un orden duradero con la necesidad de sobrevivir en un contexto de inestabilidad permanente.

 

El problema del poder: legitimidad o eficacia

En Manuel Belgrano, el poder está atravesado por una exigencia ética que no puede ser eludida. No basta con ejercerlo: debe ser justificado.

Su concepción se inscribe en la tradición republicana, donde la autoridad se legitima a partir del bien común, la virtud cívica y el respeto por normas compartidas. En este marco, el poder no constituye un fin en sí mismo, sino un instrumento que solo se sostiene si es percibido como justo.

La república, para Belgrano, depende tanto de sus instituciones como de la conducta de quienes las encarnan. Su preocupación por la honestidad pública no responde a un idealismo ingenuo, sino a una comprensión estructural: sin confianza, no hay obediencia duradera; sin obediencia legítima, no hay orden político posible.

Esta mirada se vincula con su formación. Educado en España y atravesado por el impacto de la Revolución Francesa, Belgrano incorpora las ideas ilustradas en contacto con procesos políticos concretos, donde la legitimidad del poder no era un problema teórico, sino una cuestión práctica.

Mariano Moreno introduce una perspectiva distinta. Formado en Chuquisaca, uno de los principales centros intelectuales de América colonial, su pensamiento se nutre de una sólida formación jurídica y de lecturas modernas. Sin embargo, su experiencia no está marcada por la vivencia directa de procesos revolucionarios, sino por su elaboración conceptual.

En este escenario, Moreno desplaza el eje hacia la eficacia del poder. En situaciones revolucionarias, la legitimidad no siempre resulta suficiente para garantizar la supervivencia del nuevo orden. Cuando el poder está en disputa, la política deja de ser únicamente un problema moral para convertirse en un problema de acción.

Este conflicto no quedó en el plano teórico, sino que se manifestó con claridad en el seno de la Primera Junta, especialmente en el enfrentamiento entre Moreno y Cornelio Saavedra. Mientras el sector morenista impulsaba decisiones rápidas y una mayor concentración del poder para consolidar la revolución, el sector saavedrista tendía a posiciones más moderadas, orientadas a preservar equilibrios y consensos.

Su posición se aproxima a lo que puede definirse como una lógica jacobina: una concepción del poder propia de los momentos más radicales de la Revolución Francesa, donde la defensa del proceso revolucionario justifica la concentración del poder y el recurso a medidas excepcionales. Allí, la prioridad no es solo que el poder sea legítimo, sino que sea efectivo.

Esta perspectiva también puede leerse en una clave cercana a Nicolás Maquiavelo: en situaciones de inestabilidad, la conservación del poder puede requerir decisiones que no siempre se ajustan a principios normativos. No se trata de negar la legitimidad, sino de reconocer que, en ciertos momentos, el poder debe imponerse antes de poder justificarse plenamente.

La diferencia entre Belgrano y Moreno no es, entonces, simplemente moral, sino política.

Belgrano teme la degradación del poder: entiende que, sin un fundamento ético, la autoridad se corrompe y pierde su capacidad de sostener un orden duradero. Moreno, en cambio, teme su debilidad: sin capacidad de imponerse, el poder revolucionario puede desaparecer antes de consolidarse.

Este contraste expresa uno de los dilemas centrales de la política moderna: cómo articular legitimidad y eficacia en contextos donde el orden aún no está garantizado.

Más que optar por una u otra dimensión, el problema radica en comprender que toda construcción política duradera requiere ambas: un poder capaz de imponerse y, al mismo tiempo, de justificarse.

 

Economía: autonomía o apertura

Tanto Manuel Belgrano como Mariano Moreno comparten un diagnóstico de partida: el sistema colonial constituye un obstáculo estructural para el desarrollo.

El monopolio comercial, las restricciones productivas y la subordinación a los intereses de la metrópoli no solo limitaban el crecimiento económico, sino que impedían la formación de una economía autónoma. La ruptura con ese sistema aparece, para ambos, como una condición necesaria para cualquier proyecto de independencia.

Las diferencias emergen al momento de definir cómo reorganizar ese orden económico.

Belgrano concibe la economía como la base material de la soberanía. La independencia política carece de sustento si no se apoya en una estructura productiva capaz de sostenerla.

Esta perspectiva no es meramente teórica: ya se expresa en su actuación en el Consulado de Buenos Aires, donde promovió el desarrollo de la agricultura, la industria y la educación técnica como pilares de una economía más equilibrada.

Su enfoque se orienta hacia un modelo integral en el que agricultura, industria y comercio se articulan en función del desarrollo interno. No se trata solo de producir, sino de construir un sistema económico capaz de reducir la dependencia externa.

En esta línea, anticipa un problema central de las economías periféricas: la dependencia puede reproducirse incluso después de la independencia formal si no se transforma la estructura productiva. Una economía basada exclusivamente en la exportación de materias primas corre el riesgo de perpetuar su subordinación.

Mariano Moreno, en cambio, pone el acento en la ruptura inmediata del orden colonial. Su prioridad es eliminar las restricciones que bloquean el desarrollo de las fuerzas económicas existentes.

Esta orientación se traduce en medidas concretas impulsadas en los primeros momentos revolucionarios, como la flexibilización del comercio y la apertura del puerto de Buenos Aires a nuevas relaciones económicas, rompiendo con el monopolio español.

Su mirada se aproxima, en este sentido, a una lógica cercana al liberalismo económico clásico, como el formulado por Adam Smith: la apertura comercial y la eliminación de trabas permiten dinamizar la actividad económica.

Para Moreno, el problema no reside tanto en la estructura productiva como en las limitaciones impuestas por el sistema colonial. Removidas esas barreras, la economía podría desplegar su potencial.

La diferencia entre ambos no supone una oposición estricta, sino una divergencia en las prioridades.

Belgrano se orienta a garantizar la sostenibilidad de la economía en el largo plazo, asegurando su autonomía. Moreno, en cambio, se concentra en liberar sus capacidades en el corto plazo.

Uno piensa en la construcción de una base económica soberana. El otro, en la activación inmediata de las fuerzas productivas.

Este contraste remite a un dilema que trasciende el contexto revolucionario y atraviesa la historia económica latinoamericana: cómo articular la apertura al mundo con la construcción de una economía capaz de sostener su propia autonomía.

 

El pueblo: sujeto a construir o fuerza a movilizar

Manuel Belgrano no parte de la idea de un pueblo ya constituido. Su enfoque se apoya en una premisa más exigente: el pueblo es una construcción histórica.

La revolución no encuentra un sujeto político plenamente formado, sino una sociedad fragmentada, atravesada por desigualdades y marcada por la herencia colonial. En ese contexto, la existencia de una Patria exige algo más que una ruptura institucional: requiere la formación de un sujeto colectivo capaz de sostenerla.

Por eso, su programa insiste en la educación, la inclusión de sectores marginados y la ampliación de la ciudadanía. No se trata únicamente de incorporar individuos al sistema político, sino de transformar una población en un cuerpo político consciente.

Su perspectiva puede vincularse con la tradición que, desde Jean-Jacques Rousseau, concibe al pueblo no como una suma de individuos, sino como un sujeto constituido a partir de una voluntad común. Sin esa construcción, la libertad política pierde sustento.

Mariano Moreno, en cambio, opera desde una lógica distinta. En la coyuntura revolucionaria, el pueblo aparece menos como una construcción de largo plazo y más como una fuerza política disponible en el presente.

Este carácter se manifestó desde los primeros momentos del proceso, como en el Cabildo Abierto de mayo de 1810 y en la presión ejercida por sectores urbanos y milicias que acompañaron la formación de la Primera Junta. Allí, el pueblo no es solo una idea, sino un actor que interviene activamente en la definición del nuevo orden.

Su discurso no apunta tanto a formar ciudadanos como a activar voluntades. El pueblo es convocado, interpelado y movilizado para sostener el proceso revolucionario en un momento de extrema fragilidad.

La política se define, así, por la capacidad de transformar una sociedad dispersa en una fuerza capaz de intervenir de manera inmediata. La legitimidad del nuevo orden no se construye solo a través de instituciones, sino también mediante la movilización.

La diferencia entre ambos enfoques es sutil, pero decisiva.

Belgrano se orienta a la formación de un sujeto político duradero, capaz de sostener la vida republicana en el tiempo. Moreno, por su parte, privilegia su activación como fuerza inmediata para consolidar la revolución.

Uno construye ciudadanía. El otro impulsa acción política.

Este contraste expresa uno de los dilemas centrales de los procesos revolucionarios: cómo articular la formación de un sujeto político estable con la necesidad de movilizarlo en contextos de urgencia.

 

Violencia y política: límite o instrumento

En Manuel Belgrano, la guerra no constituye un ámbito autónomo, sino que permanece subordinada a la política y regulada por principios.

Incluso en el conflicto, la acción militar debe estar contenida por una lógica normativa. La violencia no desaparece, pero queda limitada por una concepción ética del poder que busca evitar su degradación.

Esta orientación se refleja en su propia actuación militar: aun en campañas adversas —como las del Norte— sostuvo la necesidad de mantener disciplina, orden y un horizonte político claro por encima de la mera lógica bélica.

Desde esta perspectiva, el uso de la fuerza solo es legítimo en la medida en que se inscribe en un orden político que lo justifique. La guerra no funda la política, sino que debe estar a su servicio.

Esta concepción puede vincularse con una idea del Estado que, como señalaría más tarde Max Weber, se define por el monopolio legítimo de la violencia: no por su ausencia, sino por su regulación.

Mariano Moreno introduce, en cambio, una perspectiva propia de los momentos revolucionarios, donde la violencia puede adquirir un carácter constitutivo.

No se trata de un desborde irracional, sino de una herramienta política en situaciones límite. Cuando el poder aún no está consolidado, la violencia puede convertirse en el medio a través del cual ese poder se afirma y se defiende.

Este rasgo no es excepcional, sino inherente a la situación: la revolución se desarrolla en medio de conflictos abiertos, amenazas internas y externas, y la necesidad de afirmarse frente a fuerzas que buscan restaurar el orden colonial.

En ese contexto, el fusilamiento de Santiago de Liniers tras la contrarrevolución de Córdoba en 1810 constituye un ejemplo elocuente. La ejecución de una figura de gran prestigio no responde a una lógica punitiva ordinaria, sino a la necesidad de enviar una señal política inequívoca: la revolución debía afirmarse frente a cualquier intento de restauración del orden colonial.

Desde esta perspectiva, la posición de Moreno se aproxima a una lógica que remite a Nicolás Maquiavelo: en contextos de inestabilidad, la conservación del poder puede requerir decisiones excepcionales. La violencia no es un fin en sí mismo, pero tampoco puede ser descartada cuando está en juego la supervivencia del nuevo orden.

La diferencia entre Belgrano y Moreno no se reduce, por lo tanto, a una oposición moral entre moderación y radicalidad.

Belgrano parte de un horizonte en el que la política debe imponer límites a la violencia para preservar su legitimidad. Moreno, en cambio, actúa en un escenario donde la violencia puede ser necesaria para que ese orden político llegue a existir.

Este contraste expresa uno de los dilemas centrales de la política moderna: cómo contener la violencia sin renunciar a su uso cuando el orden mismo está en cuestión.

 

La dimensión del futuro

Manuel Belgrano piensa la política en una escala que excede el presente. Su proyecto no se agota en la coyuntura revolucionaria, sino que se orienta a la construcción de una comunidad política capaz de sostenerse en el tiempo.

Educación, desarrollo económico y moral pública no aparecen como medidas aisladas, sino como dimensiones de una misma estrategia: garantizar la estabilidad de la Patria más allá de su momento fundacional.

Su mirada se inscribe así en una lógica de largo plazo, donde la política no solo debe responder a la urgencia, sino también crear las condiciones de su propia continuidad. El futuro no es una consecuencia automática del presente, sino una construcción que exige previsión y consistencia.

Esta orientación se refleja en su trayectoria posterior a 1810, donde, aun en contextos adversos, continuó articulando acción política, militar y proyectos de organización social con una perspectiva que trascendía la coyuntura inmediata.

Mariano Moreno, en cambio, se sitúa en una temporalidad distinta, marcada por la intensidad del momento revolucionario.

Como ocurre en muchos procesos de ruptura, el presente adquiere un carácter decisivo: la prioridad no es proyectar un orden duradero, sino evitar que el proceso fracase antes de consolidarse.

En ese escenario, el futuro queda subordinado a la supervivencia inmediata. No se trata de ausencia de proyecto, sino de la imposibilidad de desarrollarlo mientras el nuevo orden permanece en disputa.

La propia trayectoria de Moreno refuerza esta dimensión: su temprana salida del escenario político y su muerte en 1811 condensan, en términos casi simbólicos, esa dificultad de proyectar en el tiempo una acción política atravesada por la urgencia.

La diferencia entre ambos no radica en la capacidad, sino en la posición frente al tiempo histórico.

Belgrano proyecta estabilidad. Moreno enfrenta la incertidumbre.

Uno diseña condiciones para el largo plazo. El otro evita el colapso del presente.

Este contraste expresa uno de los dilemas centrales de todo proceso fundacional: cómo construir futuro cuando el presente aún no está asegurado.

 

Una tensión productiva

Reducir la relación entre Manuel Belgrano y Mariano Moreno a una simple oposición implica perder de vista lo esencial.

La revolución no fue el resultado de una única lógica, sino de la interacción —y el conflicto— entre perspectivas distintas que respondían a problemas igualmente reales y que, en muchos casos, coexistieron de manera tensa en el propio desarrollo del proceso revolucionario.

La radicalidad de Moreno resultó decisiva para quebrar el orden existente. Sin capacidad de decisión, sin voluntad de confrontación y sin medidas firmes frente a amenazas concretas —internas y externas—, la ruptura con el sistema colonial difícilmente habría sido posible.

Al mismo tiempo, la profundidad del pensamiento de Belgrano aportó los elementos necesarios para construir un nuevo orden. Sin un proyecto orientado al largo plazo, la revolución corría el riesgo de agotarse en su propio impulso inicial.

Más que optar por uno u otro enfoque, lo central es comprender su complementariedad.

Sin decisión, no hay ruptura.

Sin proyecto, no hay construcción.

En esa articulación —siempre inestable— entre acción y pensamiento, entre urgencia y duración, se encuentra una de las claves para comprender no solo el proceso revolucionario, sino también la dificultad de fundar un orden político duradero.

Esta problemática no queda restringida al pasado. Permanece presente en la historia política de la Argentina. Los dilemas entre legitimidad y eficacia, entre urgencia y planificación, entre apertura y desarrollo, reaparecen en distintos momentos bajo nuevas formas.

La dificultad de sostener proyectos de largo plazo en contextos atravesados por crisis recurrentes revela que el problema fundacional no ha sido completamente resuelto. Pensar a Belgrano y Moreno, en este sentido, no implica solo reconstruir un momento histórico, sino también interrogar las condiciones del presente.

 

Conclusión: el origen como conflicto

La Argentina no nace de una idea única. Nace de un conflicto.

Entre ética y eficacia.

Entre tiempo y urgencia.

Entre construcción y decisión.

Manuel Belgrano y Mariano Moreno no representan caminos excluyentes, sino dimensiones necesarias —y, en muchos aspectos, irreconciliables— de todo proceso político fundacional.

Tal vez por eso siguen siendo actuales.

No como figuras del pasado, sino como expresiones de un problema que permanece abierto.

Porque la dificultad que enfrentaron no desapareció.

Sigue siendo la misma:

cómo sostener en el tiempo aquello que solo pudo surgir en medio de la urgencia.

 

 

Bibliografía

Belgrano, M. (2010). Escritos económicos. Biblioteca Nacional.

Chiaramonte, J. C. (2004). Nación y Estado en Iberoamérica: El lenguaje político en tiempos de las independencias. Sudamericana.

Galasso, N. (2011). Mariano Moreno: El sabiecito del sur. Colihue.

Halperín Donghi, T. (2005). Revolución y guerra: Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Siglo XXI.

Maquiavelo, N. (2010). El príncipe. Ediciones Libertador. (Obra original publicada en 1532)

Moreno, M. (2007). Plan de operaciones y otros escritos. Biblioteca Nacional.

Pigna, F. (2007). Los mitos de la historia argentina 1. Planeta.

Rousseau, J.-J. (2004). El contrato social. Alianza. (Obra original publicada en 1762)

Sabato, H. (2012). Historia de la Argentina, 1852-1890. Siglo XXI.

Smith, A. (1994). La riqueza de las naciones. Alianza. (Obra original publicada en 1776)

Weber, M. (2002). El político y el científico. Alianza. (Obra original publicada en 1919)

 



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